Ni tribunal ni electoral

La mayor crisis constitucional del Tribunal Electoral inició cuando el Poder Ejecutivo se inmiscuyó en la toma de decisiones y este dejó de ser respetado como un órgano autónomo.


 


Ni tribunal ni electoral se titula un libro editado por la UNAM y por el CIDE que será presentado en los próximos días en la Barra Mexicana de Abogados.

La crisis constitucional en el Tribunal Electoral lleva meses, y a ella tendríamos que agregar una crisis de sus integrantes en términos de calidad humana. El caso de la denegación del registro a México Libre es emblemático porque desenmascaró al sistema autoritario en el que vivimos y demostró quién es quién en el tribunal electoral. En medio de una discusión y resolución contrarias a Derecho y, entre traiciones, cobardías, complicidades timoratas y humillaciones transcurrieron los votos y negaron el registro. Este caso los acompaña como un fantasma en la conciencia y en los hechos.
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Nada me extraña de lo sucedido. Después de haber vivido el caso de la negativa del registro de México Libre no sólo en términos jurídicos sino en la propia manera de operar del anterior presidente del Tribunal Electoral, José Luis Vargas, nada me sorprende. A Vargas le dieron la presidencia precisamente por ser el ponente y principal promotor del caso que nos negó el registro. Había pedido un receso para presionar a magistrados cobardes, uno en especial, y vaya usted a saber todo lo que pudo suceder en una hora de receso. Después regresó empoderado, con un dictamen en el que inventó criterios, utilizó la demagogia (hay que oír hablar de los pobres a quien ha sido acusado de amasar decenas de millones de pesos); y al final los derechos políticos de asociación de cientos de miles de ciudadanos fueron negados, no permitieron la existencia del partido México Libre, que era la única organización de oposición, de contrapeso real. En cambio, le dieron el registro a los demás partidos.

Vargas fue premiado con la presidencia del Tribunal, los otros integrantes alegaron que también habían votado por negar el registro, pero dicen que el gobierno prefirió al que tenía más corrupción por esconder. Su presidencia estuvo llena de violaciones al procedimiento, de tratos indignos a subordinados, de abusos de poder de los que dieron cuenta los medios, de filtraciones contra sus “compañeros”, cambios de turnos y convocatorias.

Felipe de la Mata dejó de ser el amigo incondicional de José Luis Vargas (seguramente pidió permiso) y fue quien solicitó la revisión del trabajo del presidente del Tribunal. Y la cosa fue en serio. Se sumaron otros cuatro magistrados a la petición, José Luis Vargas declaró un receso –que después negaría– en el que ni se comunicaba con los magistrados, seguramente habló con sus “cuates” de Presidencia y regresó envalentonado diciendo que no renunciaba. Mientras tanto Janine Otálora valientemente convocó a sesión, en la que fue elegido el magistrado Reyes Rodríguez como presidente. Destacó la valiente consistencia y resistencia de los cinco (unos más que otros) para sostenerse en la dignidad que debía prevalecer dentro del Tribunal Electoral. Quizá esto todavía no acabe, cuando fue claro que no podían sostener ya al magistrado Vargas, el presidente de la Suprema Corte se pronunció. Ese fugaz instante me dio la impresión que teníamos Tribunal. Espero que esta percepción dure.
Lo sucedido debe ser analizado con más detenimiento, yo sólo comparto algunas reflexiones:

1. La mayor crisis constitucional del Tribunal Electoral inició cuando el Poder Ejecutivo se inmiscuyó en la toma de decisiones y este dejó de ser respetado como un órgano autónomo.

2. Ser corrupto esclaviza y ser honesto y valiente siempre dará más libertad para actuar; en cambio, la cobardía humilla y, en altos puestos, hace que se cometan enormes injusticias y que se ocasione mucho mal.

3. Todas las investigaciones que se hicieron por parte de periodistas y medios de comunicación libres sirven a la verdad y muchas tienen consecuencias. Fue el caso.

4. Quien obedece y se somete al poderoso para ser perdonado nunca llega a nada; esa complicidad es totalmente ventajosa para el Estado autoritario y este siempre la exprimirá hasta que ya no le sirva. Por eso está ahí: solo.


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