México, entre la transición y la regresión

La bomba que explotó en la ciudad de México obliga a hacer una revisión de la situación y, en esta ocasión, dentro de un marco generalizado ya que el sistema político mexicano tiene todavía una realidad que resulta preocupante: se identifica la insistencia de grupos, partidos y sociedad civil, convencidos de que la transición que se pretendió iniciar en el año 2000 debe continuar y dar los pasos para consolidar la democracia.

El respeto al concepto del Estado de Derecho es, en la Modernidad, la base para que los países soporten las adversidades y éxitos acumulados; se debe reconocer que la sociedad es mayoritariamente plural.

Para entender y gobernar a una sociedad se requiere generalizar una cultura de respeto al Derecho, para así, potenciar las formas de regulación en la medida que se hable de grupos humanos con valores humanos, históricos y trascendentes.

En el escenario político de la transición mexicana, partidos, grupos y actores políticos parecen olvidar que la razón última de hacer política es conseguir el bien de la comunidad, cuya pluralidad se resuelve mediante el respeto del Derecho, y que mantiene su vinculación con los partidos, que son los “hilos conductores” a través de los que la sociedad se conecta con sus interlocutores válidos en los órganos de representación gubernamental.

Con la manipulación de los resultados electorales, por ejemplo, la sociedad queda ajena a la participación y a su educación en los valores cívicos, éticos y políticos, que son la médula de la naturaleza del ciudadano.

La sociedad mexicana es poco instruida en los mecanismos de la política y en el significado de ésta, así como en los en los requisitos y características del acto político; sólo percibe una pugna interna en los partidos, las ceremonias violentas como las que ocurrieron a finales de 2006 en la calificación del gobierno electo de Calderón y en el último informe de Fox; son los disturbios y botellazos los que hacen a la sociedad totalmente ajena de la acción de participación política.

Las elecciones que se llevaron a cabo en Hidalgo, el 17 de febrero, registran un 35 por ciento de participación ciudadana, contra un 65 por ciento de abstencionismo. Esto obliga a apreciar el deterioro, frente a la sociedad civil, del modelo de partidos y de instancias de gobierno.
 
La transición que la sociedad buscó desde 2002 está paralizada, no acaba de avanzar, pero tampoco retrocede. El hecho de que la sociedad mexicana ratificó al PAN, refleja el interés de un sector social en la elección democrática. A pesar de ello, se apreció una división del país, porque una parte entendió que la solución a los problemas no es mágica, sino que requiere de tiempo y planes específicos para empezar a generar los cambios necesarios para beneficiar a 40 millones de compatriotas que viven en la pobreza y la miseria.

En la elección de 2006 se registró una votación, separada apenas por medio punto entre los competidores, al tiempo que millones de mexicanos se apostaron por el “inmediatismo”, apoyando una campaña maximalista que ofreció, de manera irresponsable, soluciones que, revisadas desde el punto de vista técnico, resultaron inaplicables al orden práctico de la realidad. En 2006, la mitad de la sociedad se apostó, a pesar de los problemas, con la transición, y la otra mitad decidió mandar al diablo a las Instituciones para plantear como solución la nueva aventura de una revolución.

En el año y 2 meses de la administración de Calderón, se percibe un realismo conservador que tiene sus bemoles porque, lo importante de alcanzar acuerdos y avances –que no se tuvieron durante el gobierno de Vicente Fox–, radica en su contenido y en los alcances.

Dieter Nohlen señala que el gran problema de la visión del pensamiento lineal es ignorar el entorno y negarse a reconocer que entre todos conformamos una realidad de tipo político nacional que busca, o debería buscar, como propósito resolver los problemas de nuestros compatriotas. Los conflictos que tenemos en nuestro sistema se generan cuando alguno de los actores se olvida del propósito original, y lo sustituye por la de acumulación de poder para desplazar a los otros.

La Cámara de Diputados tiene como responsabilidad la elaboración de las leyes que rigen a nuestro país. Es un foro en donde se expresan las ideas políticas que dividen a los mexicanos en opciones diversas, pero legítimas, en la búsqueda de una solución de fondo para toda la sociedad; pero, finalmente, el propósito de los que se reúnen es llegar a acuerdos para beneficiar a México, cosa que no se está haciendo.

Actualmente se privilegia el acuerdo, pero no el contenido; acuerdos como el desmantelamiento del IFE a pesar del esfuerzo para “divorciarlo” de los partidos. Ahora son los partidos los que manipulan las nominaciones de los dirigentes del IFE, por lo que el desempeño de sus integrantes se verá obligado a satisfacer los intereses de los partidos, dejando de lado al ciudadano medio.

El Realismo conservador del presidente permite que le arrebaten en porciones pequeñas los espacios de poder y, aunque no favorece al poder Legislativo, deteriora al poder Ejecutivo. Nuestro país es presidencial, así lo marca la Constitución, y el Estado de Derecho obliga –aunque lo saben los diputados, no les importa– a respetar la voluntad del pueblo, en este caso a Felipe Calderón como Jefe de Gobierno y Estado. Mientras la Constitución no cambie, se tiene que respetar.

México presenta un cuadro inquietante porque no se respeta el marco constitucional; la partidocracia rompe con varios de los principios de gobernabilidad que son fundamentales, y crece en su expresión la amenaza de los hechos violentos. El artefacto detonado en la ciudad de México corrobora que en nuestro país existen personas que creen que la violencia es el único medio para remediar sus problemas, en lugar de considerar el Derecho como fórmula para atender cualquier reclamo.

Nos encontramos ante una situación crítica en la política, y habría que preguntarse si la explosión de la bomba en la ciudad de México quedará como un hito o se convertirá en el principio de una tormenta que sacudirá la tranquilidad de nuestros compatriotas.

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