De julio a diciembre de 2025, el Jubileo entró en su fase más exigente. Si los primeros meses habían puesto en el centro a profesiones y vocaciones específicas, la segunda mitad del Año Santo confrontó a la Iglesia —y a la sociedad— con dos realidades decisivas para el presente y el futuro: los jóvenes y los pobres.
No se trató de eventos masivos para la foto. Fueron encuentros incómodos, intensos, profundamente humanos, donde la lógica jubilar se volvió concreta: escuchar a quienes suelen ser ignorados y confiar responsabilidades reales a quienes aún no tienen poder.
Esta quinta entrega recorre los jubileos temáticos celebrados entre julio y diciembre de 2025, con especial énfasis en el Jubileo de la Juventud y el Jubileo de los Pobres, integrando testimonios directos que muestran cómo el Jubileo dejó de ser una idea abstracta para convertirse en experiencia transformadora.
Jubileo de la Juventud: una generación que no quiere heredarlo todo roto
El Jubileo de la Juventud, celebrado a finales de julio de 2025, fue uno de los eventos más multitudinarios y simbólicos del Año Santo. Decenas de miles de jóvenes provenientes de todos los continentes llegaron a Roma con mochilas ligeras, teléfonos en mano y preguntas profundas.
A diferencia de encuentros juveniles anteriores, el tono fue deliberadamente distinto: menos espectáculo, más escucha; menos consignas, más preguntas.
En su mensaje central, el papa León habló sin condescendencia: “No están aquí para heredar un museo ni para repetir fórmulas. Están aquí para preguntarse qué mundo quieren construir”.
Diego llegó desde Monterrey con un grupo universitario. Estudia ingeniería y confiesa que había tomado distancia de la Iglesia. “Yo vine porque un amigo insistió. No esperaba sentirme interpelado”. Durante una jornada de diálogo con obispos y laicos, Diego tomó el micrófono: “¿Por qué la Iglesia habla de esperanza si muchos jóvenes no vemos futuro laboral, ni acceso a vivienda, ni estabilidad?”.
La pregunta no fue censurada. Fue respondida con silencio primero, y luego con testimonios de otros jóvenes de África y América Latina. “Entendí que mi frustración no es individual. Y que la fe no es resignarse, sino organizarse”, explicó después. Para Diego, el Jubileo no resolvió sus problemas, pero le devolvió la voz.
Jubileo de los Catequistas: educar la fe en tiempos de incredulidad
En septiembre de 2025 se celebró el Jubileo de los Catequistas, un evento menos visible mediáticamente, pero crucial para la vida cotidiana de la Iglesia.
Catequistas —en su mayoría mujeres— compartieron experiencias de desgaste, falta de reconocimiento y enormes desafíos para transmitir la fe a nuevas generaciones.
Una catequista mexicana de 41 años resumió así el sentir general: “No competimos con Netflix, competimos con el cansancio y la desconfianza”.
El Jubileo reconoció públicamente su papel como educadores de conciencia, no solo como transmisores de contenidos doctrinales.
Jubileo de los Presos: la esperanza tras los muros
En octubre de 2025 tuvo lugar uno de los jubileos más radicales: el Jubileo de los Presos. Delegaciones de personas privadas de la libertad participaron a través de encuentros locales, transmisiones y celebraciones penitenciarias, especialmente en Europa y América Latina.
El mensaje fue claro: la dignidad no se cancela con una sentencia. Un interno de una prisión italiana, cuya carta fue leída durante la celebración central, escribió: “Aquí adentro el tiempo no avanza. El Jubileo me recordó que mi historia no terminó el día que entré”.
Este jubileo reforzó la dimensión más contracultural del Año Santo: la posibilidad real de redención, incluso cuando la sociedad prefiere el descarte.
Jubileo de los Pobres: cuando el centro se desplaza
El Jubileo de los Pobres, celebrado en noviembre de 2025, fue quizá el más incómodo y, al mismo tiempo, el más fiel al espíritu bíblico del jubileo.
A diferencia de otros encuentros, aquí no hubo grandes auditorios. Hubo comedores comunitarios, albergues, hospitales y plazas. La Iglesia no convocó a los pobres para hablarles, sino para sentarse con ellos.
Francisco lo expresó antes de fallecer con claridad: “El Jubileo fracasa si los pobres siguen siendo espectadores”.
Rosa vive en la periferia de Roma desde hace cinco años. Perdió su empleo y su vivienda tras una separación. “Yo no vine al Jubileo. El Jubileo vino a donde yo estoy”.
Durante una comida comunitaria organizada por parroquias locales, Rosa compartió mesa con voluntarios y peregrinos. “No me dieron un discurso. Me preguntaron mi nombre”. Para ella, ese gesto fue más poderoso que cualquier ayuda material inmediata.
Jubileo de los Enfermos y del Mundo del Dolor
En diciembre de 2025, el Año Santo se acercó a su tramo final con el Jubileo de los Enfermos, celebrado en hospitales, casas de retiro y comunidades de cuidado.
Lejos de idealizar el sufrimiento, el mensaje fue reconocer la vulnerabilidad como parte constitutiva de la condición humana.
Un joven de 19 años con una enfermedad crónica, entrevistado por medios católicos, lo expresó así: “Aquí no me dijeron que todo pasa. Me dijeron que mi vida sigue teniendo valor”.
El hilo conductor del segundo semestre: dignidad sin condiciones
Aunque los jubileos de julio a diciembre abordaron realidades diversas, compartieron un mismo núcleo: la dignidad humana no depende de edad, productividad ni estatus social.
Los jóvenes no fueron tratados como “futuro”, sino como presente.
Los pobres no fueron objeto de caridad, sino sujetos de encuentro.
Los presos y enfermos no fueron ocultados, sino colocados en el centro.
Este enfoque conectó profundamente con los valores de la Doctrina Social de la Iglesia y con una sensibilidad cada vez más presente entre jóvenes mexicanos: justicia, inclusión real y coherencia ética.
El segundo semestre del Jubileo 2025 mostró que la esperanza no se proclama desde lejos. Se construye acercándose. Escuchando a quienes no suelen tener micrófono. Cediendo el centro.
Para muchos jóvenes, pobres, presos y enfermos, el Jubileo no fue un evento histórico, sino un momento de reconocimiento. Para la Iglesia, fue una prueba de coherencia.
Y para la sociedad en su conjunto, una pregunta incómoda que sigue abierta:
¿Qué pasaría si el perdón, la dignidad y el recomienzo dejaran de ser excepcionales?
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