San Felipe de Jesús

Sería muy bueno recordar a este santo mexicano, como un héroe de la fe que con gran entusiasmo y valor ofreció su vida, queriendo que el nombre de Jesús fuera conocido en aquellas lejanas tierras con las que había soñado.



San Felipe de Jesús fue durante mucho tiempo el único santo mexicano, y su fiesta el 5 de febrero era un acontecimiento nacional, hasta que con la promulgación de la constitución de 1917 se fue opacando su celebración con la publicidad de las fiestas cívicas en conmoración de la constitución.

Nació Felipillo como le decían de cariño en México, en una familia numerosa pues eran diez hermanos. También era una familia acomodada, ya que su padre era un comerciante exitoso, comerciaba con mercancías que llegaban de Filipinas, China y Perú. Fue un niño muy inquieto, inclusive se portaba tan mal que dice la historia que en su casa había una higuera marchita, y su nana decía que sería más fácil que la planta reverdeciera a que Felipe fuera santo.

Tampoco se distinguió como un buen estudiante, y en cuanto al negocio de su padre siguió con esta trayectoria un tanto negativa, pues nunca fue un buen colaborador en el negocio familiar.

Sin embargo y para sorpresa de toda la familia y de sus amigos, un buen día decidió que tomaría el hábito de los franciscanos y, se trasladó para tal efecto a Puebla, pero como era de esperase no duró mucho y pronto estuvo fuera del convento.

Para un joven de su temperamento inquieto la aventura era un gran atractivo, y por su relación familiar con el comercio de oriente, que era un lugar enigmático, decidió embarcarse para correr aventuras en Filipinas y se embarca en 1590 rumbo a Manila, parecía muy feliz, dedicaba parte de su tiempo con gran pasión a los juegos de azar, a divertirse con sus amigos, y sin embargo sentía que en su interior se iba formando un gran vacío. Un buen día, se encontró con la frase del Evangelio “Si quieres venir en pos de Mí, renuncia a ti mismo, toma tu cruz y sígueme” (Mt. 16,24), y meditando sobre ella encontró su camino.

El cambio de Felipe, que añadió a su nombre el de “Jesús” al entrar al convento fue total: estudiar, orar, ayudar al prójimo y cuidar a los enfermos se convirtió en su actividad diaria; pero su sueño era ser misionero, ir a llevar el mensaje de Cristo a tierras lejanas aún a costa de los enormes riesgos que esto significaba. Los superiores decidieron darle una enorme concesión, que se pudiera ordenar en México en compañía de sus padres hermanos y amigos, por lo que se embarcó en Manila con destino a Acapulco, en nada se parecen esos embarques a los de la actualidad, eran de seis a siete meses de enormes penurias y con no pocas probabilidades de perder la vida. El doce de Julio de 1596 de embarcaría en un buque casualmente llamado “San Felipe”.

Fray Juan Pobre pidió que lo dejaran en las costas de Japón, el capitán del barco accedió y cuando cambiaron de rumbo fueron atrapados por un gran tifón que casi hundió el barco. Casi sin control, arrastrado por el viento y las corrientes la nave se movía a las costas de Japón, Felipe se encontraba sumamente emocionado porque pensaba que esta era una enorme oportunidad de cumplir sus sueños de misionar, y pensando que si se quedaba ahí posteriormente podría ser ordenado por algún obispo misionero.

Al inicio se había permitido la evangelización en Japón, pero luego se expidió un decreto prohibiendo la predicación del cristianismo, aunque de hecho no se había aplicado. Felipe y sus compañeros se dirigieron a Kyoto para ver al Shogún y pedir permiso para reparar el barco, pero no fueron recibidos, y sí aprehendidos, pero como no habían predicado y eran náufragos, se les dio permiso de reparar el barco y salir. Felipe decidió quedarse con los padres franciscanos que estaban en la isla aún a sabiendas de que arriesgaba la vida.

El emperador decide entonces hacer efectivo el decreto y se determina conducir a los misioneros en medio de grandes afrentas a Nagasaki, se les mutila la oreja izquierda como señal de que estaban condenados a muerte. Felipe recibe la noticia con gran entereza. Al llegar a la ciudad destinada, 26 cruces fueron puestas en una colina, suspendido mediante cinco argollas, resbalaron sus pies de la base donde debería apoyar los pies, solo se le escuchó decir, “Jesús, Jesús, Jesús”, cuando dos oficiales lo atravesaron con sus lanzas.

Mientras tanto en México se dice que la nana de Felipillo salió al patio y para sorpresa suya la higuera había reverdecido, si hincó ante ella y comenzó a gritar: Felipillo es ya un santo.

El proceso de beatificación de los frailes y los catequistas empezó un año después, en 1598. La canonización demoró más de un siglo, y los criollos culpaban a los españoles de la demora, pues, afirmaban, querían escatimarle a su santo novohispano. Por eso, aunque solamente fuera beato de la iglesia católica, el culto a Felipe de Jesús se robusteció, particularmente en la Ciudad de México. La gente empezó a llamarlo “santo” sin que nadie se molestase por deshacer el equívoco.

El culto creció: En 1638 le concedieron su capilla en la catedral y al año siguiente en el calendario ya se marcaba su fiesta. En 1665 nació el convento de San Felipe de Jesús, de monjas capuchinas, bautizado así por exigencia de la benefactora que financió la empresa.

Sería muy bueno recordar a este santo mexicano, como un héroe de la fe que con gran entusiasmo y valor ofreció su vida, queriendo que el nombre de Jesús fuera conocido en aquellas lejanas tierras con las que había soñado.


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