Proyecto Gramsciano para México

De acuerdo con el pensamiento de Gramsci, neomarxista, la revolución no se hace desde la infraestructura (la economía), sino de la superestructura (la cultura).


 SEP


Con motivo del festejo de los cien años del Partido Comunista Mexicano, Luciano Concheiro Bórquez, subsecretario de Educación Superior de la SEP, expresó que México debería transitar hacia el comunismo como sociedad emancipada, a fin de derrotar al neoliberalismo e ir más allá de la democracia en la Cuarta Transformación. De esta manera revela, sin duda, cuál es el papel que pretende desempeñar dentro del sistema educativo nacional.

Estas palabras de quien es admirador del Ché Guevara, de Camilo Cienfuegos y Emiliano Zapata, deberían preocupar al secretario de Educación, Esteban Moctezuma Barragán, y al presidente de la República quien, hasta ahora, nunca ha señalado que el marxismo sea su ideología ni el comunismo su “proyecto de nación”, por más que prominentes miembros de Morena se hayan pronunciado en tal sentido durante su participación en el Foro de Sao Paulo.

Como es sabido, la teoría de Gramsci transformó el proyecto comunista en el Viejo Continente, dando paso al llamado Eurocomunismo en la década de los setenta del siglo pasado, para marcar distancia de la URSS. Estos partidos abandonaron la versión violenta de la lucha de clases, fracasada para ese entonces y desprestigiada, entre otras cosas, por el terrorismo de las Brigadas Rojas que llegaron a dar muerte a Aldo Moro en Italia, dos veces primer ministro y dirigente de la Democracia Cristiana.

Nuestro subsecretario Concheiro Bórquez afirma tener una licenciatura del Instituto Gramsci de Roma, de difícil localización por internet, en economía agrícola, que debió ser revalidada en nuestro país para permitírsele realizar estudios en México y ser investigador de la Universidad Metropolitana, que desde sus orígenes ha tenido una clara orientación de izquierda.

Militante a los 14 años de las Juventudes Comunistas y luego del PC y el PSUM, Concheiro fue activista en el 68 y participante en toma de tierras en los setenta, y los tres hombres que admira, según declaró al portal “nodal”, en noviembre del año pasado, “representan un sentido de vida de una muy otra vida, como dirían los zapatistas de hoy día, por eso los tengo tan presentes, los llevo en mi corazón, pero sobre todo son la inspiración de una práctica transformadora de nuestro país”.

De acuerdo con el pensamiento de Gramsci, neomarxista, la revolución no se hace desde la infraestructura (la economía), sino de la superestructura (la cultura). Por ello, los nuevos marxistas ya no están en la guerrilla, sino en la educación. Por eso desde hace años han tomado las normales, a cuyos egresados nuevamente se asegurarán plazas en el sistema educativo, y donde se les hacen los lavados de cerebro que los convierten en agitadores y activistas, que integrados a la CNTE, se han convertido en controladores de numerosos planteles. Son ellos con quienes se pretende que México vaya al comunismo.

La pregunta es si ésa es la Cuarta Transformación. Con excepción del secretario, la SEP y no de ahora, está plagada de marxistas que han intentado, precisamente, adoctrinar a la niñez y a la juventud.

En cuanto a las universidades, habrá que traer a la memoria el intento de Vicente Lombardo Toledano de introducir en ellas, oficialmente, la enseñanza del materialismo histórico, a lo que se opuso el maestro Antonio Caso, quien propugnaba por la libertad de cátedra y la autonomía universitaria. La pretensión socialista de Lombardo salió derrotada en un histórico debate.

Con estos antecedentes me pregunto si fue un simple error la desaparición de la autonomía universitaria de la iniciativa de reforma constitucional sobre educación al inicio de este sexenio, con la oculta pretensión de oficializar el marxismo en la enseñanza superior en nuestro país. Recordemos que en no pocas universidades mexicanas hubo control de los marxistas en el pasado, y aún existen rémoras, como se ve, que pese al fracaso del socialismo real, pretenden guiar a la sociedad con una doctrina que, está sí, está derrotada, no sólo moralmente, sino históricamente.

 

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