Hulk y Don Quijote, “amistad” sesgada

Todo mundo sabe que la relación bilateral de ambos gobiernos ha estado marcada por una abyecta sumisión mexicana ante la Casa Blanca.


Amistad inexistente


Ahora que AMLO está de regreso en su austera y republicana residencia frente al Zócalo capitalino, y que los periódicos nacionales han llenado muchas columnas con lo acaecido en Washington durante su visita a la Casa Blanca, parece que la única pregunta que queda por hacer es: ¿Cuáles son los beneficios reales que dicha visita aportó a nuestros dos países? Digo lo anterior porque uno esperaría que una actividad presidencial de tanta envergadura como fue la visita de AMLO a Donald Trump, la cual evidentemente conlleva una enorme planeación y erogación de dineros públicos de ambos lados de la frontera, debería reportar beneficios tangibles para la población de ambas naciones. Eso de que se trató de una mera visita de cortesía, incondicional y ausente de cualquier búsqueda de beneficio nacional, no cabe dentro de lo que uno espera de un presidente. Nadie elige a un funcionario público –ni está dispuesto, obviamente, a cubrir los gastos de viaje– para que vaya a pasar una velada amistosa con su contraparte de otra nación.

El T-MEC, cuyo inicio oficial constituyó parte de la motivación aparente de la visita, sí ofrece buenas perspectivas económicas para ambos países, pero el viaje presidencial no es causa de ellas. El tratado podría haberse iniciado, y ejercido su benéfica influencia, sin que el presidente tuviese que trasladarse a Washington. En este sentido, el beneficio de dicha visita fue, antes que nada, un egotrip de parte de los dos mandatarios; un evento para subrayar la importancia del tratado y para tener oportunidad de decirle a la Historia que tanto uno como otro forman ya parte de ella... aunque, según se ve, la prensa estadounidense no le prestó suficiente atención a ese gesto. La pandemia y las ineficientes medidas adoptadas por la Casa Blanca para frenarla, la violencia racial, la proximidad de las elecciones gringas y la cada vez menor popularidad del Presidente de Estados Unidos impidieron que la visita del presidente de México lograra captar la atención del público de ese país.

Hay, por otro lado, un ángulo de la visita que ha sido muy comentado: la así llamada amistad entre ambos mandatarios. Uno y otro se confiesan amigos entrañables, en una amistad recíprocamente confesada sin haber mediado excusa, disculpa ni perdón previo alguno respecto a las acervas críticas, insultos y ataques que habían marcado hasta hace poco tiempo la relación entre ellos. La desafiante y bravucona actitud anterior, preelectoral, de López Obrador vis à vis la grosera, humillante y soberbia actitud de Trump respecto a México, se convirtió mágicamente, sin mediar otra cosa que la llegada de AMLO a Palacio Nacional, en –¿honesto y sincero?– afectuoso cariño de cuates y en una disposición total de este último para obsequiosamente aceptar cualquier petición de su nuevo amigo.

Es imposible no pensar que, si esa amistad realmente existe, es una amistad sesgada a ojos vistas, como la que podría darse entre Hulk y Don Quijote. La amistad supone y exige desinterés, incondicionalidad y, sobre todo, un verdadero respeto mutuo, capaz de hacer que las diferencias particulares, la desigualdad de capacidades, desaparezcan; se valora la dignidad del otro como igual a la propia. ¿Alguien puede imaginar a Donald Trump considerando a AMLO como igual en dignidad a él mismo? El comportamiento del mandatario estadounidense respecto a México no deja lugar a dudas sobre quién piensa él que es más digno al comparar su país y el nuestro, al compararse él mismo con cualquier mexicano.

Hulk quizás admire la ingenuidad soñadora de Don Quijote, locamente obsesionado en destruir todos los molinos que se le pongan enfrente, pero de ahí a reconocerlo como amigo hay mucho trecho. (Además de que entre más molinos destruya Don Quijote en México, menos estará feliz nuestro vecino. Ya bastante tienen los yanquis con Venezuela y Cuba). Para Trump, el presidente de México es meramente otro peón en su ajedrez. Si, como dicen que dijo John Foster Dulles, Secretario de Estado del presidente Eisenhower, “Estados Unidos no tiene amigos, sino sólo intereses”, Donald Trump es la corroboración viva de tal confesión.

Una muestra de la conciencia que, en el fondo, tiene el mismo AMLO de que su amistad con Trump es una vacilada, fueron algunas de las frases que le dirigió a este último en su discurso. Nuestro presidente agradeció a su anfitrión que haya respetado nuestra soberanía, y que no nos haya tratado de imponer nada. En primer lugar, ambas frases son mentirosas, todo mundo sabe que la relación bilateral de ambos gobiernos ha estado marcada por una abyecta sumisión mexicana ante la Casa Blanca. En segundo lugar, ¿desde cuándo el respeto mutuo es algo que se debe agradecer? ¿No es algo que se espera naturalmente, y se exige, de cualquier persona? Como si tuviéramos que agradecer a los delincuentes el que alguna vez se porten bien. Y lo mismo vale para la no imposición de conductas entre amigos. Se impone una persona sobre otra cuando hay una clara consciencia de que una de ellas es superior a la otra, ya sea por autoridad o por fuerza. Que López Obrador haya agradecido a Trump que éste no haya querido imponer algo a México es un reconocimiento explícito de que Estados Unidos, o su gobierno, es superior al nuestro. Es agradecer a Hulk que no haya desmontado de un manotazo al escuálido e iluso Don Quijote.

Ningún tema importante para la relación mutua de ambos países, excepto el T-MEC, fue mencionado en el discurso, ni tratado durante las reuniones de ambos gobernantes. La violencia, el tráfico de drogas, el uso de México como paupérrima sala de espera para los migrantes centroamericanos que desean entrar a Estados Unidos, el muro –material y militar– que Washington construye para evitar la entrada de los mexicanos y otras personas indeseables, etcétera, ni siquiera merecieron un rato de atención, a pesar de que son tan importantes, o más, que el T-MEC.

Por último, de risa, o de llanto –es difícil decirlo–, es que el auto nombrado campeón de los pobres mexicanos, el paladín de los débiles y marginados, llegó a la Casa Blanca con una comitiva formada por puros ricos neoliberales; de los mismos acerca de los que días antes él había preguntado:” ¿Qué hacemos con los ricos?”. Por lo visto AMLO entró a la Oval Office a pedir consejo al respecto al multimillonario líder del país más neoliberal del mundo.


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