La Navidad y la esperanza

Lo importante de las fiestas navideñas y de fin de año es poder comunicar a todos a los que queremos y apreciamos el cariño y el respeto que les tenemos.



No, no cabe duda de que estamos en una situación verdaderamente excepcional. Por primera vez, a lo largo de nuestras vidas, nos encontramos ante una Navidad en donde lo prudente es no poner en riesgo a nuestros familiares y amigos y, por lo tanto, debemos abstenernos de muchas de las cosas agradables y tradicionales que asociamos con la Navidad.

He escuchado decir, con mucha frecuencia, que esta será una Navidad triste. Y ciertamente, si lo importante para nosotros en la Navidad es únicamente la parte de la celebración, el tener qué abstenernos de las posadas, de las reuniones de fin de año en escuelas y centros de trabajo, de las pastorelas y de muchas otras actividades tradicionales, hará que esta sea una Navidad con poca alegría. Si para nosotros la Navidad consiste fundamentalmente en reunirnos con parientes y amigos que muchas veces no hemos tenido tiempo ni oportunidad para vernos, este año no será posible. Y eso nos pondrá tristes.

Hay quien ha decidido hacer caso omiso de avisos e indicaciones sanitarios. Finalmente, dicen algunos, de algo nos debemos de morir. Además, dicen otros, esto ha sido extraordinariamente exagerado por autoridades malévolas que quieren controlarnos. Y no faltan quienes dicen que, como ya se van a empezar a repartir las vacunas contra el COVID-19, ya no hace falta cuidarse: en todo caso si nos enfermamos podemos pedir que nos den la vacuna. Y, con las costumbres que tenemos en nuestro medio, siempre habrá forma de conseguir las vacunas, aunque no estemos en la lista de las personas que se consideran prioritarias. Recordemos: esto es Latinoamérica y aquí, como dice la gente, “con dinero baila el perro”.

Pero hay gente sensata que sí piensa seguir las indicaciones para reducir los contagios, no sólo de nosotros y de nuestras familias, sino de la población en general. Porque cuando nos cuidamos, estamos cuidando también a la comunidad, cerrando las posibilidades de que se aceleren los contagios. El tema no es sólo que haya menos contagios. Casi igual de importante es desacelerar la tasa de contagios. Por qué, a fin de cuentas, si todos los que estamos susceptibles a contraer la enfermedad nos enfermamos en el mismo mes, la crisis es mucho más grave que si el mismo número de contagios se reparte en 3 o 4 meses. De esta segunda manera, no se saturarían los servicios sanitarios y se podría dar mejor atención a todos los enfermos.

Pero hay otro grupo de personas en la sociedad. Personas que celebran las tradiciones, las celebraciones, y que disfrutan con las reuniones con parientes y amigos. Pero que, para ellos y ellas, lo verdaderamente importante no son esas tradiciones, sino el hecho de que la Navidad es una celebración de la esperanza. Para los que son –somos– creyentes, es la esperanza de los bienes que trae el nacimiento de Jesucristo a la humanidad. Pero aún aquellos que no tienen estas creencias, ven que lo más importante de estas festividades es desearnos lo mejor los unos a los otros. Agradecer los bienes que hemos recibido y desear a los nuestros, incluso a los que no son tan cercanos, toda clase de bienes para el año nuevo que comienza.

Y dentro de todo, podemos decir que nuestra situación frente a esta pandemia tiene ventajas que no hubiéramos tenido hace 10 o 20 años. Entonces hubiera sido prácticamente imposible que una parte importante de la población trabajara desde sus casas. Con lo cual, la crisis económica qué estamos resintiendo hubiera sido mucho más severa y difícil de recuperar. El hecho de no poder hacer uso de los servicios que se han creado a raíz de esta pandemia hubiera acelerado la tasa de contagios. Incluso, hubiéramos llegado a situaciones límites en cuestiones de alimentación y con toda seguridad hubiera habido un disparo en la inflación, casi incontrolable. Pero, gracias a los sistemas de comunicación de qué ahora disponemos, podemos reducir las calamidades de esta pandemia, gracias a una comunicación ágil y muy económica.

Lo mismo ocurre con familias y con la comunicación con amigos. Hace algunos años, sólo gente de dinero tenía acceso a telefonía móvil y no existían las aplicaciones que permiten una comunicación visual. La telefonía, en términos relativos, era mucho más cara y la comunicación a larga distancia era, para la mayoría, prohibitiva. Hoy podemos comunicarnos a un costo muy bajo a cualquier ciudad del país y a América del Norte, donde una proporción importante de nuestros parientes y amigos han emigrado. El aislamiento que hoy sentimos, y con justa razón, es nada comparado con lo que hubiéramos sentido si hubiéramos tenido los medios de comunicación que había hace 20 años o un poco más.

Esta situación, como muchas otras cosas, pasará. Más pronto o más tarde tendremos los medios necesarios para convivir con esta pandemia. Aún si no logramos erradicarla, podría pasar a ser una enfermedad que, aun siendo grave, tenemos los medios necesarios para evitar que cause daños mayores. Como es el paludismo, la tuberculosis, y otras muchas enfermedades que no se han erradicado pero que no son una preocupación de salud a un nivel masivo, como es la actual pandemia.

Finalmente, lo importante de las fiestas navideñas y de fin de año es poder comunicar a todos a los que queremos y apreciamos, el cariño y el respeto que les tenemos. Y eso, nadie nos lo puede quitar. Y, afortunadamente, tenemos los medios para poder comunicar esos sentimientos. No nos dejemos dominar por la desesperanza. El amor y el cariño a los nuestros sigue ahí. El modo de expresarnos tal vez no tenga la misma riqueza ni el mismo apego a las tradiciones que ahora añoramos. Claramente tendremos que adaptar esas costumbres qué tanto atesoramos y probablemente crear costumbres nuevas. Y aprenderemos a expresar con mayor calidez y con mayor hondura lo que sentimos por todos los que apreciamos. Y dentro de unos pocos años estaremos comentando cómo las costumbres han cambiado, cómo hemos creado costumbres nuevas, cómo hemos podido incluir en nuestras celebraciones a aquellos que la globalización ha alejado de nosotros. De hecho, ya están ocurriendo eventos como “brindis virtuales”, reuniones familiares, graduaciones escolares, y hasta reuniones para cantar o hacer música estando cada cual en su casa, gracias a estos medios de los que disfrutamos.

Le deseo una Navidad y unas fiestas de Año Nuevo donde lo que prevalezca sea la esperanza. Que esa, nadie nos la puede quitar.


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