En un país donde la participación ciudadana suele reducirse a las urnas y donde la confianza en las instituciones sigue en niveles bajos, surge la pregunta central: ¿estamos educando para la vida democrática y el bien común? El desafío de México no solo está en mejorar indicadores académicos, sino en construir una educación integral que forme ciudadanos comprometidos, éticos y responsables.
La persona humana es fundamento y fin de la sociedad. Desde esta perspectiva, la educación no puede limitarse a transmitir conocimientos técnicos, sino que debe formar en valores, en la dignidad de la persona y en la corresponsabilidad hacia los demás.
El déficit de ciudadanía en México
De acuerdo con el Instituto Nacional Electoral (INE), la participación promedio en elecciones federales en México se ubica entre el 60 y 65% del padrón, pero la participación ciudadana más allá de lo electoral es mucho menor. Según la Encuesta Nacional sobre Cultura Cívica (ENCUCI 2020), apenas 24% de los mexicanos confía en sus vecinos para resolver problemas comunes y solo 16% participa en organizaciones civiles o comunitarias.
“Tenemos un déficit de ciudadanía activa. El mexicano promedio se percibe como ajeno a lo público, aunque le afecte directamente”, explica Marco Antonio Baños, exconsejero del INE, en un foro sobre educación cívica.
Esta desconfianza tiene raíces históricas en gobiernos autoritarios y en prácticas de corrupción, pero también refleja una carencia en la formación escolar: niños y jóvenes que pasan años en las aulas sin ejercitar la participación, el debate, el respeto a la diversidad y la construcción colectiva de soluciones.
Educación cívica: entre la teoría y la práctica
El currículo oficial de la Secretaría de Educación Pública (SEP) dice educar en civismo y ética en primaria y secundaria, sin embargo, diversos estudios apuntan a que su impacto es si acaso limitado y en general nulo. Según UNICEF, la enseñanza suele centrarse en contenidos teóricos —artículos de la Constitución, derechos humanos básicos— pero carece de dinámicas prácticas que involucren a los estudiantes en experiencias comunitarias.
En contraste, países que han logrado mayores índices de participación ciudadana, como Canadá o Finlandia, han apostado por proyectos escolares vinculados con la comunidad: reciclaje, voluntariado, cuidado de espacios públicos o acompañamiento a adultos mayores. La UNESCO subraya que “la ciudadanía global se aprende haciendo, no solo leyendo”.
Un ejemplo mexicano lo ofrece la Escuela Secundaria Técnica 120 en Tlaxcala, donde estudiantes organizaron brigadas para mejorar la limpieza de su comunidad y campañas contra la violencia escolar. “Antes pensaba que la escuela era solo estudiar para sacar buenas notas, pero entendí que también es ayudar a mi colonia a ser mejor”, comenta Andrea, estudiante de tercer grado.
Valores humanistas
Al poner a la persona, al estudiante al centro de todo, tenemos que reflexionar en tres principios clave para repensar la educación ciudadana en México:
- Dignidad de la persona: todo ciudadano tiene un valor intrínseco y merece respeto. La educación debe reforzar la idea de que nadie está por encima de otro y que la vida comunitaria requiere reconocer esa dignidad.
- Solidaridad: la corresponsabilidad implica que no basta con preocuparse por uno mismo. Como recuerda el Papa Francisco, “nadie se salva solo, solo es posible salvarse juntos”.
- Subsidiariedad: cada nivel de la sociedad tiene un papel, y la autoridad debe apoyar sin sustituir la iniciativa de la persona y la comunidad. En educación, esto se traduce en empoderar a los jóvenes para ser protagonistas de soluciones locales.
El académico Jorge Traslosheros, experto en historia de la Iglesia, afirma que “la educación ciudadana no puede estar desligada de la ética. Si educamos solo para competir, pero no para cooperar, estamos incubando una sociedad frágil e injusta”.
Más allá de la teoría, hay experiencias que muestran que la ciudadanía activa es posible.
- Mariana, 22 años, estudiante universitaria en Oaxaca, relata: “Cuando participé en un proyecto de alfabetización en comunidades rurales entendí lo que significa servir. No solo enseñaba a leer, también aprendí lo que significa vivir con dignidad aunque haya carencias materiales”.
- José Luis, 45 años, padre de familia en Monterrey, destaca el impacto en sus hijos: “La escuela de mis hijos organiza cada año actividades de voluntariado en hospitales. Ellos regresan con otra visión, valoran más lo que tienen y se hacen más sensibles a la necesidad de los demás”.
Estos testimonios muestran cómo la educación en valores puede transformar actitudes y abrir caminos hacia una participación más comprometida con la sociedad.
Retos y propuestas
El gran reto de México es pasar de la educación cívica formal a una educación para la ciudadanía activa. Expertos consultados proponen tres líneas de acción:
- Proyectos comunitarios obligatorios en todas las escuelas, desde primaria hasta universidad, vinculados al cuidado del entorno, la ayuda mutua y el servicio social.
- Capacitación docente en ciudadanía y valores. No basta con que el maestro transmita conceptos; debe inspirar con el ejemplo y abrir espacios de diálogo.
- Alianzas entre escuelas, sociedad civil y sector privado para financiar y fortalecer proyectos de impacto social en los que participen niños y jóvenes.
La UNESCO advierte que los desafíos globales —cambio climático, migración, desigualdad— requieren ciudadanos capaces de pensar globalmente y actuar localmente. México no puede quedarse atrás.
Educar para la esperanza
México necesita ciudadanos capaces de pensar en el bien común y no solo en el interés personal. La educación integral, apoyada en valores y principios éticos, es la base para construir esa ciudadanía.
Como señala el Papa Francisco en Fratelli Tutti: “La educación es un acto de amor que ilumina el camino hacia la fraternidad universal”.
En un país donde la apatía amenaza la vida democrática, educar en valores, dignidad y participación no es un lujo: es una urgencia. La escuela, la familia y la comunidad tienen en sus manos la oportunidad de sembrar esperanza. Porque un México con ciudadanos activos es un México con futuro.
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