¿No será mejor el desdén?

El silencio ciudadano será la mejor kryptonita para el presidente que se cree un dios.



Sería imposible consignar todo lo que de López Obrador se ha dicho y escrito en el tiempo que él lleva al frente del Poder Ejecutivo. Es además evidente que las críticas, burlas, quejas y demás muestras de descontento y desagrado ciudadano superan por muuuuucho lo que se le ha alabado o reconocido al tabasqueño. Hasta los colegiales de primaria se saben ya de memoria lo que de sus padres han oído mil veces al respecto: la animadversión presidencial a la ciencia, su desprecio de la ley, su inhumanidad, su amistad con el narco, lo aberrante de sus decisiones de gobierno, su carácter autoritario, etcétera, etcétera, etcétera. Ya no es posible encontrar aspectos novedosos de qué hablar respecto a la figura y al desempeño presidencial del Peje. Y estoy seguro que él está al tanto de ello. Prueba de tal cosa es su tan comentada “denuncia” de la prensa enemiga cada mañana.

Hay un punto notable en esta actitud del presidente: lejos de amilanarse o cambiar de rumbo por las críticas, o de molestarse por las burlas, él endurece más sus decisiones, y hasta reta a los ciudadanos que lo contrarían. Eso me hace pensar que es muy probable que él deliberadamente esté buscando ser objeto de tan acerbas críticas y mofas. No le afecta que se hable mal de él, con tal de que en la burla y la crítica pueda encontrar él motivo para atacar a alguien. Poder denunciar la perversidad de sus adversarios y vociferar contra ellos mantiene alto su rating ante sus fieles seguidores (y altas las esperanzas de disfrutar más años del poder de quienes cuchilean a estos últimos). Convertirse en tema permanente de la voz pública, aunque ésta sea de desprecio y odio, hace en él lo que las espinacas hacen en Popeye. Es su droga de preferencia. ¿De qué hablaría él en sus larguísimos y tediosos monólogos cotidianos si no se le criticara; si no tuviera modo de crearse un enemigo nuevo?

En ese contexto me parece que una forma de desarmar a AMLO es aplicarle la ley del hielo; el desdén. Escuchar pacientemente y en silencio lo que él dice sin responderle; encontrar la manera de trabajar sotto voce con los legisladores de oposición y los grupos empresariales y/o sindicales para tratar de revertir sus iniciativas de ley; incrementar el trabajo ciudadano de difusión de las tácticas a seguir para evitar que Morena amplíe su poder político. Pero, siempre, callando del todo la burla y la crítica pública; evitando cualquier referencia pública a él; que los medios de difusión se concreten a hacer públicas las decisiones presidenciales, sin ningún juicio de valor sobre las mismas. De ser posible, que ni el nombre del residente sea mencionado. El silencio ciudadano será la mejor kryptonita para este hombre que si no se cree un dios, es seguro que sí se cree Superman.

Es probable que la sugerencia anterior sea utópica, difícil o imposible de realizar de ese modo, pero definitivamente habrá que encontrar una manera de dejar a AMLO sin algo que atacar. Si no se logra otra cosa con ello, por lo menos a lo mejor logramos que se ponga por fin a trabajar como presidente.


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