El dogma de la izquierda

Tenemos que convencernos de que el desarrollo del país necesita de un motor diferente del gasto público.


Izquierda


Seguramente a los izquierdistas les molesta muchísimo que se hable de que tienen dogmas. Ellos se creen supremamente científicos y se burlan de quienes son “dogmáticos”. Porque todos entendemos por dogmáticos a quienes tienen creencias que no están basadas en demostraciones científicas.

En el caso de los izquierdistas, ellos creen tener siempre razones científicas para sus posiciones políticas. Como lo dice el himno comunista, La Internacional, que en una de sus estrofas define al comunismo como “la razón en marcha”. Ahora, hay muchos tipos de dogmas izquierdistas. Hay quienes creen en la infalibilidad de sus grandes líderes, como Stalin, Mao Tse Tung, Fidel Castro y otros más. Personajes que nunca se equivocan, al menos mientras viven. Y cuando se les demuestra que sus ideas no fueron exitosas o sus pensamientos no corresponden con la realidad, siempre encuentran motivos para demostrar que esos grandes líderes nunca fallaron. Pero no todos los izquierdistas tienen ese tipo de dogma.

En lo que todos ellos coinciden es en el criterio de que la economía debe ser manejada por el gobierno y que ahí está la solución a todos los problemas económicos de los países. Más aún, creen en el gobierno como motor de la economía y se niegan a ver la realidad de que, hasta en los países izquierdistas que han tenido éxito en el siglo pasado y en este, ha actuado de manera diferente. Por ejemplo, China que ha creado sus zonas económicas especiales con el concepto de “un país, dos sistemas” donde se ha dado una gran libertad económica a empresas privadas, se han adherido fervientemente a la globalización y han permitido el desarrollo de grandes capitales. Y algo muy parecido ocurre con la India, quien desde su independencia tuvo una gran preponderancia de los socialistas y que ahora han dejado de tener el control tan importante que el gobierno tuvo sobre la economía. O los países escandinavos, socialistas por décadas, que en el siglo pasado dejaban que la economía estuviera dirigida por los empresarios, a quienes les confiaban los ministerios de economía.

Claro, este es un dogma que no es únicamente de la izquierda. Fue el dogma de una gran parte del gobierno del dictador Franco en España, y en gran medida el dogma de la “dictadura perfecta” que padecimos una buena parte del siglo XX y que amenaza con volver a ponerse en práctica. Porque la actual administración pública mexicana quiere que el gobierno vuelva a ser el motor de la economía. Muchas veces hasta los propios empresarios se creen este dogma y culpan al gobierno de dañar la economía por no ejercer en mayor medida el gasto público.

No hay ninguna prueba científica de que los gobiernos sean buenos administradores de la economía. Se habla de que la izquierda logra un reparto más equitativo de los bienes, pero la realidad muestra que en todos los países socialistas siempre se ha creado una casta dorada o, en todo caso, privilegios para algunos empresarios amigos de los dirigentes. Así, por ejemplo, la actual administración trata de convencernos de que el crecimiento económico no es equivalente al desarrollo. Que es posible repartir la riqueza, aunque no se genere en grandes cantidades. Que lo que se requiere es que el gobierno reparta cada vez más los impuestos de la ciudadanía en programas clientelares, aunque no mejoren la situación económica. Y ese dogma es tan resistente que se niegan a ver la evidencia en contra.

Necesitamos un debate serio, científico, y validado para poder encontrar el camino para que nuestro país verdaderamente tenga un desarrollo económico sustentable. Tenemos que convencernos de que el desarrollo del país necesita de un motor diferente del gasto público, si es que debe estar a salvo de las vicisitudes políticas tanto nacionales como internacionales. Y ese motor de una economía sostenible debe ser principalmente el mercado interno: la población que, confiando en su futuro, está dispuesta a invertir, desarrollar su patrimonio y a premiar a las mejores empresas con su gasto.

 

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