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A 25 años del muro

Entre 80 y 150 millones de personas fueron asesinadas en el siglo XX a manos de regímenes comunistas. Importante, que los jóvenes recuerden esta fecha.

Es una fría mañana, pero usted siente que el calor recorre cada centímetro de su cuerpo mientras se acerca a la frontera. Hacia atrás está una vida de pobreza y represión; hacia adelante la libertad con la que ha soñado desde hace años; en medio, la interminable barrera, las torres de vigilancia, los soldados listos para disparar.


Hace 25 años se tiro el muro de Berlín


Si lo atrapan, lo matarán o, peor aún, lo someterán a las más crueles torturas, pero el riesgo vale la pena. Redobla el paso, levanta el rostro con aire desafiante, aleja de su mente los temores y observa. Encuentra el espacio que, sólo tal vez, podría servirle para escapar.

La decisión toma segundos y, una vez convencido, la adrenalina inunda su cuerpo y lo empuja para adelante; ya no camina, corre; ya no ve a los guardias, sólo a la barrera, cada vez más cercana, cada vez más peligrosa. Salta, escucha el sonido del disparo, pero sigue adelante, un disparo más, un nuevo esfuerzo y después la felicidad. Está del otro lado del muro. La prisión del Berlín oriental se va perdiendo en el horizonte mientras corre y grita de alegría, saboreando el dulce calor de la libertad.

Muchos otros se quedaron en el intento; a lo largo de casi tres décadas miles trataron, cientos fracasaron y millones más esperaron más allá de toda esperanza el fin de su cautiverio en manos de la dictadura del Partido Comunista, hasta que, en el otoño de 1989, la historia cambió para siempre.

Este 9 de noviembre se cumplen 25 años desde aquella maravillosa noche cuando, desafiando el manto de terror, vigilancia y violencia, que desde las postrimerías de la Segunda Guerra Mundial impuso la URSS sobre los habitantes de Alemania oriental, miles de jóvenes se lanzaron a las calles para escalar y demoler el monumento por excelencia del imperialismo soviético en Europa: el Muro de Berlín.

A lo largo de su libro “El Telón de Acero” la periodista Anne Applebaum describe cómo, aprovechando la desintegración social que provocó la Segunda Guerra Mundial y a través del terror generalizado en los territorios que “liberaron”, las tropas soviéticas (la marabunta de burócratas que llegó tras ellas) inundaron Europa oriental; destruyeron por principio de cuentas a los movimientos de resistencia que se habían enfrentado al nazismo y eliminaron o pervirtieron cualquier resquicio de la “sociedad civil” para, en apenas una década, consolidar un bloque multinacional alineado teóricamente alrededor del Pacto de Varsovia y controlado, en los hechos, por los altos mandos del Partido Comunista en Moscú.

Aún a pesar del peso de la opresión soviética, las naciones del oriente de Europa intentaron reaccionar: Polonia y especialmente Hungría en 1956, Checoslovaquia en 1968. En todos los casos la respuesta de la URSS fue similar: más tanques, más asesinatos y más terror para que el “pueblo” aceptara vivir bajo la utopía del socialismo. Sin embargo, de entre todos los actos de represión que marcaron estas décadas, el más simbólico por su implacable fuerza visual fue el Muro de Berlín, construido a principios de los 60’s para evitar que los habitantes de la Alemania comunista siguieran escapando –como lo hicieron por millones entre 1945 y 1961– a la libertad de la Alemania capitalista.

Con el paso de los años y partiendo ambas de las ruinas en 1945, la diferencia del nivel de vida entre ambas mitades del país y de la ciudad se volvió más clara y, al mismo tiempo, el muro hizo más sofisticado: toda una red de 156 kilómetros de soldados, alambre de púas, perros entrenados, barreras y minas, todos con un sólo propósito: mantener a los alemanes del este presos en la utópica jaula que sus amos socialistas habían diseñado para ellos.

A finales de los 80 la situación ya era insostenible, no sólo en Alemania, sino en todas las colonias de la URSS en Europa: el ejemplo de Solidarnosc en Polonia era tan inspirador y la abrumadora superioridad del capitalismo como sistema económico era tan clara, que ni siquiera los elaborados esquemas de control político soviético lograron mantener el orden, aunque, incluso entonces, analistas y ciudadanos por igual pensaban que pasarían muchas décadas antes de que las cosas realmente cambiaran.

Sin embargo, como ha ocurrido tantas otras veces a lo largo de la historia, el poder de las personas rebasa a la arrogancia de los planificadores: aprovechando un mal entendido en la transmisión de una conferencia de prensa, decenas de miles de berlineses se volcaron al muro para exigir su derecho de salida y, ante la demoledora presión popular, el gobierno comunista se vio obligado a reabrir las fronteras. Así, en la mañana del 10 noviembre de 1989, amaneció para Alemania y para el mundo entero, una nueva época en la historia.

Cae el comunismo, pero persiste la amenaza totalitaria

Condenado por los hechos y por la voluntad de sus millones de víctimas, el bloque socialista se desmoronó apenas dos años después. Sin embargo, la amenaza no desapareció por completo, simplemente cambió de forma. Incluso entonces, Ivan Frolov, uno de los principales consejeros del último líder soviético, Mikhail Gorbachev, escribió que era necesaria “la transición hacia una condición cualitativamente nueva, hacia un socialismo renovado y humano”. Es decir, la bestia no había muerto, estaba lista para cambiar de disfraz.

Así lo hemos comprobado en los últimos 25 años. Las doctrinas comunistas están activas, de forma burda en los delirios del socialismo sudamericano y de manera más sutil detrás de muchos de los movimientos ecologistas, feministas, pro LGBT, animalistas, pacifistas y anti-imperialistas, que abrevan de lo que conocemos como “marxismo cultural” y que con creciente cinismo reivindican al comunismo soviético (a pesar de que éste fue un desastre para el ambiente, esclavizó a las mujeres, despreció los derechos de los homosexuales, hizo de todo con los animales, se especializó en la guerra y desarrolló el más despiadado imperialismo de la era moderna).

Mantener la memoria histórica, no olvidar

Ha pasado un cuarto de siglo desde la caída del muro, pero ese lapso pareciera una eternidad, en especial para las nuevas generaciones: quienes hoy tienen menos de 30 años y crecieron sin la sombra del expansionismo comunista y sus aterradoras consecuencias. Por eso es tan importante no sólo conmemorar la fecha, sino además aprovecharla para informar a los jóvenes –y recordarle a los olvidadizos– acerca de la monumental tragedia que representó la Unión Soviética para decenas de naciones y millones de personas, que nacieron y murieron cual esclavos bajo su inmisericorde dominio.

Entre 80 y 150 millones de personas fueron asesinadas durante el siglo XX a manos de los regímenes comunistas, su fracaso se exhibió y es aún visible en la comparación entre países como Alemania o Corea, donde personas con el mismo andamiaje cultural y costumbres semejantes se diferenciaron sólo por el sistema económico. Y el capitalismo ganó de calle. Ningún país socialista logró el paraíso prometido.

La pregunta es, entonces ¿por qué el socialismo sigue siendo tan atractivo para tantas personas? ¿Por qué la humanidad no aprende? La respuesta es tan sencilla como perturbadora: En el fondo no se trata de la justicia social, ni siquiera de la revancha, eso es incidental; lo que realmente mueve al socialismo es la tentación del control, traducido en la planeación central. Se trata de construir una utopía bajo la creencia de que el líder (el comité, la vanguardia revolucionaria o como quieran decirle) tiene el diseño de la sociedad perfecta y, por lo tanto, todas las demás personas deben someterse ante él.

No es coincidencia el que “los rojos” se refieran a la sociedad como las “masas”, pues del mismo modo en que un panadero horneará la masa de trigo, los socialistas están dispuestos a poner a las personas al fuego con tal de darle forma a su sueño. Por eso la utopía socialista siempre requiere del terror, lo mismo en la Francia de Robespierre que en la Rusia de Stalin, la China de Mao o la Cuba de Castro y el Ché, pues, en su mentalidad, la virtud –o sea, ellos mismos– sin “terror” es impotente. En pocas palabras: Colando las palabrejas y la demagogia, el socialismo es simple soberbia y ésa es muy peligrosa.

Durante décadas lo comprobaron países enteros, a golpe de purgas, hambrunas y pobreza generalizada, a pesar de los gigantescos planes elaborados por los sabios de Moscú, pues, sin importar qué tan inteligente sea un burócrata o qué tan grande sea una institución, nunca podrá decidir mejor que la suma de las elecciones libres de cada individuo en colaboración voluntaria con los demás. En eso consiste el capitalismo de libre mercado, en que cada persona decida por sí misma. Por eso funciona.

Hace 25 años la soberbia soviética fue derrotada desde adentro por los propios súbditos a los que consideraban simples “masas”, que desafiaron a la muerte misma para alcanzar la libertad y, en sus propias palabras, como las imprimió la prensa de 1989: “¡Es fantástica!” “¡Es increíble!” “La octava maravilla del mundo.” Más nos vale no olvidarlo.

Por cierto…

Los imbéciles –es la palabra más educada para definirlos– que intentaron incendiar la puerta de Palacio Nacional son una clara muestra de que el manejo del movimiento de “solidaridad” con Ayotzinapa no es acerca de los normalistas, que son sólo el pretexto. De lo que se trata es de hacer desmadre y generar inestabilidad, para que los líderes de la izquierda pesquen en el río revuelto que sus propios criminales provocaron.

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