El encierro obligado es una oportunidad para convivir con nuestra familia, lo que a veces no es fácil, pero que debemos aprender para estar mejor todos.
Las bases de los modales y de la vestimenta se aprenden de modo natural en la familia, de allí el cultivo espontáneo de la modestia y del pudor.
En la familia, los seres humanos aprenden a convivir y compartir, valores que trascienden al plano social.
 En la marcha del 8 de marzo, la mayoría se manifestó contra la violencia y por la equidad de la mujer.
Los buenos modales hacen grata la vida y amable la convivencia. Nos salvan de vivir como en la jungla, porque nos respetamos de acuerdo con la dignidad humana.
 Compartir los alimentos con la familia o amigos es una de las experiencias que ayudan a las personas a encontrarse y escucharse entre sí.
Desafortunados comentarios como: “al fin ya saben cómo soy”, encierran un mal entendido modo de convivir.
Las familias sólidas aportan a sus miembros muchas herramientas para desarrollarse, en contraste, las que sufren rupturas enfrentan mayores desafíos.
Cuando alguien pierde su trabajo encuentra la seguridad básica en la familia, y el acompañamiento que le sostiene hasta encontrar otro empleo.
Con la libertad es posible ser uno mismo y no un títere, es posible también el auténtico desarrollo del propio potencial y no ser una caricatura de otros.
Cuando se cuenta con personas esforzadas en su mejora, hay un ejemplo tan profundo que resulta una auténtica coraza ante las influencias nocivas del exterior.
La ignorancia de los miembros de una familia puede ser muy peligrosa porque se dejan embaucar por teorías destructivas como el feminismo o propuestas antivida.
El auténtico amor, no el inventado por el egoísta, busca la donación y hacer feliz al otro. Hacer feliz al otro da felicidad a quien se dona.