México vive un momento que muchos economistas y analistas han definido como histórico. En 2024, la inversión extranjera directa (IED) creció alrededor de 12%, impulsada principalmente por el fenómeno del nearshoring: la relocalización de empresas que buscan acercar sus cadenas de suministro al mercado norteamericano. Estados como Nuevo León, Coahuila, Guanajuato, Querétaro, Chihuahua y Baja California han visto multiplicarse los parques industriales, las naves logísticas y los anuncios de nuevas plantas.
Sin embargo, debajo de ese optimismo se esconde un cuello de botella que amenaza con frenar —o al menos limitar— el impacto positivo del nearshoring: la infraestructura energética, particularmente la disponibilidad, confiabilidad y calidad del suministro eléctrico. No se trata solo de un problema técnico o empresarial. Es un desafío estructural que define si esta oportunidad histórica se traducirá en desarrollo regional auténtico o quedará reducida a islas de prosperidad rodeadas de comunidades que siguen sin servicios, sin empleos dignos y sin futuro.
Como insistió el papa Francisco, “el desarrollo no puede medirse solo por indicadores económicos, sino por su capacidad de integrar a las personas, cuidar la casa común y generar trabajo digno”. Esa mirada resulta especialmente pertinente para el México del nearshoring.
Atraer capital no basta
Durante décadas, México compitió por atraer inversión extranjera ofreciendo mano de obra relativamente barata, cercanía geográfica con Estados Unidos y una red de tratados comerciales. Hoy, el contexto global —tensiones geopolíticas, pandemia, guerra comercial— ha puesto al país en el centro del tablero. Empresas asiáticas, europeas y estadounidenses buscan instalarse en territorio mexicano.
Pero la experiencia internacional demuestra que atraer capital sin una visión de largo plazo suele producir desarrollo desigual. El crecimiento económico solo es legítimo si está al servicio de la persona humana, del bien común y de la sostenibilidad. No basta con generar PIB; se requiere empleo digno, comunidades fortalecidas y respeto por la creación.
En México, el nearshoring corre el riesgo de replicar errores del pasado: enclaves industriales modernos, altamente productivos, pero desconectados de su entorno social. Colonias sin transporte público, escuelas saturadas, clínicas insuficientes y redes eléctricas incapaces de sostener el crecimiento.
El déficit eléctrico: el freno silencioso del desarrollo
El principal cuello de botella es claro: la electricidad. Diversos organismos empresariales y especialistas han advertido que la red eléctrica mexicana opera en muchas regiones al límite de su capacidad. La Comisión Federal de Electricidad (Comisión Federal de Electricidad) enfrenta retos acumulados: infraestructura envejecida, falta de inversión suficiente en transmisión y distribución, y una creciente demanda industrial que no estaba prevista hace una década.
Un directivo de una empresa automotriz instalada en el Bajío lo resume así, bajo condición de anonimato: “Tenemos la nave, el capital y la gente, pero no podemos arrancar al 100% porque no hay garantía de suministro eléctrico estable. Cada paro por voltaje o microcortes cuesta millones”.
Este problema no solo afecta a las empresas. Cuando una subestación se satura para abastecer un parque industrial, las comunidades cercanas suelen ser las primeras en resentir apagones, variaciones de voltaje o retrasos en nuevas conexiones domiciliarias. El desarrollo industrial, paradójicamente, termina deteriorando la calidad de vida local.
Datos que preocupan
De acuerdo con cifras del INEGI, la demanda de energía eléctrica industrial ha crecido de forma sostenida en los últimos años, especialmente en los estados receptores de nearshoring. Sin embargo, la expansión de la infraestructura de transmisión no ha seguido el mismo ritmo.
Especialistas del sector energético advierten que construir una planta o una nave industrial puede tomar entre 12 y 24 meses, mientras que una nueva subestación o línea de transmisión puede tardar cinco a siete años, considerando permisos, derechos de paso y ejecución. El desfase es evidente.
Un investigador del Instituto de Investigaciones Eléctricas señala: “Estamos viviendo las consecuencias de decisiones postergadas. La electricidad no se improvisa. Si no se planifica hoy, el crecimiento de mañana se frena”.
Impacto comunitario: cuando el progreso no llega a casa
Para muchas familias que viven alrededor de los corredores industriales, el nearshoring es una promesa a medias. Rosa Martínez, vecina de una comunidad cercana a un parque industrial en Nuevo León, lo explica con sencillez: “Dicen que hay mucha inversión, pero aquí seguimos con apagones y el transporte es el mismo de hace diez años. Mi hijo trabaja en una maquila nueva, pero tarda casi dos horas en llegar”.
Este testimonio refleja una realidad frecuente: el empleo llega, pero sin condiciones integrales. Jornadas largas, traslados extenuantes y servicios públicos rezagados. Esto contradice el principio de la dignidad del trabajo, que no se reduce al salario, sino incluye condiciones humanas, familiares y comunitarias adecuadas.
La casa común también importa
El debate energético no puede separarse del cuidado ambiental. La urgencia por generar más electricidad no justifica soluciones que ignoren la sostenibilidad. Como recuerda Laudato Si’, no hay desarrollo auténtico si se sacrifica la casa común.
México tiene un enorme potencial en energías limpias —solar, eólica— que podría abastecer tanto a la industria como a las comunidades. Integrar al nearshoring una transición energética justa permitiría reducir emisiones, atraer inversión responsable y generar empleos verdes locales.
Un consultor en energía renovable apunta: “Las empresas globales ya no solo preguntan por costos, sino por huella de carbono. México puede ganar si alinea nearshoring con energía limpia”.
Prosperidad compartida: una visión integral
El gran reto es pasar del nearshoring como fenómeno inmobiliario-industrial al nearshoring como proyecto de nación. Eso implica:
- Inversión estratégica en infraestructura eléctrica y de transporte.
- Coordinación entre gobierno federal, estados y municipios.
- Participación del sector privado con visión social.
- Planeación territorial que incluya vivienda, escuelas, hospitales y espacios comunitarios.
Cada actor debe asumir su responsabilidad, sin dejar a nadie atrás. El desarrollo que se queda en las naves industriales es incompleto y frágil.
El nearshoring representa una oportunidad histórica para México, pero también una prueba moral y política. La pregunta de fondo no es cuántas naves se construyen, sino quiénes se benefician realmente. Si el crecimiento económico no se traduce en comunidades más fuertes, empleos dignos y servicios públicos de calidad, habremos desperdiciado una coyuntura irrepetible.
La prosperidad compartida exige mirar más allá de los indicadores macroeconómicos y apostar por un desarrollo integral, humano y sostenible. Solo así el nearshoring dejará de ser una promesa y se convertirá en un verdadero motor de bienestar para todos.
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