Trabajadores, sin red de protección frente al avance de la IA

En un mundo donde la inteligencia artificial se presenta como emblema del progreso tecnológico, miles de familias alrededor del planeta enfrentan una realidad incómoda: la promesa de eficiencia se traduce, para muchos, en la pérdida de su sustento. La ola de despidos asociada a la automatización y, en particular, a la adopción acelerada de sistemas de Inteligencia Artificial (IA) ya no es una hipótesis de futuro, sino un fenómeno en curso que atraviesa desde plantas industriales hasta oficinas corporativas de alcance global.

Los datos recientes confirman la magnitud del desplazamiento laboral. Tan solo en 2025, el sector tecnológico acumuló alrededor de 89 mil despidos a nivel mundial, lo que representó un incremento de 36 por ciento frente al año previo. Dentro de ese total, más de 10 mil recortes fueron atribuidos de manera directa a la implementación de IA como parte de procesos de reestructuración interna. En términos más amplios, diversas estimaciones coinciden en que más de 14 millones de empleos han sido desplazados en el mundo por tecnologías basadas en IA hasta principios de este año, sin contar los efectos indirectos de la automatización en cadenas productivas completas.

Las decisiones empresariales detrás de estas cifras tienen nombres y apellidos. Grandes corporaciones han anunciado recortes masivos de personal mientras refuerzan sus inversiones en automatización. Amazon, por ejemplo, eliminó cerca de 14 mil puestos corporativos como parte de un giro estratégico hacia la eficiencia operativa apoyada en sistemas automatizados. La multinacional química Dow confirmó el despido de aproximadamente cuatro mil 500 trabajadores, en una estrategia orientada a priorizar procesos impulsados por inteligencia artificial y reducir costos estructurales. En ambos casos, el discurso corporativo se apoyó en conceptos como “optimización” y “transformación digital”, aunque el resultado inmediato fue la pérdida de miles de empleos estables.

La tendencia no se limita a los despidos visibles. La adopción de IA también está modificando el mercado laboral de manera más silenciosa. Las ofertas de empleo para puestos de nivel inicial, tradicionalmente la puerta de entrada para jóvenes profesionales, han caído hasta 15 por ciento interanual en algunos sectores, mientras que las referencias explícitas a inteligencia artificial en descripciones de vacantes se han incrementado más de 400 por ciento en apenas dos años. El mensaje implícito es claro: se demandan perfiles altamente especializados, mientras se estrecha el acceso al mercado laboral para amplios segmentos de la población.

A menudo se argumenta que la inteligencia artificial no solo destruye empleos, sino que también crea otros nuevos. Sin embargo, la ecuación dista de ser equilibrada para quienes quedan fuera.

Organismos internacionales han advertido que la expansión de la inteligencia artificial está reconfigurando el empleo a un ritmo que amenaza la estabilidad laboral. El Foro Económico Mundial señaló en su Future of Jobs Report 2025 que hacia 2030 la automatización podría desplazar alrededor de 92 millones de empleos a nivel global, sin garantías de que los nuevos puestos sean accesibles para quienes pierdan los actuales. La Organización Internacional del Trabajo ha alertado que la IA impacta con mayor fuerza a tareas administrativas y de servicios, elevando el riesgo de precarización. La OCDE, por su parte, ha subrayado que la productividad y las ganancias avanzan más rápido que la adaptación de la fuerza laboral. Estos organismos coinciden en que la transición tecnológica se está haciendo sin protección suficiente para los trabajadores. El resultado, advierten, puede ser un aumento sostenido de la desigualdad social y laboral.

El impacto social de esta transición desigual es profundo. Los trabajadores despedidos suelen enfrentarse a periodos prolongados de desempleo, subempleo o informalidad, con consecuencias directas sobre sus ingresos, su salud mental y la estabilidad de sus familias. Los programas de capacitación y reentrenamiento, cuando existen, resultan insuficientes frente a la velocidad con la que las empresas incorporan nuevas tecnologías. En muchos casos, la reconversión laboral se presenta como una responsabilidad individual, no como una obligación compartida por quienes se benefician económicamente de la automatización.

Además, el desplazamiento no afecta a todos por igual. Diversos estudios advierten que las mujeres, particularmente aquellas empleadas en tareas administrativas, de apoyo y servicios, se encuentran entre los grupos más expuestos a la automatización, lo que amenaza con profundizar brechas de género ya existentes en el mercado laboral. Sin políticas activas de protección y transición, la promesa de innovación corre el riesgo de traducirse en mayor desigualdad.

Nada de esto implica que la inteligencia artificial sea, en sí misma, un enemigo del trabajo humano. El problema radica en la forma en que se está implementando. Cuando la eficiencia y las ganancias se colocan por encima de la estabilidad laboral y la dignidad de las personas, la tecnología deja de ser una herramienta de progreso y se convierte en un factor de exclusión. Una transición tecnológica que no contempla la reconversión, la capacitación y el acompañamiento de los trabajadores desplazados no puede considerarse un avance: es una derrota para la ética empresarial.

La pregunta de fondo es a quién sirve realmente la innovación. Si la inteligencia artificial se utiliza únicamente para reducir costos y maximizar beneficios, sin asumir responsabilidad por el impacto social que genera, el discurso del progreso pierde legitimidad. La tecnología debe estar al servicio del ser humano, no sustituirlo sin ofrecerle alternativas reales. De lo contrario, el futuro del trabajo se construirá sobre una paradoja inquietante: máquinas cada vez más eficientes y sociedades cada vez más precarizadas.

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