Y, ¿ahora qué?

La sociedad puede ser, como en el proceso de la transición, un actor que no sólo resista los intentos de regresión, sino que aumente el impulso para ir adelante en el corto, mediano y largo plazo.



Escribo estas líneas antes de conocer los resultados del proceso electoral. Tengo la esperanza de que la sociedad se haya movilizado ante las urnas como se movilizó en las calles. Pocas veces hubo una participación política, particularmente virtual, como no se había visto antes. Esto ha sido posible gracias a los modernos medios de comunicación, los mensajes instantáneos, las redes sociales, etc. Algunos manejaron argumentos y otros, dolorosamente, sólo insultos.

Por otra parte, también fue posible observar una confrontación pública entre la máxima autoridad del país, sectores sociales, organismos autónomos, sus rivales (a quienes ve como enemigos) y muchos comunicadores. Eso, sin duda, no se vio del mismo modo en el pasado, en el contexto de un proceso electoral.

Si los hechos anteriores son síntoma de una politización de la sociedad, independientemente de las causas que la han motivado, puede interpretarse positivamente, ya que participar en la política en sentido amplio, es una necesidad, un derecho y un deber de todos los ciudadanos. Se trata, en última instancia de trabajar por el bien común, no sólo en lo privado, sino en los diferentes ámbitos públicos mediante la democracia participativa.

Lo cierto es que la situación que llevó a la creciente movilización política no acaba con el resultado en las urnas, ni con la definición del número de triunfos que han obtenido los distintos partidos en los cargos que estaban en disputa. Me parece que es probable que la superficie del país se vuelva un arlequín variopinto de acuerdo con el desarrollo educativo, económico y social y las distintas percepciones sobre las soluciones que requieren las localidades y el país.

Pero independientemente de que para muchos analistas el momento que se inicia es la preparación de las elecciones de 2024, lo cierto es que las condiciones que vive el país también tienen un corto plazo que requiere de análisis, propuestas, acciones y movilización social para que la sociedad asuma un protagonismo creciente en la exigencia, la vigilancia y la presión a las autoridades, para que las acciones que se desarrollen en el país no sean asumidas unilateralmente y, menos aún, de manera autocrática.

He sostenido que uno de los errores resultantes de la alternancia en el Ejecutivo en el año 2000, fue que por un lado el presidente no supo sostener y alentar la participación social que formó la ola que lo llevó a la hazaña de desplazar al PRI de algo que consideró patrimonial durante más de 70 años. Pero, al mismo tiempo, la sociedad que ya no quería el presidencialismo, volvió a endosar la responsabilidad de cambiar el rumbo del país únicamente al Presidente, manteniendo, aunque de manera deficiente, el presidencialismo que no ha muerto.

Ciertamente a las autoridades no suele agradarles que la sociedad esté atenta y metida en los asuntos públicos, situación que considera de incumbencia, derecho o privilegio de ellas. Por eso, la sociedad suele replegarse. Eso debe cambiar.

La transición democrática que se inició en el último tercio del siglo pasado ha sido lenta y con altibajos y a pesar de que gracias a ella fue posible la alternancia en los cargos públicos entre diferentes partidos, hay quienes pese a ser beneficiarios del proceso de democratización, hoy se convierten en sus principales enemigos y formados en la cultura autoritaria que prevaleció en el país después de la Revolución Mexicana quieren volver a aquellos años, tanto en lo económico, lo político y lo social. Sin embargo, la realidad actual es muy diferente a la de aquellos años.

Lo que hemos vivido en los últimos meses nos alienta y nos da esperanza de que la sociedad puede ser, como en el proceso de la transición, un actor que no sólo resista los intentos de regresión, sino que aumente el impulso para ir adelante en el corto, mediano y largo plazo. México se lo merece.


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