El monopolio de la filantropía

Cuando uno se acerca a los medios filantrópicos se oyen historias de horror. Y nadie lo denuncia por temor al ogro filantrópico y monopolístico.


Apoyos solidarios


Probablemente no ha habido una descripción más acertada del sistema que nos gobernó por ocho décadas qué la que nos dio Octavio Paz. A este sistema le llamo “el ogro filantrópico”. En el mismo, la clase política generaba privilegios para los de su casta, exprimía a la población productiva, a cambio de lo cual entregaba dádivas a la parte menos favorecida de la sociedad, su clientela política. Un sistema clientelar: dádivas a cambio de votos. Un sistema que se está tratando de reciclar.

La metáfora de Paz no puede ser más precisa: el ogro que oprime, pero que, a cambio, es filantrópico. Tal vez por ello la clase política aborrece a otros que intentan ser filántropos. Para que el sistema funcione no puede haber muchos benefactores. Se requiere que haya un monopolio de la solidaridad. Los otros, los que no son de la familia revolucionaria, tienen grandes obstáculos para ser filántropos.

Bueno, una gran parte de los obstáculos están en nosotros mismos. Convencidos de que el Gobierno debe resolver todos los problemas de la sociedad, sólo se nos ocurre exigir a Papi Gobierno, nuestro Ogro consentido, que haga lo que todos deberíamos: convertir nuestra solidaridad en apoyos concretos.

Los mexicanos somos solidarios. Pero, fuera de las situaciones extremas (sismos, inundaciones, pandemias) nuestra solidaridad se dedica a parientes, amigos y compadres. Por eso cuesta tanto trabajo crear y sostener grandes obras filantrópicas. Y por supuesto, esta situación le conviene a la clase política, que mantiene su monopolio de la solidaridad. Por ello se crean obstáculos a las sociedades de asistencia privada: registros obligatorios, trámites complejos, grandes dificultades para obtener exenciones de impuestos a los donantes. Acompañados de propaganda para crear “desconfianza en las organizaciones de la sociedad civil”. Sí, para ciertas izquierdas las únicas sociedades legítimas son las que ellos manejan. Todas las otras opciones, por definición, son sospechosas. Sospechosas de que cualquier acción filantrópica es para lavar dinero, evadir impuestos, ocultar o disfrazar actividades ilícitas y, contrario a lo que dicen nuestras leyes, esas organizaciones son culpables hasta que se demuestre lo contrario.

Probablemente uno de los ejemplos más claros ha sido el ataque al Teletón, sociedad que se ha enfocado a la rehabilitación de niños de escasos recursos que han sido marginados por el Gobierno y una parte de la sociedad. Hay ataques continuos, pero sin ofrecer opciones mejores. Tristemente, no son los únicos: cuando uno se acerca a los medios filantrópicos se oyen historias de horror. Y nadie lo denuncia por temor al ogro filantrópico y monopolístico.

Pero nosotros, los demás, no dejamos de tener algo de culpa. Nada nos impide apoyar a causas meritorias. Hay manera de informarnos y ver la seriedad de las organizaciones de asistencia privada. Si no hay exenciones de impuestos, nada nos impide dar de todos modos. El efecto debería ser al revés: cuando hubiera exención de impuestos, yo debería dar más de lo que había planeado.

¿Acaso no hay otra vía? ¿No será que podríamos apoyar a causas meritorias sin buscar prestigio, ahorros, buenas voluntades? O será que el monopolio de la filantropía y de la solidaridad nos resulta muy cómodo y no nos interesa cambiarlo.

 

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