El mito del contubernio nazi-sinarquista

Con el propósito de homologar sinarquismo y nazismo, Fabrizio Mejía Madrid repite una serie de equívocos. Así, por ejemplo, confunde el «saludo romano» con el saludo sinarquista, que son dos cosas muy distintas.


El sinarquismo en México


El 24 de marzo de 2019 fue publicado en la revista Proceso el artículo intitulado “Mexicanos extranjeros” de Fabrizio Mejía Madrid. 

El escrito tiene el mérito de recordar un interesantísimo episodio en la historia nacional –en general desconocido para el gran público–, me refiero a los avatares de la utópica colonia sinarquista María Auxiliadora, fundada por Salvador Abascal en el entonces distrito sur de Baja California a comienzos de 1942. El empeño de Mejía Madrid habría sido loable si el texto no recayera en una serie de lugares comunes y tergiversaciones históricas que, en alguna proporción, intentaré exponer a continuación.

El artículo es ilustrado por un “Cartón de Rocha” donde se observa a un Salvador Abascal uniformado haciendo el saludo fascista por todo lo alto, su brazo izquierdo luce la esvástica mientras sostiene una bandera tricolor con la imagen de la Guadalupana en el centro, del cuello del ex jefe sinarquista pende la cruz de Cristo sobre unas carrilleras atestadas de balas. La caricatura es fiel reflejo de la esencia difamatoria del texto, centrada en la forzada equiparación entre nazismo y sinarquismo. Dado que la única fuente que el autor cita en su artículo son las memorias del propio Abascal, convendría retomar algunos inequívocos pasajes, por el absoluto contraste que ofrecen respecto de la idea sugerida.

Así en 1944, en palabras de Abascal, “tanto la finalidad nazi como los métodos fascistas son paganos y anticristianos; y era necesario que todo en el Sinarquismo fuera medularmente cristiano”. En otro lugar, recordando un discurso suyo de mayo de 1941, cuando los ejércitos alemanes parecían todavía imbatibles, se puede leer: “No puede ser nuestro modelo el nazismo, revolución específicamente alemana, hija legítima de la revolución protestante de Lutero. Ni el fascismo, que es, como el nazismo, deificación de una raza y de un gobierno: soberbia que ha de ser castigada por el aniquilamiento de Mussolini y de Hitler.

No hay soberbia que Dios no humille. Nos llaman nazi-fascistas, pero no existe en México un movimiento más sinceramente anti-nazi que el Sinarquismo”. Las declaraciones de Abascal no constituyen una excepción entre la dirigencia sinarquista de la época, porque pasajes similares se pueden consultar, entre otras obras, en Sinarquismo: Contrarrevolución de Juan Ignacio Padilla (1948), otro de sus líderes históricos. En general, la moderna historiografía académica ha desestimado la asimilación de sinarquismo con fascismo (ya no digamos con nazismo). A propósito de esto, pueden ser consultados expertos como Héctor Hernández García de León, Austreberto Martínez Villegas, Jean Meyer, Servando Ortoll, Franco Savarino y Pablo Serrano Álvarez, quienes a grandes rasgos coinciden en el rechazo de esa identificación.

Ahora bien, debo señalar que la supuesta concordancia entre nazi-fascismo y sinarquismo era moneda corriente en la lucha propagandística durante los sexenios de Lázaro Cárdenas y Manuel Ávila Camacho. Diputados oficialistas como Félix Díaz Escobar y Carlos Zapata Vela, junto con Vicente Lombardo Toledano, desarrollaban campañas antisinarquistas y pedían la ilegalización del movimiento. Sus detractores atribuyeron al sinarquismo la condición de una peligrosa «quinta columna» fascista en el corazón de México. En esta línea, el libro de referencia es Sinarquismo, su origen, su esencia, su misión (1944), del periodista Mario Gill (seudónimo de Carlos María Velasco Gil), un opositor al sinarquismo, militante comunista, que viene a ser, en el fondo, el ancestro directo del artículo de Mejía Madrid. De esa fuente han abrevado durante décadas los muchos críticos del sinarquismo, pero se trata de una obra plagada de exageraciones y aseveraciones sin fundamento, que se explican por el contexto de lucha política e ideológica que entonces se vivía en México.

Heredero de Gill, don Fabrizio Mejía Madrid sugiere que los sinarquistas liderados por Salvador Abascal se embarcaron con rumbo a Baja California Sur porque se sentían “extranjeros en su propia tierra”. Mejía Madrid también afirma que el tradicionalismo, hispanista y católico fue derrotado por Lázaro Cárdenas y esto motivó que Abascal y los suyos buscaran apartarse de una sociedad que ya no reconocían como propia. Es cierto que el cardenismo implicó un proceso de transformación de México en sentido secularizador, y que los sinarquistas se opusieron a esos cambios; sin embargo, cuando a fines de 1941 los colonizadores se dirigieron al desierto el sinarquismo estaba todavía muy lejos de ser derrotado. La realidad parece más bien la contraria si se miran las cifras registradas por el historiador Jean Meyer. Si con dos años de existencia en 1939 el sinarquismo contaba sólo con 90 000 militantes, en 1941 el movimiento sumaba 460 000 y para 1943 agrupaba 560 000 elementos.

Como puede observarse, el sinarquismo más bien se robusteció frente a las políticas cardenistas y su inercia, porque se alimentaba del radicalismo gubernamental. Al revés de lo planteado, el sinarquismo perdió vitalidad conforme los gobiernos revolucionarios viraron hacia la moderación, gesto que fue acompañado por la actitud conciliadora de la jerarquía católica y el sector más pragmático de la dirigencia sinarquista. Contrario a lo que sugiere Mejía Madrid, el proyecto colonizador de María Auxiliadora distaba de representar una suerte de retirada frente a una sociedad irreversiblemente adversa: el principal objetivo era la obtención de un gran triunfo propagandístico que habría de afianzar la positiva percepción social del sinarquismo a partir de su “patriótico sacrificio” al poblar una región que se creía apetecida por Estados Unidos. Asimismo, el éxito de crear una sociedad próspera bajo los preceptos católicos y sinarquistas serviría de modelo constructivo para el resto de la nación. De esta guisa, en principio la colonia María Auxiliadora no representaba tanto la huida de los derrotados como una empresa que habría preparado el camino para la restauración del México católico y de su proselitismo en el exterior. Soñaba Abascal con la posibilidad de que su colonia fuera un primer enclave misionero que apuntara, prosiguiendo los anhelos jesuitas de antaño, hacia la futura conversión de los “rubios bárbaros del norte” y de los pueblos del Lejano Oriente a la fe católica.

Con el propósito de homologar sinarquismo y nazismo, Mejía Madrid repite una serie de equívocos. Así, por ejemplo, confunde el “saludo romano” con el saludo sinarquista, que son dos cosas muy distintas. Además, indica que Abascal contaba con el financiamiento de “las Falanges de Francisco Franco en España” y que la idea de la colonización bajacaliforniana, como probarían dos misivas que el exjefe sinarquista supuestamente envió al emperador Hirohito (sic), habría tenido como verdadera meta –según Mejía Madrid– ofrecer una base militar a las potencias del Eje contra los aliados en la Segunda Guerra Mundial. Todas estas versiones son falsas y no tienen ningún eco favorable en la historiografía seria. La que quizá es la mejor investigación sobre la colonia María Auxiliadora –hablo de la que llevó a cabo Eva Nohemí Orozco García– admite la conclusión de los más acreditados historiadores cuando refiere que éstos “han comprobado que los sinarquistas no tuvieron nada que ver con los países del Eje”. Jean Meyer confirma que los servicios secretos norteamericanos “han vigilado escrupulosamente esto, sus conclusiones son inapelables: [el sinarquismo] no mantiene contacto alguno ni con los alemanes ni con los japoneses”. La obsesión de Mejía Madrid por rastrear los nexos del fascismo europeo entre las fuerzas políticas oposicionistas en México probablemente resultase satisfecha si centrase todos sus esfuerzos en estudiar más bien la fundación del oficialista Partido Nacional Revolucionario en 1929, que ocurrió bajo la inspiración del fascismo italiano.

La colonia María Auxiliadora, por otro lado, más que fracasar –como sugiere en parte Mejía Madrid– por los reglamentos y la moral rigorista de Abascal, no pudo prosperar por la falta de dinero y apoyo que debió recibir de quienes se habían comprometido a otorgarlo: el gobierno federal, la dirigencia sinarquista y las conexiones de Antonio Santacruz, líder de La Base, sociedad secreta de la que emergió el sinarquismo y que pretendió controlar a éste. Yerra Mejía Madrid al relacionar el nombre adjudicado a la colonia con una intención bélica de colaborar a balazos con las fuerzas del Eje. Como recuerda Abascal, el nombre fue sugerido por Felipe Torres, vicario apostólico de Baja California, por tener como fin auxiliar al apostolado de la Iglesia de la península, a la patria y al sinarquismo, “con el fuerte escudo de la colonización”. Debe, por otro lado, recordarse que Salvador Abascal, mientras fue líder sinarquista, nunca fomentó acciones violentas y siempre optó, en la práctica, por tácticas de oposición pacífica.

Llama la atención que Mejía Madrid, a la hora de mencionar los 27 puntos del “reglamento de convivencia” en María Auxiliadora, mezcle aspectos ciertos con fantasías. Si es cierto que en la colonia se encontraban prohibidos el alcohol y el baile, que había toque de queda a las diez de la noche junto con determinadas pautas en el vestido y la obligación de pronunciar ciertas fórmulas religiosas en la convivencia diaria, resulta difícil sostener, con los documentos a la vista, que “quizás la prohibición más grave fue sobre el consumo de mariscos” por sus presuntos efectos afrodisiacos. Ese punto simplemente brilla por su ausencia en el Proyecto de Constitución de la colonia, que es el aludido. Es el mismo caso de la “prohibición de viajes por placer”, que Mejía Madrid asegura y en realidad, si se sigue el documento, sólo aplicaba durante los jueves, viernes y sábados santos. Estas precisiones podrían parecer nimiedades, pero subrayarlas permite identificar un cuestionable modus operandi que incluye un artificial abultamiento y exageración de las normas con el evidente afán de ridiculizar la cotidianeidad de esa comunidad sinarquista.

Sin duda, el fracaso de la colonia María Auxiliadora tuvo un importante papel en la derrota final del sinarquismo, pero el análisis de los acontecimientos amerita mayor seriedad y no una mera caricaturización. En ese sentido, acaso sea de justicia admitir que el Cartón de Rocha se compenetra de modo admirable con el relato que ilustra: tratase de una muy discutible caricatura, quizá más conforme con el satírico El Deforma y no con el respetable semanario Proceso.

 

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