La política internacional ha girado bruscamente hacia un modelo donde la soberanía se mide en barriles de petróleo y la diplomacia se ejerce mediante citatorios judiciales. En las últimas 120 horas, el mundo ha visto cómo la administración estadounidense captura tanqueros venezolanos en el Caribe y presiona a la Reserva Federal como si fuera una oficina de despacho electoral. En este escenario de fuerza bruta, la invitación extendida por la Casa Blanca al Papa León XIV para integrar una Junta de Paz en Gaza no es un gesto de piedad, sino un desafío táctico. El Vaticano ha respondido con una cautela que debería hacernos reflexionar: participará solo si el enfoque es moral y humanitario, dejando claro que la Iglesia no es, ni será, una financiera de los proyectos políticos de turno.
El contexto no permite ingenuidades. Mientras en México el INEGI reporta que la inflación de la primera quincena de enero alcanzó un preocupante 3.77% anual y el crecimiento económico se proyecta en un anémico 1.3% para el cierre del año, la realidad de las familias concretas se vuelve el epicentro de la verdadera política. No es distinto en las calles de Gaza o en los suburbios de Kyiv, donde el ataque del pasado 21 de enero dejó a media ciudad sin calefacción bajo cero. La crisis es humana antes que estadística. Cuando el Papa León XIV habla de la humanidad integral como el único camino para conocer la verdad, no está lanzando una proclama piadosa desde un balcón lejano. Está señalando que cualquier intento de paz que ignore la dignidad intrínseca de la persona, tratándola como una pieza de cambio en un mapa geopolítico, está condenado al fracaso.
Los críticos del Vaticano, tanto desde el pragmatismo secular como desde sectores que exigen una intervención política más agresiva, argumentan que la neutralidad moral es una forma de irrelevancia. Sostienen que en un mundo donde se capturan activos energéticos y se militarizan las fronteras, la autoridad moral es un arma de madera frente a tanques de acero. Sugieren que el Papa debería validar los acuerdos rápidos para detener la sangre, sin importar quién los proponga o bajo qué términos de control territorial se firmen. Este enfoque, que reduce la paz a una ausencia de ruido de sables, es el que ha llevado a que los conflictos se cierren en falso una y otra vez, dejando cicatrices que supuran décadas después.
Sin embargo, la lógica del humanismo nos enseña que la paz no es un producto transaccional. Si la Santa Sede acepta entrar en esa Junta de Paz, no lo hará para bendecir una repartición de influencias, sino para asegurar que el rostro del sufriente sea el centro de la mesa. La mediación moral es el único contrapeso real en una era donde la política exterior se ha vuelto una extensión de los negocios inmobiliarios. En México, donde el flujo migratorio ha convertido al país en un destino de refugio ante el cierre de fronteras del norte, entendemos bien que las leyes y los muros no detienen el hambre de esperanza.
Lo que debe hacerse es reivindicar el papel de la ética en la toma de decisiones públicas. Las políticas de paz en Medio Oriente, así como las estrategias de recuperación económica en México, deben transitar de la estadística fría a la historia personal. El gobierno federal y la diplomacia global deben entender que la estabilidad no vendrá de forzar las tasas de interés o de capturar barcos, sino de fortalecer las instituciones que protegen al individuo frente al poder desmedido. La respuesta de León XIV es una lección de prudencia política: el compromiso con la paz es total, pero el compromiso con la verdad es innegociable. Solo así, reconociendo esa humanidad integral que no entiende de fronteras ni de deudas externas, podremos aspirar a algo más que un simple cese al fuego.
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