El colapso de Darwin

En 1925 en el estado de Tenesee, EU, se juzgó al profesor de preparatoria, John Scopes, por impartir la enseñanza darwinista del origen del ser humano a partir de los simios, bajo una ley fundamentalista que prohibía hacerlo. En 1960 se filmó la primera película sobre este caso y en ella y en las que le siguieron, se hace destacar un colapso de la enseñanza de las Escrituras.

El título del film Inherit the wind se refiere a la imagen que aparece en la traducción bíblica inglesa (King James version) de Proverbios 11-29 en que se habla de los sembradores de viento, o sea, los cosechadores de tempestades.

Los “sembradores de viento” son aquí los fanáticos fundamentalistas, intolerantes en absoluto con las teorías del sabio inglés.

Sin embargo, curiosamente, a partir de 1959, cuando la Universidad de Chicago lanza una convocatoria para celebrar el centenario de la aparición de El origen de las especies, fue cuando empezó a verse que muchos biólogos no estaban de acuerdo con la exposición de las explicaciones y conclusiones de Charles Darwin.

En otro filme, la segunda versión de King Kong en 1976 –con la variante de que el gigantesco simio no es derribado ya desde lo alto del edificio Empire State, como en la primera de 1933, sino desde el penthouse de una de las torres gemelas del Rockefeller Center–, he visto simbolizados, tanto en el derrumbamiento del simio monstruoso, como en la destrucción más de 20 años después de las magníficas torres (orgullo a la vez de una gran ciudad y una gran nación), el colapso del mono como origen del hombre y de toda la portentosa teoría evolucionista.

¡Tan dramáticos así han sido los descubrimientos que han echado por tierra teorías que han parecido inamovibles, mostradas como verdad científica en todos los museos de paleobiología del mundo y en todos los textos de biología en muchos idiomas y en las revistas más prestigiadas, aparecidas durante más de un siglo con ilustraciones espectaculares!

Hay muchos que todavía no pueden creerlo y los biólogos viejos, fósiles algunos del pensamiento científico, prefieren morir antes que reconocer el fracaso de tan idolatrada teoría, ídolo al que han ensalzado como a un Molok o a un Baal.

Muchos católicos desinformados aún defienden teologías como la de Teilhard de Chardin, que hace algunas décadas quisieron hacer de Cristo “el eje y flecha de la evolución”, sintiendo ya colapsadas las enseñanzas bíblicas, tan ridiculizadas en Inherit the wind.

Hay a la vez muchos que han quedado todavía asidos de su cola a las ramas del viejo árbol cual monos araña, y continúan dando explicaciones evolucionistas para todos los huesos de monos no identificados que se descubren, tildándolos de humanoides en proceso evolutivo.

Pero como lo ha sustentado el ilustre médico y paleontólogo, Raúl O. Leguizamón: “En tanto no se descubra –y nunca se descubrirá– el procedimiento genético que explique mutaciones que incrementen o favorezcan la condición de una especie, toda lucubración evolutiva carece absolutamente de valor científico”.

Los avances genéticos y embriológicos actuales, gracias a los descubrimientos innovadores de la biología molecular, han dejado a la teoría evolutiva en un rincón sin salida.

Las explicaciones de Stephen Jay Gould sobre dinosaurios convirtiéndose en pájaros, o las lucubraciones de Richard Goldsmith sobre una evolución a partir de mutaciones reales con genes dañados que él llamara “monstruos esperanzadores”, ya no pueden tomarse en serio.

Y qué bien, porque cuando miramos al hombre a través de los ojos de Leonardo en su dibujo paramétrico en que está encerrado en un círculo, aparece como la medida de la belleza y la grandeza, al igual que a través de los coros de la Novena Sinfonía de Beethoven, de los poemas de Dante o Tasso o en las pinturas de Rembrandt o Rubens. En ellas sentimos el orgullo de ser criaturas de Dios, evocadoras de la frase de Protágoras: “el hombre es medida de todas las cosas”.

Que al escuchar rock pesado, o al ver las pinturas de Miró, Kandinsky, Cuevas o Soriano, o leer los escritos de Joyce, Aridjis o Sabines, allí claramente aparece el mono como medida de todas las cosas… el mono como la medida del hombre por lo menos...

Al restaurar la ciencia a la imagen del hombre, nos hace ver que no somos herederos del viento, sino de Dios, desde luego, en tanto nos esforcemos por ser humanos y no bestias.

 
albertosaenz84@hotmail.com

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