La vida de unos y la muerte de otros

Debemos emerger de esta crisis de muerte como una sociedad por la vida más decididamente, y no aprovechar la persona de aquellos los más pequeños y vulnerables miembros de la familia humana.


Ciencia y vida


(Nota: El presente artículo fue escrito al leer una publicación del autor Christopher Tollefsen, profesor distinguido de Filosofía en Colegio de Ciencias y Artes, Universidad de Carolina del Sur, EEUU.)

En estos tiempos que estamos viviendo, todos quisiéramos saber más sobre lo que pasa y lo que nunca antes había pasado, y cómo se resolverá el problema de la pandemia. ¿Será mediante una vacuna? O, ¿se controlará por otro método? O, ¿se llegará a una solución segura o se prolongará? Creo que todos nos hacemos las mismas preguntas y rezamos porque esto termine lo más pronto posible.

Pero, ¿nos hemos preguntado si la solución se debe hacer a toda costa, sin barreras y sin pensar más que en que algunos deben vivir mediante la muerte de otros?

Comencemos por decir que el uso en la investigación médica de tejido fetal proveniente de seres humanos abortados tiene como objetivo la salud de unos, mediante la destrucción de la vida y la salud de otros. Esto es incompatible con las responsabilidades fundamentales de la medicina. Por tanto, es necesario que afirmemos nuestros principios éticos con más firmeza que nunca para enfrentar esta crisis global.

Una de las personas que ha levantado la voz es el obispo católico Joseph E. Strickland de la ciudad de Tyler en Texas quien escribió una Carta Pastoral sobre el Desarrollo Ético de la Vacuna COVID-19 (//stphilipinstitute.org/wp-content/uploads/2020/04/Letter-on-Development-of-COVID-19-Vaccine.pdf). A la vez, convoca a legisladores a elaborar legislación que establezca la naturaleza inmoral de cualquier uso de los restos de bebés abortados para investigación.

El obispo Strickland insistió en que él personalmente ha hablado con científicos que le han asegurado que no existe ninguna necesidad médica para “usar” cuerpos de bebés abortados para desarrollar la tan necesaria vacuna para protección de esta especial cepa del coronavirus.

Afortunadamente, existen otros medios disponibles que pueden ser tan efectivos en el desarrollo de vacunas, como células umbilicales, células de placenta, células madre adultas y otros recursos, incluyendo algunos provenientes de insectos que pueden conducir a llegar a producir una vacuna.

El papa san Juan Pablo II en su Encíclica Evangelium Vitae advirtió del creciente choque entre la cultura de la vida y muerte, afirmando que “la matanza de creaturas humanas inocentes, aunque sirvieran de ayuda a otros, constituye un acto absolutamente inaceptable.”

Por otra parte, el papa emérito Benedicto XVI en su Respeto a la Vida de 1987, advierte claramente que “lo que es técnicamente posible no lo es por esa misma razón moralmente admisible”. Sin embargo, estas súplicas pontificias han sido ignoradas.

La controversia sobre la investigación en tejido fetal, especialmente cuando esa investigación proviene de abortos opcionales, ha sido calificada como un asunto que enfrenta a la religión contra la ciencia. En este marco, se propone una manera de concebir a la religión como opuesta a la razón y asume que las objeciones al aborto están fundamentalmente basadas en la religión. Pero la verdad es que la humanidad del niño no-nacido está claramente establecida por la ciencia.

Hoy la ética es enfrentada a los imperativos del progreso de la ciencia. Pero ésta ha sido en sí misma una práctica gobernada por la ética, comprometida a genuinos bienes humanos y a normas morales respecto a la honestidad e integridad de la investigación; en este respecto, la ética es una parte de la “buena ciencia”.

Se ha dicho por otra parte, que la ciencia es profundamente social, no sólo metodológicamente, ya que la ciencia emerge, da forma y es formada por la mayoría de la comunidad de la que forma parte. Por tanto, los científicos tienen obligación hacia la gran comunidad sin quienes, por supuesto, no habría tal cosa llamada ciencia contemporánea.

Poner la ciencia en contra de la moralidad, en lugar de ver a la ciencia ética como una mejora de la práctica ética, es un punto de vista prejuiciado.

Científicos que están dispuestos a “no detenerse por nada” y de buscar el éxito “a cualquier costo”, o a poner el fin científico por encima de cualquier medio ético, son claramente malos científicos. Lo mismo sucede con científicos que se ven a sí mismos como opuestos a las normas de la gran comunidad “ética” de la que, a su vez, forman parte. Por tanto, el esfuerzo por asegurar que la ciencia sea ética es prociencia, sin duda alguna.

Aquí vemos claramente el error cuando llegamos al punto en que se dice que los intereses éticos y la investigación en tejidos fetales se oponen a los objetivos de la medicina. El esfuerzo por desarrollar una vacuna contra el COVID-19 debe ser un esfuerzo científico, pero tomando en cuenta el límite entre la ciencia y la medicina. La retórica de los que están a favor es: cura, paciente, terapia, etc. Pero ¿está esto a favor verdaderamente de la medicina moderna?

Lo anterior crea un falso marco. Acudimos a san Agustín para esclarecernos las ideas. Él decía que líderes religiosos, comprometidos al bien de la verdad (y por supuesto de la Verdad), no deben mentir por servicio de su objeto, y mucho menos, socavar los fundamentos de su causa. De este modo, vemos más claramente por qué los médicos no deberían apoyar medidas contrarias a la salud, en su búsqueda…por la salud.

Esto es exactamente lo que involucra el uso de tejido fetal de seres humanos abortados: declara la posible salud de algunos, mediante la deliberada destrucción de las vidas y la salud de otros. Esto es incompatible con los deberes fundamentales de la medicina, y por tanto, no es sorpresivo encontrar médicos y enfermeras en el frente de la oposición a la investigación en tejido fetal en recientes décadas.

Estamos en medio de una crisis sin precedente. Éste es el tiempo en que los principios éticos, aunque sean puestos a prueba, deben quedar aún más firmes.

El profesor en Filosofía del Derecho Pedro Serna (Univ. de A. Coruña, España) afirma que, los atentados contra la vida específicos de nuestros tiempos se efectúan en nombre de la libertad y pretenden la autorización y ayuda del Estado.

El aborto y la eutanasia encuentran apoyo en una acción social de muy amplias dimensiones, a esto se refiere san Juan Pablo II cuando habla de la “sociedad de excluidos” en su encíclica mencionada. Tal exclusión se manifiesta en los ámbitos más diversos, pero afecta principalmente a quienes dejarán de vivir para garantizar el bienestar o la libertad de otros.

Ello implica un retorno a la barbarie: negar a los débiles el derecho a la vida, anteponiendo la libertad de los fuertes, supone introducir la fuerza como patrón de la convivencia. Suprimir el reconocimiento universal de los derechos humanos, concretamente el de conservar la vida, aún del no-nacido, significa sustituir el Derecho por la violencia, lo cual representa una forma radical de injusticia, en el doble sentido de trato desigual y trato inadecuado, antinatural, respecto a las exigencias del ser del hombre.

Debemos emerger de esta crisis de muerte como una sociedad por la vida más decididamente, y no aprovechar la persona de aquellos los más pequeños y vulnerables miembros de la familia humana.

 

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* Las opiniones expresadas en esta columna son de exclusiva responsabilidad del autor y no constituyen de manera alguna la posición oficial de yoinfluyo.com

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