La SCJN, ¿ante el garrote o la zanahoria?

Las ministras de la SCJN decidieron apoyar un proyecto de veredicto por el que las mujeres en México puedan matar a los hijos que estén vivos en sus vientres.



Por más que pienso, me parece imposible que los ministros de la Suprema Corte de Justicia de la Nación hayan llegado, por su propia y personal convicción, a despenalizar el aborto. Sus argumentos aplastan toda lógica, y según dicen los expertos en leyes, su decisión final aplastó toda legalidad. ¿No se supone que los ministros del tribunal más alto de la nación están en ese puesto gracias a sus méritos académicos, al ejercicio excelente de su profesión, y a sus sólidos y comprobados principios morales? ¿No son la crème de la crème de la honestidad, legalidad y justicia en nuestro país? Por eso cada vez me convenzo más de que atrás de esa decisión debe haber habido definitivamente o una oferta tan atractiva que no pudieron rechazar o una amenaza tan grave que no pudieron resistir.

Basta pensar, para ejemplificar, en las señoras ministras. Algunas de ellas han de ser madres; tener sus propios hijos. Ellas, entonces, han pasado por la experiencia de estar embarazadas. Y me imagino que en el momento en que se dieron cuenta que estaban embarazadas lo primero que les llegó a la mente no fue: “Híjole, tengo un cigoto en la panza”, o “Wow, ya ha de haber un montón de células nuevas en mi útero”. Estoy seguro que lo primero que pensaron, con un salto en el corazón, fue: “¡Un hijo mío!”. A lo mejor, luego, alguna de ellas se puso a calcular fechas, costos y quién sabe qué más. El embarazo siempre acarrea una serie interminable de cosas en qué pensar. A lo mejor, o a lo peor, también se le pasó por la mente en aquel momento la terrible idea del aborto, aunque una persona con su grado de formación y cultura no podría haber ignorado que tal acción implicaba necesariamente quedarse sin hijo. Porque el hijo ya estaba también en su mente y en su corazón. Los trapecismos morales que luego haya realizado para justificar el aborto no habrán sido más que eso: funambulismo moral; maquillaje para disfrazar lo que ya sabía: que iba a eliminar a su hijo. Haya tenido el número de días o semanas que haya tenido la creatura en su vientre, esa madre sabía que esa creatura no era otra cosa sino su hijo.

Y sin embargo, las ministras de la SCJN decidieron apoyar un proyecto de veredicto por el que las mujeres en México puedan matar a los hijos que estén vivos en sus vientres. En ningún momento parecen haber recordado que sus propios embarazos habían sido claramente acontecimientos en los que siempre hubo dos protagonistas: ellas y sus hijos. Únicamente pensaron las ministras en los problemas que el embarazo, y la consiguiente maternidad, acarrea a uno de esos dos protagonistas: a la madre. El otro -como siempre ocurre en los debates en torno al aborto- por ser el más débil y no poderse defender, fue totalmente ignorado. En estos casos es mejor fingir que no existe.

A los ministros, varones, ¿qué les ofrecerían, o de qué modo los asustarían para decidir lo que decidieron? Pues, aunque no hayan estado embarazados, ser padre es ser padre de un hijo. Y me imagino que la mayor parte de ellos son padres de algún hijo. Saben tan bien como sus esposas lo que es un embarazo y lo que significa suspenderlo. ¿No les hace eso pensar en lo que el aborto causará en las familias mexicanas? Excepto, claro, si por ser muy machos mexicanos, les da igual. La paternidad, en este último caso, si han llegado a ejercerla, no les dejó huella alguna. O si sí les quedó algo, fue el convencimiento de que el único derecho a la vida que ellos tienen que reconocer y defender es el de sus propios hijos. ¿Los demás? Que hagan lo que se les venga en gana. ¿O qué acaso no estamos en un país libre? ¿Tan libre como Cuba y Venezuela, modelos a seguir en la lucha por la libertad, según nos quiere convencer el presidente de la República?

¿Qué les ofrecieron a los ministros? ¿O cómo los amenazaron? ¿Alguna vez se sabrá?


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