Altas y bajas entre Iglesia y gobierno

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La lucha por la libertad religiosa es antigua y llega, incluso, hacia finales de la Colonia. Es posible recordar que ya desde la gestión de la Primera Audiencia hubo fuertes enfrentamientos entre los religiosos, defensores de los indios, y las autoridades corruptas que integraron ese órgano de gobierno, que mereció ser destituido.

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Las relaciones entre la Iglesia católica y los gobernantes han tenido altas y bajas. Algunos momentos culminantes se vivieron, por ejemplo, durante la Guerra de Reforma y, posteriormente, ya en el Siglo XX, la persecución religiosa de Plutarco Elías Calles no sólo produjo numerosos mártires, algunos ya canonizados y otros beatificados, sino que provocó una rebelión armada conocida como “La Cristiada”.

La confrontación entre los cristeros y el gobierno federal a finales de la década de los 20 en el siglo pasado es un capítulo complejo que durante mucho tiempo fue minimizado, si no es que ocultado, tanto por la historia oficial como por el gobierno, después de los “arreglos” que  por un lado se inauguraron con una traición prevista por los combatientes católicos, a pesar de la amnistía gubernamental, y por el otro permitieron un modus vivendi que terminó en 1992 cuando se reformó el Artículo 130 Constitucional, reconociendo a las iglesias y terminando con el intento de su sometimiento al tiempo que se les negaba reconocimiento jurídico.

Hoy el tema vuelve a estar en primera línea como consecuencia de la aparición en cartelera de la película La Cristiada, con primeros actores en el reparto y una producción de primera calidad. Más allá de si se apega o no con fidelidad absoluta a los hechos, pues resulta imposible en una producción de esta naturaleza presentar o explicar todas las dimensiones de un movimiento originalmente espontáneo que fue creciendo poco a poco y llegó a tener en jaque a las autoridades, a pesar de que los prelados intentaron evitar dicho estallido.

Lo más importante de esta película, quizá, es que vuelve a poner a la vista de la opinión pública una de las etapas más nefastas de la historia del Siglo XX, iniciada por los revolucionarios triunfantes y, particularmente, por quien diera vida al “sistema político mexicano” del Siglo XX, Plutarco Elías Calles.

Hace pocos años el tema salió de las tinieblas gracias al trabajo de Jean Meyer, quien investigó estos hechos como parte de su tesis doctoral. Surgió así un trabajo neutral, amplio y valioso que dio pié no sólo a los tres tomos iniciales, sino a posteriores publicaciones del mismo autor como fotografías, apariciones en TV y hasta rectificaciones en ensayos. Pero el hecho fue que La Cristiada surgió al primer plano y desató numerosas investigaciones académicas, publicaciones periodísticas, ediciones de libros y hasta la canonización y beatificación de algunos de los mártires de esa época en una hazaña más de las que estilaba Juan Pablo II, sacudiendo a la jerarquía mexicana, que finalmente desempolvó el tema.

Pero la película llega a la pantalla después de la visita del Papa Benedicto XVI y de la reforma constitucional que amplía la libertad religiosa como marco para interpretar la laicidad del Estado mexicano. Estas reformas fueron ampliamente resistidas por grupos liberales de masones dentro y fuera del Senado de la República, pero finalmente fueron aprobadas en el Congreso Federal y ahora se encuentran en discusión ante el llamado “constituyente permanente”.

Pues la misma resistencia que hubo en el Congreso está enfrentando la película en las salas cinematográficas. Son numerosas las noticias que me llegan por parte de quienes encuentran dificultad para acceder a las salas, pues se les dice que están llenas, cuando en realidad no es así. Y es que el público se ha volcado a ver la película, convirtiéndola en un éxito taquillero. Y como su permanencia en cartelera depende de la afluencia, tal parecería que hay interés por disminuir la audiencia para que no dure muchas semanas en cartelera. ¿Es sabotaje?

Pero también se ha registrado otro fenómeno, la venta de boletos para otra sala, anotando después que, en realidad, el acceso es a aquella donde se exhibe La Cristiada.  ¿De qué se trata? ¿No sólo de disminuir oficialmente la afluencia del público a ver la película, sino, también de defraudar a la empresa productora y distribuidora reportándole menos ganancia? Interesante sin duda.

Ahora bien. Si hay tanto interés en el tema, valdría la pena recordar algunas obras que antecedieron a la de Jean Meyer y otras posteriores que servirían para que el público ávido de información conozca qué ocurrió durante dicha guerra.

Hay novelas como Entre las Patas de los Caballos, Héctor y Jahel de Jorge Gram, y Rescoldo de Antonio Estrada. Reseñas vivenciales como Los Cristeros del Volcán de Colima, escrita originalmente con el seudónimo de Spectator, que correspondía a Heriberto Navarrete S. J., las memorias de Jesús Degollado Guizar, Mis Recuerdos de la Guerra Cristera de José Gregorio Gutiérrez, la Guerra Cristera en Guanajuato de Alfonso Sánchez Díaz.

Biografías, como las numerosas del Padre Pro, las de los santos y mártires de Francisco Belgodere, el padre Havers o del mismo Episcopado Mexicano; destaca la de Anacleto González Flores, El Maestro, de Antonio Gómez Robledo, o los mismos escritos del mártir: Tú serás Rey o el Plebiscito de los Mártires, así como las varias biografías de León Toral. Vasconcelos no dejó de hacer referencia del tema en La Flama.

Reseñas históricas tenemos Méjico Cristero de Antonio Rius Facius y Sangre y Corazón de México, de Fidel González Fernández. Y por último hagamos referencia de las documentales contenidas en la revista David de Aurelio Acevedo o Dios y mi Derecho de Consuelo Reguer. Habría muchas obras meritorias más que mencionar, pero falta el espacio.

La Cristiada se ha hecho presente una vez más.

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Josecast48@yahoo.com

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