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Virtudes que nos permiten convivir con todos

“El secreto de la felicidad no es hacer siempre lo que se quiere, sino querer siempre lo que se hace”: León Tolstói.



Aprender a ser: personas abiertas y que saben escuchar, con capacidad para hacer y mantener amistades profundas es un bien que todos deseamos. Por ello, hemos de estar dispuestos a comprender y disculpar, sin juzgar las intenciones de los demás.

Las personas afables ordenan las relaciones con sus semejantes, tanto en hechos como en palabras. Esta actitud les lleva a hacer la vida más grata a los demás: se desarrolla con tranquilidad la convivencia, y sobre todo, se puede hacer con caridad.

La vida nos lleva tratar a personas muy distintas: en la familia, en el trabajo, con los vecinos; con características y formación cultural y humana y modos de ser diferentes. Es preciso que tengamos gran provisión y muy a la mano las virtudes sociales, pues se han de usar de continuo. Ejemplos:
• Disentir de los demás, con caridad, sin hacernos antipáticos.
• Mantener una actitud firme y continua, sin humillar ni despreciar; sino apreciando y aprendiendo de los demás.
• Ver en los demás hijos de Dios que merecen respeto, atención y consideración.

La alegría nace de ser y de sentirnos hijos de Dios. Se manifiesta en la sonrisa oportuna o en un gesto amable: hace posible el diálogo y la conversación. Anima a superar las numerosas contradicciones de la vida. Enriquece a todos.

Otras virtudes que ayudan a hacer amable la convivencia cotidiana son: generosidad, buen humor, buena educación, el orden, la lealtad, la sonrisa, tener en cuenta los gustos de los demás.

Mirar a los demás como imágenes irrepetibles de Dios. “Venerar” la imagen de Dios (lo Bueno) que hay en cada hombre. Ello contribuye a la mejora de los demás. Cuando se avasalla se hace ineficaz el consejo, la corrección o la advertencia.

Comprender a los demás, mirarlos con simpatía inicial y creciente; aceptar a los demás con optimismo, con sus virtudes y sus defectos. Tratar a todos sin detenernos en los defectos y deficiencias de los demás (porque todos tenemos estas cosas). Hacernos el encontradizo con algunos.

Marco Tulio Cicerón (106 – 43 a. C) “Qué cosa tan grande que tener a alguien con quien te atrevas a hablar como contigo mismo”.

“Ante todo debéis guardaros de sospechas, porque este es el veneno de la amistad”. (San Agustín, 354 – 430. Obispo, filósofo y Padre de la Iglesia).

“Amistades que son ciertas, nadie las puede turbar” (Miguel de Cervantes).

En casi todas las épocas se ha escrito o hablado sobre virtudes. Por ejemplo, Aristóteles define la virtud, argumentando que no es una facultad ni una pasión de la persona humana, sino un hábito que busca la perfección.

También se ha dicho, que la virtud es un hábito que perfecciona al hombre para buscar la verdad y el bien. Y muchas otras definiciones, que no mencionaré por falta de espacio.

En lo que todas coinciden es que la virtud actúa sobre la persona de dos maneras: 1) le hace ser mejor persona; y 2) le convierte en buen operario en sus quehaceres diarios. Respecto al valor es todo aquel bien que le hace ser útil al hombre, para la satisfacción de sus necesidades materiales y espirituales. Por ejemplo, la alegría se consigue tratando de vivir la sinceridad y confiando en los demás.

Con el ejemplo, se influye positivamente en los demás y se va adquiriendo un liderazgo de confianza.

Pongamos optimismo y buen humor a nuestras vidas, la pasaremos mejor, pues en igualdad de condiciones, sale siempre ganando quien toma las cosas con optimismo y buen humor, viendo el lado positivo de las cosas.

Podemos diferenciar entre valor y virtud, sabiendo que el primero existe en sí mismo y es permanente. En cambio la virtud, es cuando se utiliza el valor y se lleva a la práctica. Entonces el valor se convierte en una virtud y hace a la persona humana buena y feliz.

La aplicación en la vida de los actos humanos virtuosos (que hacen feliz al hombre) permite a la persona ir alcanzando la madurez en el trato con sus semejantes. Abandonemos lo que nos destruye y acudamos a lo que nos hace felices. Decía León Tolstói (1828 – 1910): “El secreto de la felicidad no es hacer siempre lo que se quiere, sino querer siempre lo que se hace”. Querer el bien de los demás y estar olvidado de uno mismo.

“El mundo de las cosas en que vivimos pierde su equilibrio cuando, desaparece su cohesión con el mundo del amor” (Tagore). “Media humanidad se levanta todos los días dispuesta a engañar a la otra media” (refrán popular). “El hombre es un lobo para el hombre” (Hobbes). “No te fíes ni de tu padre” (frase popular).
Esta posición negativa ante la vida, nos llevaría directamente al pesimismo y a una terrible incomodidad.

El mundo no es tan malo como lo pintan. El mundo es bueno y lo hacemos malo los hombres con nuestras tonterías. Necesitamos un hogar luminoso y alegre: donde se mira a los ojos, donde se trabaja, se ríe, se vive la alegría. Para conseguir esta alegría se necesita mucho valor, renuncias, sacrificios por cada uno de los miembros que la integran.

El don de la sencillez es lo cotidiano, donde cada uno cumple su cometido y se preocupa por los demás. La caridad bien entendida comienza por uno mismo, pasando inadvertido, tratando de comprender al prójimo.

La única manera de vivir la alegría consiste en estar uno gozoso y participar esa alegría a los demás. Esta alegría los cristianos la tenemos que dar y enseñar a vivir. La alegría es el lubricante que hace más llevaderos los roces en el trato.

Cada uno es único e irrepetible y tiene sus peculiaridades.

Hemos de vivir la alegría en el trato. No se trata de adoptar posturas dulzonas, sino de decir las cosas como son, objetivamente, y en el tono correspondiente, según las circunstancias. Por ejemplo, un “por favor”, que bien cae. Es un error avasallar a los demás con nuestro carácter egocéntrico.

Vivir la objetividad: las cosas son como son, y vienen una detrás de otra.

Vivir el equilibrio en las relaciones con los demás, ser cordiales, humanos, felices… Si queremos estar alegres y dar alegría: no nos creamos ni los más listos, ni los depositarios de la razón ni los imprescindibles. De lo contrario adoptaremos la ley del más fuerte.

Respetar el punto de vista ajeno: saber escuchar. Todos nos necesitamos los unos a los otros, por ende, es buena virtud saber escuchar (se aprende más escuchando, que hablando).

Sólo unas cuantas cosas no son opinables. Las demás son verdades parciales que hay que aprender. Hablando se entiende la gente. Se puede convivir en una pluralidad de opiniones o criterios.

Para llegar a esta convivencia alegre, antes hay que respetar la libertad de las conciencias. Actuar pensando que la gente es buena, hasta que no demuestren lo contrario.

El piensa mal y acertarás es pesimista y conduce al recelo y a la desconfianza.
Sonreír es acertado y lubrica el trato mutuo.

 

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* Las opiniones expresadas en esta columna son de exclusiva responsabilidad del autor y no constituyen de manera alguna la posición oficial de yoinfluyo.com

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