La hija del capitán

«¡Joven! Si estas líneas caen en tus manos, acuérdate de que los cambios más beneficiosos y profundos son aquellos que ocurren como consecuencia del mejoramiento de las costumbres, sin ninguna conmoción violenta.» (Alexander Pushkin, La hija del capitán).



«¡Joven! Si estas líneas caen en tus manos, acuérdate de que los cambios más beneficiosos y profundos son aquellos que ocurren como consecuencia del mejoramiento de las costumbres, sin ninguna conmoción violenta.» (Alexander Pushkin, La hija del capitán).

Empiezo un breve ciclo de literatura rusa con esta novela corta, la última, por cierto, que publicó el padre de la literatura rusa moderna Alexander Pushkin, en 1836, un año antes de morir en un duelo, a la edad de 38 años.
A mediados o inicios de este año había yo terminado de leer uno de los grandes monumentos de la literatura rusa, Los hermanos Karamázov, del gran Dostoyevski, obra que por razones prácticas no reseñaré en este sitio, pero que, sin duda, recomiendo ampliamente. Recuerdo de esta gran novela que la había empezado a leer en París, mientras esperaba en el aeropuerto, en agosto del 2016, justo hace dos años. Tuve que continuar su lectura en Roma, durante uno de los veranos más calurosos, y en condiciones muy inciertas; después en Orte, provincia de Viterbo. Y la terminé de leer en la Ciudad de México, como ya dije, a mediados o inicios de este año. Los hermanos Karamázov, por lo demás, no es la primera novela en la que he empleado, por diversos motivos, más de uno o dos años. Me pasó igual con El ingenioso hidalgo Don Quijote de la Mancha, de nuestro célebre Miguel de Cervantes.

El tiempo que había dedicado a estas novelas gigantes, que a pesar de eso siguen siendo pequeñas al lado de otras como En busca del tiempo perdido, de Marcel Proust, –que por cierto no he leído todavía ni sé si vaya a leer– contrastó bastante, obviamente con el que dedicaba ahora a este librito que había comprado tantos años atrás en alguna librería de viejo de la calle de Donceles, y al que sólo ahora le echaba mano. En una tarde ya lo había terminado; pero esto sí debo decir: fue quizás una de las mejores tardes de mi vida.
Hace tiempo que no había disfrutado tanto una novela, desde que leí Grandes esperanzas, del buen Charles Dickens. Ni siquiera cuando regresando a este autor inglés leía ahora Historia de dos ciudades. Esta última es una buena novela, es verdad; pero la trama y el final eran predecibles, por lo que deduje que la grandeza de esa novela no estaba en su historia, sino en el trazo fino con que el escritor delineaba la angustia y la esperanza de sus personajes.
Pues bien, para no dar más preámbulos, tratemos de imaginar una aldea de un país remoto, exótico para nosotros, en donde no sólo la fisonomía de las personas y las costumbres, sino incluso el alfabeto es ajeno al nuestro; además en un tiempo que no es el nuestro, sino casi doscientos años atrás, que por lo demás es tiempo de guerra. Vemos habitualmente jóvenes enlistarse en un comando, hay movimiento de tropas aquí y allá, hay ejercitaciones para el combate.

Lo primero que nos sorprenderá es que a pesar de todas las circunstancias, vicisitudes y accidentes diversos a nuestro entorno y realidad, cualquier hombre aquí y allá comparte los más profundos anhelos, los mismos sentimientos. Los jóvenes no dejan de ser jóvenes. Y uno de ellos, de aquel lejano pueblo ruso del que hablamos, llamado Piotr, en la flor de la vida ve con incertidumbre hacia dónde lo habrá de guiar su destino.
Piotr, al dejar la pubertad y entrar en la adolescencia, espera que su padre lo inscriba al ejército de alguna ciudad grande y que lo mande, por ejemplo, a San Petersburgo; sabe que ahí podrá vivir una vida relajada y al alcance de todos los placeres. Pero su padre, hombre de rancia disciplina, decide mandarlo a un pueblo pequeño, donde sabe que no hay distracción para los placeres y en cambio sí la disciplina que espera para su hijo.
Así pues, parte Piotr con su siervo, con un dejo de frustración y añoranza de lo que pudo haber sido. En el camino les cae una densa nevada y pierden la vereda. Pero de pronto divisan una silueta. Un hombre pasa por ahí, a quien Piotr pide ayuda para llegar al pueblo más próximo. El hombre errante accede y los lleva a una «isba», que es una vivienda rural típica rusa. El siervo de Piotr mira con desconfianza y recelo al vagabundo que los ayudó. Y ya en salvo, al día siguiente cuando se disponen a partir, Piotr desea recompensar al errabundo que los había salvado. El siervo se niega a tener que dar algo de los bienes de su amo a uno que es probablemente hombre de mala vida. Pero la inflexibilidad de Piotr le hace darle una prenda de abrigo para cubrirse de la inclemencia.

Piotr llega a su destino y se pone bajo el mando del comandante del lugar, un hombre viejo, a quien visita en su casa, donde conoce a su esposa, la comandanta, y a su hija, una joven, de la que el autor dice que no era ciertamente muy bonita, pero era buena y transmitía por ello una particular beldad.

Con el paso del tiempo Piotr se enamora de la hija del capitán. Un mal día, sin embargo, anuncian que un comandante cosaco se ha autoproclamado soberano y avanza,a pasos apresurados, para conquistar todos los poblados de la región. Piotr sabe que debe servir a su amada Rusia, así que se apresta para la guerra y el día de la invasión combate en desigual batalla contra el feroz y numeroso enemigo. Cuando éste vence y apresa al final a los defensores rusos de aquel pequeño pueblito, los condena al cadalso para ser ahorcados. Piotr ve morir así a los soldados sobrevivientes entre los que está el capitán, padre de María, su amada. Y cuando le toca el turno al joven Piotr, a punto de colocarle la soga al cuello, su siervo se lanza a los pies del usurpador enemigo y pide clemencia para su amo. El jefe de los enemigos manda llamar a Piotr, quien al verlo cree reconocer una cara conocida de tiempo atrás. El cosaco jefe de los enemigos lo deja con vida. Era el pobre hombre que un día de nieve intensa había guiado a Piotr y su comitiva a un lugar seguro, por lo cual éste le había pagado con su abrigo.
Era uno de esos azares del destino que salvan la vida en los momentos más críticos.

La novelita sigue con igual maestría los trabajos de Piotr por salvar también la vida de su amada María, que por ser hija del capitán, estaría seguramente condenada a la muerte, como lo estuvo también su madre, la comandanta, a quien los cosacos habían matado al instalarse en la casa del capitán ya muerto.

No doy, pues, más detalles, sino que hago la invitación a su lectura, de la cual yo saco la siguiente moraleja, como solía hacerse antes con las viejas historias:
El destino es tan inexorable como misterioso. No sabemos en qué momento una ayuda brindada en algún momento a un necesitado pueda ser en otro lo que nos salve la vida. La generosidad y la gratitud son sin duda preámbulo del mejoramiento de las costumbres. Y eso es, como pone de manifiesto Alexander Pushkin, lo que genera los grandes cambios, aquellos más beneficiosos y profundos.

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