Del corazón de un barrio bajo

 La dignidad humana te reconoce por ser humano y no por venir del fraccionamiento más acaudalado o el vecindario más decadente.


 


Cuando le cuento a alguien que yo vengo de un barrio típico de México, un barrio que puedes encontrar en cualquier ciudad del país, en mi caso en la capital del estado de Durango, es un barrio de esos donde muchas veces se hace presente la incertidumbre del mañana, las personas me ven con un rostro que refleja lástima, tristeza y hasta ansiedad. Muchos pensaran que al venir del barrio el problema está en nuestros modales o nuestras conductas cuando la realidad indica que el problema está en que se nos tenga separados por ser de otra clase social.

Cuando era pequeño, muy pocas personas esperaban que yo llegara a estudiar en una preparatoria, en realidad sólo mi familia esperaba que lograra hacerlo, y si no lo lograba por lo menos el hecho estar cerca de lograrlo sería un orgullo, lo que mental y en lo personalmente, gracias a Dios me motivó a ser mejor desde pequeño, pero lamentablemente no todos pueden llegar a presumir un talento de discernimiento como el mío, por lo que prácticamente les pusieron un chip en el que se les dijo que no lograrían terminar la secundaria y efectivamente no lo consiguieron.

Venir de barrio no solo es sufrir de incertidumbre sino de los comentarios de personas que, no siempre con mala intención hacen, o imponen conductas en nosotros como si nuestro futuro no fuera una decisión de nosotros, nos hacen ver como si no tuviéramos las habilidades, y con esto, quedamos con una imagen de ser una simple mano de obra.

Vivimos en una época donde todos hablan de empatía y donde se escucha que todos tienen las mismas posibilidades de crecimiento cuando ese es un panorama distinto a la realidad que se vive. Hablo de que es imposible predicar empatía cuando existen desde empresarios explotando la mano de obra de gente de bajos recursos a cambio un salario mínimo, que apenas y alcanza para sobrevivir, hasta funcionarios públicos abusando del poder para su bien individual. Lo que impide ese bien común tan deseado en una sociedad de recursos limitados, que viven en este tipo de condiciones porque olvidamos que la dignidad humana te reconoce por ser humano y no por venir del fraccionamiento más acaudalado o el vecindario más decadente.

Porque quién dice que un morro de barrio no puede dirigir una empresa, quién dice que un morro de barrio no puede gobernar un país, quién dice que un morro barrio no puede cumplir sus sueños. En México ya es común que la gente vaya contra corriente y salir de un barrio no hace que las cosas sean más sencillas, porque además de las condiciones inhumanas estamos luchando contra ese chip que las personas impusieron en nosotros.

En lo personal he visto amigos perder la vida en riñas, envueltos en narcotráfico y otros están perdidos en la calle luchando contra las drogas, donde lo único que buscaban era dinero y poder, porque el chip que las personas nos plantaron en la mente cuando éramos pequeños, indicaba que solo eso valía y sólo eso podría acabar con las dificultades; y sólo de esta forma obtendríamos ese tesoro tan amado que todo joven de barrio busca, RESPETO. Y es que a algunos jamás les dijeron que si estudiaban lograrían conquistar ese respeto que tanto anhelaban, jamás se les cuestionó y escuchó acerca de las necesidades por las que pasaban, jamás tuvieron la misma oportunidad de condiciones que otros si tuvieron por nacer en un barrio de condiciones limitadas.

A veces soy cuestionado por tener un gran sentido del humor aun cuando las cosas están pésimas, y la verdad es que cómo no sonreír cuando hoy pudiera estar muerto a causa del narcotráfico, o estar perdido en las calles siendo juzgado por las personas como un vagabundo don nadie a raíz de no tener oportunidades; pero no, puedo sonreír porque Dios me regaló tantos talentos para compartir al mundo, me dio tantas bendiciones que yo no esperaba recibir y hoy me dio la oportunidad de vivir para compartirles un poco de mi vida, es imposible no sonreír cuando se tiene vida sana, como no sonreír si pasé por una situación que me orilló a charlar y encontrarme con Dios. En el barrio aprendí que en el mundo sólo existe una cosa que no tiene solución y esa es la muerte, hoy hay una sonrisa y una lágrima en mi rostro por ese amigo que perdí en una pelea callejera buscando el respeto de otra pandilla, por ese amigo que por un pan en la mesa perdió la vida en el narcotráfico, por ese amigo que quiso ser un músico tocando en el mundo entero pero jamás lo logró y sobre todo hay una sonrisa porque hubo personas que confiaron en mí y compartieron conmigo las oportunidades que hoy me permiten estudiar en una universidad y me abren las puertas al desarrollo humano. ¿El barrio es lo más bajo que hay? Puede que así sea, tal vez por eso es que cuando salimos de él no hay quien nos diga que no se puede.

 

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