El costo humano de la inflación

La inflación anual de 3.77% registrada al inicio de 2026 en México fue recibida, en términos macroeconómicos, como una señal de relativa estabilidad. Está dentro del rango objetivo del Banco de México y, en los comunicados oficiales, se presenta como un indicador de control. Sin embargo, detrás de la cifra agregada se esconde una realidad menos cómoda: la vida cotidiana se encareció en rubros que pesan más en los hogares de ingresos medios y bajos. No es lo mismo un promedio nacional que el precio del refresco, el cigarro, el transporte o el peaje que se paga cada semana para llegar al trabajo.

Este reportaje se propone ir más allá del dato, para observar cómo la inflación se vive, cómo se sostiene el consumo popular pese a tasas de interés altas y qué están haciendo las familias para cubrir educación y salud. El eje no es técnico: es humanista. La economía —como recuerda la Doctrina Social de la Iglesia— debe servir al hombre, no al revés.

El número y su contexto: qué dice (y qué no dice) el 3.77%

De acuerdo con el Índice Nacional de Precios al Consumidor (INPC) que publica el INEGI, la inflación anual de enero de 2026 se ubicó en 3.77%, por debajo de los picos observados entre 2022 y 2024. En el comparativo enero 2025 vs. enero 2026, el índice muestra una desaceleración general, pero no homogénea.

Economistas advierten que el promedio esconde dispersiones: hay bienes con aumentos muy por encima del índice y otros con variaciones marginales. “La inflación promedio baja, pero la inflación que enfrenta una familia depende de su patrón de consumo”, explican analistas del mercado interno. En hogares populares, alimentos procesados, bebidas y transporte pesan más que servicios financieros o tecnológicos, que tienden a estabilizarse antes.

Desglose sensible: refrescos, cigarros y el efecto dominó

Dos productos ilustran bien el fenómeno: refrescos y cigarros. Ambos han tenido incrementos asociados no solo a costos de insumos, sino a ajustes fiscales y estrategias de precio. Aunque no forman parte estricta de la canasta básica, su consumo es frecuente y su encarecimiento tiene un impacto colateral: presiona el gasto semanal y desplaza recursos que antes se destinaban a alimentos frescos.

El resultado es un efecto dominó: cuando suben los productos de consumo cotidiano, se reacomoda el presupuesto. Se compra menos proteína, se alargan trayectos para encontrar precios más bajos o se difieren gastos de salud preventiva. “No dejamos de comprar comida, dejamos de comprar calidad”, resume Laura Martínez, madre de dos hijos y empleada de comercio en el Estado de México. “Antes llevaba fruta y yogurt; ahora rinde más el refresco grande para la semana”.

Peajes y movilidad: el impuesto invisible al trabajo

A este escenario se suma el ajuste anual de peajes en las principales autopistas del país. Para millones de trabajadores que se desplazan entre municipios o zonas metropolitanas, el peaje es un costo laboral no reconocido. El aumento acumulado en 2026 encarece el traslado y reduce el ingreso disponible sin que el salario se ajuste con la misma rapidez.

“Trabajo en logística; si evito la autopista, pierdo dos horas. Si la uso, pago más”, explica José Luis, operador en Querétaro. “Al final, la inflación se cobra en tiempo o en dinero”. Este fenómeno impacta directamente en la productividad y en la vida familiar, un punto clave para la prioridad del trabajo sobre el capital: cuando el traslado consume recursos y energía, la persona paga el costo del sistema.

Inflación inercial: por qué el consumo popular no se enfría

Un elemento central del análisis 2026 es la inflación inercial: aun con tasas de interés elevadas, el consumo en sectores populares no se enfría. ¿Por qué?

  1. Necesidad: gran parte del gasto es incomprimible (alimentos, transporte, energía).
  2. Liquidez externa: las remesas siguen sosteniendo el consumo en numerosas regiones. México continúa entre los principales receptores mundiales, y esos recursos amortiguan el impacto de precios más altos.
  3. Economía informal: ingresos no bancarizados no responden igual a la política monetaria.

Especialistas del sector financiero coinciden en que las tasas enfrían el crédito formal, pero no el gasto esencial. En comunidades con fuerte recepción de remesas, el consumo se mantiene, aunque con sacrificios en ahorro y salud. La estabilidad macro, sin políticas micro, no llega a la mesa.

Educación y salud: decisiones difíciles en hogares reales

El eje humanista se vuelve evidente cuando se observan las decisiones familiares. Colegiaturas, útiles, transporte escolar y consultas médicas suben por encima del promedio. Muchas familias optan por escuelas públicas saturadas, consultas postergadas o medicamentos genéricos cuando no hay abasto.

María Elena, trabajadora doméstica en Guadalajara, lo describe así: “Mi hijo necesita lentes nuevos. Esperamos. Primero la comida y el camión”. Esta jerarquía forzada contradice el destino universal de los bienes: cuando el acceso a salud y educación se vuelve un lujo, la economía falla a su fin social.

Subsidiariedad y solidaridad: respuestas desde abajo

Frente al encarecimiento, emergen respuestas comunitarias: compras colectivas, redes de cuidado, trueques locales y apoyo intergeneracional. Son expresiones de subsidiariedad —lo que la comunidad puede resolver sin esperar al Estado— y de solidaridad —nadie queda solo cuando el costo aprieta.

Parroquias, cooperativas y organizaciones civiles han reforzado comedores, bancos de medicamentos y tutorías. Estas iniciativas no sustituyen a la política pública, pero contienen el daño. La persona es el centro y que el Estado debe apoyar, no absorber, lo que la sociedad puede hacer, sin desentenderse de su responsabilidad.

Legalidad y política pública: lo que falta para que la cifra sirva

La inflación controlada no basta si no se acompaña de:

  • Política salarial responsable, alineada a productividad y costo de vida.
  • Transparencia en ajustes (peajes, impuestos indirectos).
  • Acceso efectivo a salud y educación, para evitar que el gasto privado sustituya derechos.
  • Incentivos a movilidad y vivienda cercanas al empleo.

La legalidad importa: reglas claras reducen costos ocultos. La economía mexicana necesita que la estabilidad macro se traduzca en bienestar micro.

El 3.77% no es una mentira, pero tampoco es la verdad completa. La inflación de 2026 muestra una paradoja: mejores cifras, mayor presión cotidiana. Refrescos, cigarros, peajes y servicios educativos pesan más que el promedio; las remesas sostienen el consumo; la salud y la educación se postergan.
Desde una mirada humanista, la respuesta exige subsidiariedad y solidaridad, con políticas públicas que prioricen el trabajo, respeten la legalidad y garanticen el destino universal de los bienes. La economía debe volver a su sentido: servir a la persona.

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