¿Y tú, sabes lo que vales?

Hoy, cuando tanto se habla de autoestima, tal parece que ni siquiera sabemos lo que valemos o somos. Hay quienes se emborrachan, se drogan, se prostituyen, quienes matan a sus semejantes, los secuestran y quienes pervierten a los niños ¿y hablan de derechos humanos? Simplemente nos estamos rebajando a niveles infrahumanos.

Cuando se habla del respeto a los derechos humanos, podemos encontrarnos con dos inconvenientes. Uno de ellos estriba en el desconocimiento de lo que significa el término “derechos”, con su correspondiente complemento de “obligaciones”. El otro, que desafortunadamente cada día es más común, consiste en que muchos no tienen idea de lo que significa el respeto.

No se respeta quien convierte su intimidad en asunto de dominio público. Habrá que recordar que la intimidad hace referencia tanto al cuerpo como al alma. Pero aquí también, tal pareciera que existen personas que se comportan como animales, dejándose arrastrar por sus instintos.

Además, en estos asuntos muchas veces nos guiamos por la vanidad, es decir, por la vana presentación de lo que queremos que admiren los demás en nosotros.

En la sociedad hay un sector especialmente vulnerable ante estos peligros: los adolescentes. Por su falta de madurez se dejan arrastrar con mucha facilidad por el afán de tener amigos, de no estar solos, de no ser rechazados, lo cual los deja indefensos ante las modas del momento, de lo que los demás hacen. No son pocos quienes no les importa llevar una vida impúdica siempre y cuando sean aceptados por el grupo social, o por la persona concreta que ellos escogieron y admiran.

Ahí donde se dé un encuentro personal han de estar presentes el respeto y la cortesía, de no ser así, ese comportamiento no sería propiamente humano.

Quizá nos convenga recordar que cuando hablamos de cultura, estamos involucrados en una actividad que se cultiva. De ahí se desprende, además, una palabra con dos significados distintos, pero relacionados entre sí; el término “culto” que se aplica a una persona con cultura y la actividad de adoración, ante la divinidad.

Podemos decir –dentro de este marco de interpretación– que el individuo culto es quien cultiva su propia personalidad, partiendo del conocimiento que tiene de su valía como ser humano, reconociendo, por sus limitaciones, que su origen está en un ser trascendente al que le rinde culto. De ahí se desprende una serie de comportamientos sociales que promueve, recicladamente, una cultura con valores y protocolos adecuados a su naturaleza.

¡Qué alegría conocer a tantos que viven como auténticos seres humanos educados, sin importarles que los critiquen!

 
alejandrocortesgb@gmail.com

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