De la Independencia y la Revolución, a la anarquía

A 200 años del inicio de la Independencia y 100 de la Revolución, nos preguntamos por qué nunca conmemoramos la consumación de la una y la otra, y quizá sea porque no hemos dejado que se finiquiten.

La presencia del poder español en México, más que una opresión, fue la liberación de una autocracia sanguinaria despótica y atemorizante.

La autarquía de los emperadores aztecas era la espantosa pesadilla de un despotismo terrible y teocrático de un monarca tan engreído, que sus súbditos nunca podían volverse para mirarle a la cara.

El tlatoani mexica era tan dispendioso que hacía quebrar los recipientes en que comía, luego de haberlos empleado y nunca se saciaba de emprender sus famosas "guerras floridas" para capturar reos que ofrendar a sus "dioses" y "diosas".

Sin disculpar la voracidad ni la sed de oro de los conquistadores y sus soldados, es justo mencionar que la monarquía española –en su dinastía Habsburgo– se esmeró en implantar cortes como el Consejo de Indias, para proteger y defender a los indígenas y apoyar a la Iglesia Católica para catequizarlos e instruirlos.

No solamente se catequizó a los naturales, sino que se les brindó una educación del mismo nivel que la destinada a los peninsulares, incluyendo la universitaria. Se respetó la propiedad comunal indígena o "calpulli", que fue desmembrada y privatizada a favor de los terratenientes, como consecuencia de la Reforma Liberal de Juárez y Lerdo.

Los franciscanos y jesuitas se esmeraron en educar a las tribus septentrionales que aún vivían en la barbarie; las instruyeron en el cultivo del algodón, la caña, el trigo y distintos cereales; se les hizo instalar ingenios maiceros y azucareros, y erigir ciudades con servicios sanitarios, además de la enseñanza de las letras y las ciencias.

(No se olvide que fue Valentín Gómez Farías, uno de nuestros "héroes", quien arruinó esta obra apropiándose de sus caudales).

La Iglesia y la monarquía dotaron a México de imprentas, universidades y de múltiples instituciones científicas que hicieron que ilustres visitantes se admiraran del lugar, como el barón Alejandro de Humboldt.

Mientras que las instituciones de caridad proliferaban para dar atención a los dementes, leprosos, tuberculosos; y a las jóvenes se les daba educación en costura y artesanías para que no cayesen en la prostitución.

Al pobre se le prestaba dinero con un interés bajísimo de 3 por ciento anual (no ha quedado registro de una sola demanda cuando no se pagaba una cantidad) y existía un sistema eficaz para combatir la delincuencia y el vicio.

La Inquisición –a la que tanto se ha atacado– liberaba al pueblo de influencias y lecturas nefastas, y al fin y al cabo sólo sentenció a muerte a 43 personas a lo largo de tres siglos.

La implantación de políticas despóticas de la dinastía borbónica, apoyada en la masonería, la invasión napoleónica y la anarquía de las cortes de Cádiz fueron las que fabricaron al “poder tiránico” del que nos independizó don Agustín de Iturbide.

Luego de que el gran Imperio erigido por Iturbide –que comprendía desde Oregón hasta Colombia– fue deshecho por fuerzas masónicas manejadas desde Estados Unidos –fuerzas que destruyeron el calpulli e instauraron el feudalismo de los grandes hacendados– el poder liberal despojó a la Iglesia de sus hospitales, escuelas y hospicios ("bienes de manos muertas” les llamaban), para convertirlos en almacenes, arsenales y burdeles. Por ello, se dejó a los locos, a los paralíticos y tuberculosos en la calle y se diseminaron la ruina, la pobreza y las guerras civiles.

Los enemigos de México, arrojando toda culpa a la Iglesia Católica y a la dictadura de Porfirio Díaz, provocaron una revolución terrible en la que verdaderos héroes populares fueron eliminados para que se impusieran tiranuelos y jacobinos como Obregón y Calles.

El gobierno de Lázaro Cárdenas procuró ser justiciero con el pueblo, deportando a Calles y a sus esbirros, dotando a los campesinos de tierras y nacionalizando el petróleo, pero sus sicarios corruptos seguían asesinando a los católicos por ir a misa –como Garrido Canabal y sus "camisas rojas"¬– y masacrando mártires, como a San Pedro de Jesús Maldonado en Chihuahua (Talamantes).

Los gobiernos de Ávila Camacho, Alemán, López Mateos y Díaz Ordaz trajeron cierta paz y progreso dentro de una corrupción jerárquica espantosa (sin faltar manifestaciones de gran derramamiento de sangre), y eventualmente se dio la devaluación de la moneda por obra de Echeverría y López Portillo.

Por fin, el Partido Acción Nacional asumió el poder presidencial, pero uno tan maniatado y constreñido por los partidos rivales, que no le permiten actuar para realizar cabalmente su programa de progreso para el país. (A pesar de ello, han consolidando nuestra moneda, instaurando seguros populares y saneando hasta donde es posible la economía, sorteando las crisis mundiales).

Si no hacemos algo para colaborar con el gobierno y mejorar nuestra situación, vana será la pompa de festejar estos aniversarios.

 
albertosaenz84@hotmail.com
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