Tras los Arreglos de 1929, México no volvió a la guerra religiosa abierta, pero tampoco resolvió el conflicto de fondo. Inició una etapa ambigua conocida como modus vivendi: la Iglesia pudo existir de facto, pero siguió excluida de la ley. La Constitución de 1917 permaneció intacta; lo que cambió fue la aplicación. Esta “persecución silenciosa” marcó a generaciones enteras que aprendieron a vivir la fe con prudencia, negociación y autocensura.
El siglo XX mexicano fue, así, un largo aprendizaje práctico sin reconocimiento jurídico. Una convivencia incómoda que preparó —sin proponérselo— el terreno para la reforma de 1992.
Los años 30: radicalismo, Tabasco y la educación socialista
La década de 1930 mostró que la tregua era frágil. En Tabasco, el gobernador Tomás Garrido Canabal impulsó una política abiertamente antirreligiosa: templos cerrados o convertidos en escuelas, imágenes destruidas, sacerdotes expulsados. Las llamadas camisas rojas hostigaron a fieles y celebraciones. Garrido fue explícito: “Hay que arrancar la superstición desde la infancia”.
A nivel federal, la reforma de 1934 al artículo 3º instauró la educación socialista, excluyendo toda influencia religiosa y promoviendo una visión ideológica del mundo. En muchas comunidades rurales, catequesis y sacramentos se impartieron en secreto.
María Luisa, hoy de 92 años, recuerda su infancia en la Chontalpa: “Rezábamos con las ventanas cerradas. Mi mamá decía que creer no se grita; se cuida”. La frase resume una época.
1940–1970: distensión paulatina y nuevos equilibrios
Con Manuel Ávila Camacho —quien se declaró “creyente”— inició una descompresión. Sin tocar la Constitución, el Estado moderó la persecución y la Iglesia evitó la confrontación. Se reabrieron seminarios, se toleraron procesiones discretas y se consolidó una coexistencia pragmática.
El Concilio Vaticano II (1962–1965) marcó un giro decisivo. La Iglesia asumió un lenguaje de diálogo con el mundo moderno y con el Estado, promoviendo la dignidad humana, la libertad religiosa y la participación laical. En México, obispos y sacerdotes leyeron el Concilio como una invitación a tender puentes.
Aun así, la precariedad legal persistía: la Iglesia no podía poseer bienes, abrir escuelas formalmente ni defenderse en tribunales. Vivía tolerada, no reconocida.
1970–1980s: acercamientos y el parteaguas de 1979
Las décadas finales del siglo trajeron gestos simbólicos y políticos. El punto de inflexión fue la visita de Juan Pablo II en 1979. Millones salieron a las calles; el Estado permitió la visita sin reformar la ley. El contraste fue elocuente: una fe socialmente viva y jurídicamente inexistente.
El Papa fue claro en su mensaje: “La Iglesia no pide privilegios, sino libertad”. A partir de entonces, el diálogo se intensificó. Gobiernos y jerarquía entendieron que la normalización jurídica era inevitable.
Carlos, universitario en 1979, recuerda: “Fue la primera vez que sentí que creer no era clandestino”. Esa percepción social precedió a la reforma legal.
La paradoja del siglo XX: práctica flexible, ley rígida
Durante seis décadas, México vivió una paradoja: la vida religiosa floreció —parroquias, movimientos, obras sociales— mientras la Constitución seguía negando derechos. El arreglo funcionó por voluntad política, no por justicia jurídica. Desde la Doctrina Social de la Iglesia, se vulneraban principios básicos:
- Dignidad humana: al tratar la fe como sospechosa.
- Libertad religiosa: limitada a la tolerancia administrativa.
- Subsidiariedad: al impedir que la Iglesia desplegara plenamente su labor social.
La paz existió, pero era precaria.
La persecución silenciosa no fue ausencia de conflicto; fue su administración. Al final del siglo, la realidad social desbordó el marco legal. La visita de Juan Pablo II, el cambio cultural y la madurez política hicieron evidente que el país necesitaba reconocer jurídicamente lo que ya vivía en la práctica.
Así, sin estridencias pero con claridad histórica, el terreno quedó preparado para la reforma constitucional de 1992. La siguiente entrega abordará ese momento decisivo: cuando México, por fin, pasó de la tolerancia a la libertad religiosa reconocida.
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