Cuando advirtió las primeras canas en su escasa cabellera y las líneas de expresión debajo de los párpados, le fue difícil admitirlos como trofeos vitales.
Desde el primer llanto hasta ese lecho último, tratamos de llenarnos las manos para no comparecer vacíos en el momento en que se acabe el aliento.
El agua de las lágrimas se evapora y, cuando se termina de llorar, queda una sensación de nada.
Perdóname por ser tan torpe para pulir con delicadeza esa sutil distinción que lleva por nombre alma.
Lo que ya no es, arde en una nueva llamarada que quema, que alienta, que nutre, que invita a vivir.
 Ser periodista es buscar constantemente la verdad, su papel es el de ser depositario responsable del derecho a la información que le delega el público.
 No hay nada más valioso que el crecimiento, que el perfeccionamiento constante de nuestras potencialidades.
“Soy sensible otra vez, con todos sus riesgos. Adivino la verdad y la mentira porque siento en otros”, escribe Blanca Sevilla.
La soledad invita a la reflexión, a tener un diálogo interno, el cual sirve para mirar hacia el frente.
Conocer, aprender, disfrutar, vibrar… ¿para qué? Tal vez para ser humanos, con virtudes sabidas y con defectos humildemente admitidos.
Sería capaz de inventar el tiempo. De alguna manera, este encuentro es una manera de invertirlo para hacerlo eterno.
En nuestra soledad y en nuestro silencio, que más tarde o más temprano llega, sabemos quiénes somos en realidad, qué tenemos y qué nos falta.
No sé por qué la gente abandonó el arte epistolar. Escribir es reencontrar, perpetuar, corroborar, eternizar.