De veras, ¿necesitamos tanto gobierno?

No cabe duda de que una ciudadanía organizada en instituciones independientes es vista como un peligro. Y están tratando de reducirle capacidades y sustituirlas por organismos de la estructura partidista o las del Estado.



Recientemente, amigas y amigos, me han llamado subversivo. No es que importe mucho; no soy tan importante como para que eso sea motivo de preocupación. Lo que me llama la atención es el concepto. Me explico: me han llamado así porque, en persona o por escrito, me he pronunciado a favor de reducir las atribuciones del Gobierno en la medida que la ciudadanía asuma su papel de responsable. Creo yo que hay un conflicto oculto en este tema de la participación de los gobiernos quienes, en mayor o menor medida, han fallado y siguen fallando en cumplir las aspiraciones de la ciudadanía.

Por otro lado, a pesar de que son notoriamente incapaces para cumplir con sus obligaciones, su respuesta es pedir a la Sociedad, o en muchos casos atribuirse a sí mismos, mayores poderes para intervenir en la vida pública. Lo cual, en muchos casos, es como proponer para la solución de sus fallas y fracasos, asignar a las castas políticas una carga aún mayor de tareas. Cuando es un hecho que no están pudiendo cumplir a cabalidad las tareas que ya la ley les asigna.

Aquí el punto fundamental es la definición del papel del Gobierno en la Sociedad. Para muchos, a quienes no quiero llamar socialistas porque no son los únicos que tienen estas tendencias estatistas, la solución de todos los problemas consiste en darle todavía mayores facultades al Gobierno y reducir el papel de la sociedad e incluso negar el concepto de ciudadanía. Alegando que no les queda claro cuál es el papel de los ciudadanos, más allá de aquel que nos asignaban en la colonia española a los países latinoamericanos, cuando se nos decía que teníamos que “callar y obedecer”. Hoy, no nos lo dicen con estas palabras, porque sus asesores en imagen política les dejan bastante claro que ese tema no es para tratarse en público.

Claramente, el concepto de ciudadanía, no es algo nuevo. Ya estaba incluido en la Revolución Francesa, donde se hizo gala de ese título como algo distintivo de quienes no tenían una medida de poder. En la peculiar democracia británica, la representación de los ciudadanos se le da a la llamada” Cámara de los Comunes” que eran diferentes de la nobleza y de otros poderes del Estado. Algo así como lo que ahora llamaríamos al ciudadano de a pie o a los “sin poder” como decía Václav Havel.

Tal parece que lo que algunos están buscando es una reducción del papel de los ciudadanos para darle mayor fuerza al Gobierno. O, visto de otra manera, el rechazo del Gobierno a las iniciativas ciudadanas y a las organizaciones de la sociedad civil, a las que se ve como fuerzas que le reducen capacidad de operación al Gobierno. Es un motivo de preocupación ver que, en muchos sistemas políticos, sean de derecha o de izquierda, sean neoliberales, neofascistas o neo estalinistas, se ve a la participación ciudadana en la vida pública como un peligro para el Estado. Y claramente, están actuando en consecuencia.

Esto, sin ir demasiado lejos, lo estamos viendo desde hace algún tiempo en las acciones y las declaraciones de la 4T. No cabe duda de que una ciudadanía organizada en instituciones independientes es vista como un peligro. Y están tratando de reducirle capacidades y sustituirlas por organismos de la estructura partidista o las del Estado.

¿Dejaremos que esto ocurra? En la medida que nos acostumbremos a no participar en las cuestiones públicas, aunque sea en la mínima medida de opinar o en la actividad de crear organizaciones intermedias para atender temas públicos, estaremos en la práctica dándole poder a lo que Octavio Paz llamaba “el ogro filantrópico”: un monstruo que a cambio de migajas de cumplimiento de sus obligaciones, presentadas a la Sociedad como dones y mercedes, obtiene de la población aceptación y apoyo, a pesar de que en la práctica se le niega al ciudadano, cada vez más, la participación en los asuntos públicos, en la vida política.

Y, finalmente, esto no es un tema de posiciones ideológicas. Vemos como todos los partidos, no importa su tinte ideológico, insisten en que la solución a los grandes problemas públicos está en el Gobierno. Las soluciones que proponen, por regla general, consisten en cambiar a los ocupantes del Gobierno, pero no hay nadie de la casta política, que proponga que haya actividades públicas que se dejen en manos de la población. No: todos sin excepción, ven en una participación cada vez mayor del Estado, la solución a los grandes problemas que nuestro peculiar sistema político ha ido arrastrando por décadas, solamente con mejoras marginales y sin poner en práctica soluciones realmente de fondo. Porque no pueden y, en muchos casos, no quieren.

¿Hasta cuándo resistiremos los ciudadanos? ¿Hasta cuándo exigiremos un Gobierno más pequeño, menos interventor, mayor participación de organizaciones intermedias creadas por la sociedad civil, para hacernos cargo de temas públicos que los gobiernos han demostrado ampliamente que no dan soluciones, no digamos completas, sino ni siquiera aceptables? Y si por pensar así me van a seguir diciendo subversivo, pues que así sea.

 

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