Para qué votar en 2021

Necesitamos entender a fondo la democracia, comprender sus fundamentos y desear ávidamente su implantación, lo cual no es ni será rápido ni fácil.



A 100 días de las votaciones intermedias del año 2021, no es claro que toda la ciudadanía está decidida y muchas veces ni siquiera entusiasmada por votar. Más de uno cuestiona el para qué votar, y esto nos pone en una situación delicada. No siempre nos queda claro por qué votar. ¿Cuál es la razón de nuestra duda? Muchos tenemos claro que votar es una obligación ciudadana. Hay que votar porque lo manda la ley. Porque, en algunos medios, no votar está mal visto. Todo eso es cierto. Todo eso es insuficiente.

Para nadie es un secreto que votar es una obligación ciudadana y, sin embargo, en nuestro país como en otros muchos, la abstención de los votantes es muy elevada. Lo que indica que conocemos esta obligación y este derecho, pero no estamos particularmente entusiasmados por el voto. “Es una lata”, dicen unos. “Pérdida de tiempo”, añaden otros. “Es inútil: de todos modos, hacen lo que se les da la gana”, completan algunos más.

Sí, es un hecho que a una buena parte de la ciudadanía no le nace el fervor patrio por la democracia. Tal vez porque no nos han educado en el civismo, ni en la escuela ni en la familia; quizá porque las raíces indígenas y españolas, bases de nuestra cultura no eran para nada democráticas, sino que venían de sistemas autoritarios y eso nos ha quedado en nuestras costumbres: en el campo de lo social, de lo económico y hasta en lo eclesiástico. Al punto de que estamos acostumbrados al cacique, al caudillo, al que no se le cuestiona y al que se le obedece al pie de la letra. Tal vez sea que la democracia fue trasplantada en nuestro país sin tomar en cuenta las raíces de nuestra cultura y de alguna manera fue impuesta a contrapelo de los “usos y costumbres”.

No cabe duda de que la democracia pone límites a la fuerza del gobernante, reverenciada por muchos. Nos gusta que nos hagan favores y sentirnos influyentes gracias a nuestras relaciones. Nos encantan los privilegios, como una demostración de nuestra valía. Pero esto, que es totalmente cierto de una parte importante de la población, está cambiando sobre todo en las generaciones jóvenes. Tal vez por imitación de la cultura globalizada en los medios, la música, la televisión y una situación que facilita viajes y contactos multinacionales. Cualquiera que sea la causa, es un hecho que las generaciones jóvenes tienen otras ideas. Y una buena prueba de ello es que los jóvenes son el sector que menos votó por la 4T en el 2018.

¿Alcanzarán las dádivas a estas generaciones, a los “Jóvenes Sembrando el Futuro” y a los “Siervos de la Nación”, para cambiar las tendencias de la cultura de ellos? Es difícil pronosticarlo. Unos quisieran creer que las dádivas, la compra de voluntades y la venta del voto ya son cosa del pasado. Pero puede ser que no sea así. La cultura de los favores pedidos y ofrecidos está todavía muy arraigada. En el fondo, con excepciones, la democracia nos fue impuesta por una minoría. Misma que no creía de fondo en sus bondades y la utilizaron como un ariete contra los contrincantes políticos. Pero, quiero creer, los ideales democráticos van arraigando.

Necesitamos entender a fondo la democracia, comprender sus fundamentos y desear ávidamente su implantación, lo cual no es ni será rápido ni fácil. Y tal vez, además de cuestionarnos los por qué de la democracia, deberíamos preguntarnos el para qué. En los poco más de 70 días que nos quedan para las elecciones, lo invito a visitar esta columna y reflexionar juntos sobre esos temas vitales.

 

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