¿De dónde viene tú motivación?

Los valores que nos guían se hallan dispuestos en una especie de jerarquía de pensamientos cargados emocionalmente, en donde "lo que nos gusta" y convence ocupa la parte más elevada, mientras que lo que aborrecemos se halla en la parte inferior.

Es la fuerza y dirección de esas emociones la que determina que nos sintamos atraídos o repelidos por un determinado objetivo.

Por eso los trabajos que más nos emocionan, como ayudar a las personas necesitadas, por ejemplo, resultan más estimulantes. Todo esto ocurre en la región prefrontal del cerebro, el asiento de la atención y, por lo tanto, de la conciencia de uno mismo, en donde se halla inscrito nuestro sistema de preferencias.

Los circuitos de esa región del cerebro albergan los sentimientos positivos, trayéndolos a la mente una y otra vez mientras luchamos por alcanzar una determinada meta, de esta manera nos alientan a proseguir nuestro camino.

Desde un punto de vista neurológico, lo que nos hace persistir en el logro de nuestros objetivos vitales depende de la capacidad de la mente para recordarnos lo bien que nos sentiremos cuando los alcancemos, una capacidad que se asienta en los circuitos que conectan la amígdala con el lóbulo prefrontal izquierdo.

A nivel cerebral, todos los motivadores utilizan los mismos circuitos neuronales, independientemente  de que lo que nos mueva a realizar mejor nuestro trabajo sea la mera excitación, la satisfacción que acompaña al trabajo bien hecho, la alegría de compartirlo con colaboradores muy calificados o simplemente el dinero que nos reportará.

Y es que cuando nos hallamos motivados a realizar un buen trabajo, los circuitos ligados a la corteza prefrontal izquierda se ven activados de continuo por una corriente de buenos sentimientos.

Pero los circuitos neuronales relacionados con el lóbulo prefrontal izquierdo desempeñan también otra función ligada a la motivación: suavizar los sentimientos de frustración o de preocupación que pudieran desalentarnos.

Ahí es donde se asienta la posibilidad de asumir los inevitables retrocesos, frustraciones y fracasos que conlleva el logro de cualquier objetivo, considerando un contratiempo como una oportunidad o una lección que nos permite seguir adelante con renovado brío.

La función movilizadora de los sentimientos de los circuitos prefrontales y su capacidad para controlar el desaliento es lo que determina la diferencia existente entre un pesimista (que se centra excesivamente en lo equivocado y, en consecuencia, se desalienta con facilidad) y un optimista (que sigue adelante a pesar de las dificultades, sin perder de vista la satisfacción que le proporcionará el logro de su objetivo).

¿Cómo se aplica todo esto al campo del liderazgo y de las organizaciones? En el mundo laboral, la motivación suele darse demasiado a menudo por sentada, porque se supone que las personas están interesadas en lo que hacen.

Pero lo cierto es que las cosas son bastante diferentes porque, en última instancia, la gente gira en torno a lo que más les gusta y ése es, en el fondo, el mejor de los movilizadores.

Por eso, aunque los incentivos habituales, como el reconocimiento o las pagas extraordinarias , por ejemplo, puedan aumentar el rendimiento, lo cierto es que no existe ningún factor externo capaz de conseguir que las personas den lo mejor de sí mismas (Daniel Goleman).

 
direcciongeneral@neurocienciasocial.com

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