La libertad, la igualdad y la fraternidad son valores que adquiridos en la familia ayudan a conformar personas íntegras y sociedades fuertes.
La Declaración Universal de los Derechos Humanos reconoce a la familia como unidad grupal natural y fundamento de la sociedad.
 Durante siglos, las evidencias en las diferencias y en las semejanzas entre hombres y mujeres, de manera natural, delimitaron los campos de desempeño.
La indisolubilidad provoca una actitud de lucha contra lo que desune, capacita para pedir perdón o perdonar, para sobreponerse al egoísmo.
El hombre y la mujer que conforman un matrimonio necesariamente tienen que madurar en su relación para que esta sea fuerte y duradera a pesar de los retos.
Cuando el abandono del compromiso de vivir en unidad se hace habitual, la sensibilidad pierde finura y se abre la puerta a la traición y al divorcio.
Birthe Lejeune fue fundamental en la labor de su esposo Jérome quien descubrió la trisomía 21, la causa del síndrome de Down.
 Regresar a las actividades estará lleno de incertidumbre, la cual podemos enfrentar con seguridad de la fuerza de nuestras relaciones familiares.
 Dentro de la familia se aprenden y adquieren valores que sirven para convivir en la sociedad.
 Las relaciones humanas que se lastiman durante el confinamiento obligan a enfrentar los problemas, no a evadirlos.
 La permanencia obligatoria en casa nos obliga a esforzarnos para lograr una convivencia sana en la familia.
 Antes del coronavirus la falta de una auténtica convivencia en la familia estaba gestando un virus peor: la violencia familiar.
La convivencia no siempre es fácil en aislamiento en que nos encontramos, por eso hay que escuchar a la conciencia y saber qué necesitamos rectificar.