Un curita para México

Las noticias y las imágenes que vemos a diario provocan ira, repulsión, impotencia y produce una enorme tristeza el ser testigos del crecimiento de la violencia, de la crueldad, de la mentira y del absurdo.


Polarización


A veces resulta difícil escribir y describir los sentimientos. Me viene a la mente una tira de Mafalda en la que entra corriendo a su casa para buscar en el botiquín una “curita” diciendo: “¿Cómo se pone esto en el corazón?”

Y es que el corazón duele… pareciera que el mundo ha enloquecido; las noticias y las imágenes que vemos a diario provocan ira, repulsión, impotencia y produce una enorme tristeza el ser testigos del crecimiento de la violencia, de la crueldad, de la mentira y del absurdo.

En México, como en otros países, estamos viviendo la experiencia de una enorme crisis social. No se trata de guerras ni conflictos internacionales, sino de la polarización, la agresión y el odio entre los que pertenecen a la misma nación y comparten sus raíces, su cultura y su destino.

La patria que aprendimos a amar desde pequeños, honrando su bandera y cantando su himno con orgullo y singular respeto; el México reconocido siempre por su profunda religiosidad, arraigadas tradiciones y valores sólidos, imperceptiblemente se ha transformado en uno de los países más violentos del mundo, donde hay anarquistas que destruyen, estudiantes que secuestran, comunidades que linchan, hombres feminicidas, niños sicarios, mujeres agresoras…

Es como si un cáncer estuviera destrozando las entrañas de un pueblo que había sabido resistir cualquier embate y a cualquier gobierno, pero hoy se ve menguado y acorralado por el crimen organizado, el narcotráfico y un presidente inepto y mentiroso, con su propia definición de moral, de justicia y de seguridad.

Si durante décadas permitimos que en la intimidad de nuestros hogares se instalaran intrusos que a través de los medios de comunicación desplazaran mañosamente la acción educadora de los padres y les hablaran al oído a nuestros hijos; si permitimos que las ideologías reemplazaran nuestros valores y pusieran en duda nuestra capacidad de educar, si delegamos a la escuela la educación de nuestros hijos y confundimos la instrucción con la formación integral, hoy no deberían sorprendernos las imágenes desgarradoras y los videos por demás violentos donde los protagonistas son niños y adolescentes, hombres y mujeres capaces de toda maldad.

El corazón duele por México, y es preciso que quienes lo amamos comencemos su reconstrucción desde nuestra propia trinchera. No se trata solo de aplaudir la acción de organizaciones civiles, empresariales o políticas, no se reduce a participar en manifestaciones y eventos masivos; se precisa del esfuerzo diario y del compromiso de cada uno de nosotros por ser mejores personas y mejores ciudadanos, por contribuir con nuestra comunidad y mejorar nuestro entorno. Es un trabajo de décadas, pero que debemos iniciar hoy mismo.

La indiferencia ante las necesidades y el dolor de otros se convirtió en el abismo que hoy nos divide. México necesita líderes y políticos que asuman el servicio como vocación, la paz como bandera y la justicia como medida para lograr el bien común, y estos hombres y mujeres deberán surgir de nuestras familias y nuestras escuelas.

No podemos esperar grandes resultados de un gobierno absurdo y obstinado, pero sí podemos difundir y propiciar una educación para la vida que partiendo de la escuela y la casa, se transforme en cultura para la sociedad. Son muchos muchos los maestros que con enorme vocación se presentan día a día en las escuelas y que en alianza con los padres de familia, pueden transformar el futuro de sus alumnos y transformar el futuro de México, más allá de los planes de estudio y más allá de las paredes de la escuela.

Sin duda hablamos de una tarea muy difícil, pero no utópica y que requiere un gran esfuerzo; porque si la familia es la célula de la sociedad, es necesario combatir desde su seno el cáncer que nos está invadiendo.

Pongamos como Mafalda, una “curita” en cada familia para mitigar su dolor; porque reconstruir y dar esperanza a una familia, es reconstruir y sembrar esperanza para México.

“La familia es la verdadera medida de la grandeza de una nación, del mismo modo que la dignidad del hombre es la auténtica medida de la civilización” (San Juan Pablo II, Hom. Limerick,1,X,79).

 

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