El encuentro con la alteridad

El moralismo (religioso o civil) consiste en poner como “fundamento” lo que debe ser una “exigencia”.


Amar


La reflexión ética sobre el “encuentro”, en especial la aproximación que se hace desde corrientes contemporáneas del diálogo (M. Buber) y la alteridad (E. Levinas), se puede presentar como un lugar intermedio entre lo religioso y lo no religioso. Por supuesto, el lugar intermedio es difícil de habitar. Las aguas dulces de lo sagrado se fundan en la experiencia del encuentro con la trascendencia. Las aguas saladas del mundo en la política, la economía y el régimen de libertades. La ética del encuentro está en medio de las dos. De ahí la ventaja de considerarla como atrio del diálogo interreligioso y, fundamentalmente, como atrio del diálogo entre creyentes y no creyentes. Por supuesto, también de su posición salobre deriva el peligro de convertir la ética en lo central religioso (moralismo pelagiano) o en lo central público (populismo moralizante).

El moralismo (religioso o civil) consiste en poner como “fundamento” lo que debe ser una “exigencia”. Que la vida moral es importante, ni duda cabe. El mismo Tomás de Aquino explicaba que de toda la legalidad veterotestamentaria no se derogó la moral, sino sólo la ceremonial y la judicial, por lo cual el “no matarás” o el “no robarás”, por mencionar algunos mandamientos, no tienen fecha de caducidad. Y, con todo, el mandamiento no es el principio, no es la causa ni es el centro de la vida del creyente. Porque, como decía Buber, “en el principio fue el encuentro” o Benedicto XVI con inmensa claridad: “No se comienza a ser cristiano por una decisión ética o una gran idea, sino por el encuentro con un acontecimiento, con una Persona, que da un nuevo horizonte a la vida y, con ello, una orientación decisiva”. Sólo tras ese encuentro, en ese encuentro y por ese encuentro, se comprende el que haya un cambio de vida, una “conversión”, con todas las implicaciones que este cambio supone. Pero el pelagiano –con su moral refinada o burda– considera que la valía del otro se da por sus actos, por eso pronto apunta su dedo hacia los demás, por eso se confirma a sí mismo en santidad, por eso no quiere contaminarse con la alteridad.

De que el moralismo deba ser denunciado en su pretensión, no se sigue que la moral carezca de sentido y que lo que debe ser exigencia sea algo accesorio para la fe. La acción humana, sobra decirlo, es siempre limitada e imperfecta, pero es un modo auténtico y genuino de existir cabe la eternidad. Más aún, si se considera que la gracia de Dios nos auxilia constantemente en nuestro actuar cotidiano, entonces queda claro que la vida moral es una forma específica de responder a Dios, que nos visita vistiéndose de la carne del pobre, del enfermo, del inmigrante…, donde nos encuentra aquí y ahora. Esa carne es un lugar privilegiado del encuentro con Dios, es un suelo sagrado ante el cual nos debemos descalzar. El otro, con sus grandes diferencias a mí, es quien me descentra, enseña, confronta, solicita y responsabiliza.

Por su parte, el no creyente concibe la ética del encuentro con el otro como ocasión de despliegue de todas sus potencialidades, como verdadero humanismo que busca la mejora de la suerte de un pueblo al que está indiscutiblemente atado. El ser humano es libre y tiene una vocación a la plena felicidad que consiste, fundamentalmente, en hacer felices a quienes ama. A fin de cuentas, la belleza y excelsitud del amado es el fundamento del mandamiento moral, pero eso mismo hace del mandamiento algo sublime y algo gravísimo. La moral, vista así, es la respuesta ante el acontecimiento, una exigencia de una vida coherente y con sentido.

Estoy casado desde hace 17 años y, como otros matrimonios, he tenido periodos difíciles y también periodos muy gratificantes. En los difíciles, un buen tip es no sentarse horas y horas a hablar de las diferencias cuando el problema está en su punto álgido (a veces esto es inútil y hasta contraproducente). El inicio de la reconciliación, en muchas ocasiones, se encuentra en ponerse a trabajar juntos por el bien de un “tercero”. Desatenderse a sí mismos, desatender incluso su propia problemática y atender a alguien que los requiere. Poco a poco, en vista de esa alteridad es que se comienza a recuperar una mirada tierna, a recuperar la comunicación, a avivar la coquetería y la complicidad, a sonreír… ya vendrán después momentos para hablar formalmente del problema y, cuando se haga, seguro será en un clima afectivo distinto y propicio.

De ahí que el encuentro con el otro y las múltiples formas en que se puede concretar esto en la vida universitaria sirva como una vía de comunión entre creyentes y no creyentes. Bajemos el volumen de la búsqueda de diferencias, atenuemos las actitudes sociales de confrontación. Mejor vayamos juntos hacia una proximidad que nos está llamando desde hace mucho tiempo y que hemos desatendido, pues so pretexto de este caminar hacia un tercero que nos urge a la acción, tal vez seamos más conscientes de la fraternidad que nuestras desavenencias ocultaban. Al final aprenderemos algo: que la realidad de ese tercero mejoró y que nosotros no éramos tan distintos como creíamos; que somos capaces de trabajar por el bien de alguien más allende nuestras diferencias. Pues el encuentro de las alteridades se da, la mayoría de las veces, atendiendo otra alteridad.

 

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