Y de la paz ¿qué?

No puede haber paz cuando 1,400 millones de personas viven en pobreza extrema en el mundo y 900 millones sufren hambre.



Ante grandes conflictos bélicos, pobreza, inseguridad, migración, ecocidios e imposición de ideología nos seguimos preguntando ¿Dónde está la paz que tanto anhelamos y necesitamos? ¿Por qué si todos la deseamos no la podemos construir? ¿Será que estamos utilizando recursos equivocados?

En el mundo existen actualmente 25 conflictos armados, siendo los más graves por el número de muertes: Sudán de Sur, Siria, Afganistán y México (lucha contra el narcotráfico) con 385, 278, 131 y 100 mil respectivamente.

Ante esto, lo primero que hay que reconocer es que el deseo de paz está inscrito profundamente en el corazón del hombre para que viva en armonía con su entorno y en fraternidad con los demás.

Y segundo, que ese deseo nace de su misión trascendente y no solo como consecuencia de haberla perdido.

Por eso la Paz es el reflejo de la bondad del hombre (que buscar hacer el bien) y de la confianza en Dios de recibirla. Es decir que requiere la determinación personal de conseguirla.

Sin embargo, la voluntad no es suficiente para alcanzarla, san Juan Pablo II decía que “La Paz exige cuatro condiciones: la verdad, la justicia, el amor y la libertad” ya que sin alguna de ellas no existiría o sería solamente aparente y temporal.

Desde hace 29 años cada 21 de septiembre el mundo pide cese al fuego y la violencia al celebrar el Día Internacional de la Paz. Desde entonces organismos internacionales como la ONU (Organización de las Naciones Unidas) busca fomentar una cultura de paz a través de la tolerancia y el respeto como valores excelsos de la democracia.

Sin embargo, estos esfuerzos, aunque loables, no son, ni pueden ser suficientes sino limitados. El mismo santo Tomas ya desde la Edad Media hablaba de estas limitantes en la tolerancia, instando incluso en ciertos momentos a defender sus postulados, a preparar la guerra para conseguir la Paz como dice el Evangelio.

De aquí que los intentos por vivir en paz basados únicamente en la tolerancia y el respeto no serán duraderos, pues sólo se basan en llevar la fiesta en paz a costa de pisotear la verdad, el amor, la libertad y la justicia.

No puede haber paz cuando 1,400 millones de personas viven en pobreza extrema en el mundo y 900 millones sufren hambre, ni cuando más de 71 millones de seres humanos tienen que desplazarse de sus comunidades en busca de libertad, comida y oportunidades de vida.

Mucho menos cuando se destruye la naturaleza para construir hoteles, o dominios o centros comerciales como la tala en Mache-chindul (Ecuador) Bani (República Dominicana), los incendios en las Amazonas o la masacre de fauna en mar de Cortés (México).

Sin embargo, el hombre aspira a una paz duradera que trascienda las diferencias, los errores y las ambiciones, por eso san Juan Pablo II enfatizaba en el amor (que no tiene límites) al decir que “no hay justicia sin perdón”, o lo que sería lo mismo: no hay paz sin misericordia.

El amor al otro, en tanto nuestro hermano e hijo de Dios invita a corregir el error, a enseñar, a aconsejar, a consolar, a perdonar, soportar y rezar por él y viceversa, lo que exige de ambos despojarse de todo orgullo, individualismo y relativismo por el que piensa que todos tienen la razón.

Debemos buscar una verdadera fraternidad, que esté basada sobre nuestro origen común en Dios y ejercida en el diálogo y la confianza recíproca, en la verdad, el amor, la justicia y la libertad, solo así podremos vivir y construir la auténtica Paz.

Si estamos llamados a la Paz, no podemos conformarnos con menos. Si estamos llamados a trascender, no podemos quedarnos con lo limitado y temporal.

 

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