15 kilómetros y miles de jóvenes

Caminaba un camino empedrado que, por las suela delgada de mis tenis, lastimaban las plantas de mis pies. Iba a la mitad del camino —o eso decían—, y lo único que quería era llegar hasta la cima de la montaña. Sin embargo, cuando volteaba a mirar mi objetivo, me desanimaba poco a poco, porque aún lo veía muy lejos. Lo que es cierto es que estaba ahí por gusto propio y porque era una especie de reto personal. Subir por un camino de 15 kilómetros de una montaña en donde, al final, alguien me esperaba con los brazos abiertos.

Todo había comenzado el día anterior en la ciudad de Oaxaca, cuando me subía a un autobús con amigos. Eran alrededor de las 18:00 horas y yo era el encargado de uno de los camiones que viajarían toda la noche hasta el centro geográfico de México.

Me sentía con una gran responsabilidad, en principio porque debía procurar que mi camión no se separara de la caravana y, en segundo término, porque debía de cuidar a los pasajeros desde el momento que el autobús arrancara hasta que regresáramos el lunes por la madrugada a la Verde Antequera. Lo que me inquietaba es que todos eran jóvenes.

No pude dormir muy bien durante todo el camino, ya que el asiento no era muy cómodo y eso me aseguraba que a la mañana siguiente tuviera un dolor de espalda bastante molesto. Mal comenzaba el viaje.

Después de haber dormido en total unas 3 horas —de las 11 que duró el viaje de Oaxaca a Silao—, mi compañera encargada me despertó y me dijo que ya era hora de bajar del autobús.

Eran las 5:00 horas, más o menos, y en el valle Juan Pablo II ya había congregados muchos jóvenes, que aunque estaban sufriendo los estragos del frío, no parecían desanimarse. Había banderas y pancartas que hacían notar de dónde provenían todas aquellas personas y entre todos había una especie de hermandad que hacía que nos tratáramos como viejos conocidos.

Después de una Hora Santa, comenzamos el recorrido que nos llevaría hasta el mismísimo Cristo Rey. Aunque al principio sólo se veía un punto en la cima de una montaña, conforme caminabas y escuchabas a los demás jóvenes animarte para que siguieras avanzando —aunque algunas veces lo lograban picándote el orgullo—, la resolución por llegar al final del camino se hacía mayor. Entre más cansado estuvieras, más querías avanzar.

Después de cinco horas de caminata, por fin llegamos a nuestro objetivo. No cabíamos de felicidad por aquella experiencia, lo habíamos logrado sin ninguna ayuda más que nuestra voluntad.

En esa ocasión fueron 25 mil jóvenes quienes consiguieron su meta, una que muchos, al igual que yo, veían casi imposible de realizar. Y como bien dicen, lo que no te mata, te hace más fuerte. Sin duda, todos los que hemos ido alguna vez al Cubilete lo consideramos como algo único en la vida. Aun cuando hayas ido muchas veces, cada experiencia tiene su propio sello.

Este año se pretende que la peregrinación pueda llegar a más personas. Tú puedes ser parte de esta peregrinación, sólo tienes que seguir, por medio del Twitter, el hashtag #Cubilete2011. Además, por medio de Facebook hay varias cuentas donde puedes encontrar información al respecto.

Twitter: @manuelonvf

 
mvelasquez@yoinfluyo.com

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