Hoy sé que los momentos sólo se retoman, o se recrean, o se hacen líneas en una novela; pero eso no significa volver al pasado.
Hay que mirar a las ligaduras vitales que se dan en el ámbito de lo sagrado, de la persona misma.
Las flores silvestres, las del Evangelio, las que no necesitan de grandes ropajes, también regalan sus colores en una entrega espontánea.
Y es que el abuelo juega, pero también sufre y llora, como corresponde a los hombres que caminan muchas veredas.
Blanca Sevilla recuerda a su abuelo y como a través de él aprendió a vislumbrar el mañana.
Blanca Sevilla describe el momento en que ve a un bebé, el mismo que estaba en el vientre de su madre.
A propósito de su hija, Blanca Sevilla reflexiona sobre la educación de los hijos.
El cariño de una madre no se mide en apariencias o circunstancias.
La muerte es inevitable y Blanca Sevilla trata explicarlo a su hija con filosofía e historia.
En opinión de Blanca Sevilla, en estos días, la sensibilidad es una cualidad muy valiosa.
Blanca Sevilla escribe sobre el tiempo y la velocidad a la que va, dependiendo del momento en que estemos de nuestra vida.
Con la lógica de una madre, Blanca Sevilla responde las preguntas de su hija sobre el amor.
Blanca Sevilla te invita a mirar al pasado y veas al niño que vive ahí.