El mito del mexicano haragán

La imagen del mexicano haragán que duerme junto a un cactus mientras los demás trabajan es algo tan falso como decir que la luna es de queso.


Mexicano haragán


Si consultamos en el Diccionario de la Lengua Española el significado de la palabra “haragán”, habremos de encontrarnos con que se refiere a todo aquel que, por ser perezoso y holgazán, rehúye el trabajo.

Durante décadas se ha difundido no solamente en México sino en varios países del mundo la imagen del mexicano haragán.

Un mexicano haragán que suele representarse con un tipejo que, cubierto con un jorongo y con un enorme sombrero tapándole el rostro, descansa junto a un cactus.

¿Qué tanto corresponde a la realidad una imagen que se ha convertido en una especie de logotipo?

Desde luego que sentimos cómo se nos aprieta el corazón cuando vemos un grupo compuesto por un hombre, una mujer y varios pequeños suplicando una limosna mientras, a duras penas, pronuncian en castellano la siguiente frase: “Taco, señor, taco…”.

Esa situación de evidente miseria… ¿Es debida a que son haraganes? ¿No habrá que buscar en otra parte la causa de dicha miseria?

Ni duda cabe que son campesinos de origen humilde… ¿Por qué no se quedaron en su pueblo natal cultivando la tierra? Al menos allá podrían contar con los elementos básicos para subsistir.

Es aquí donde se presenta una faceta digna de estudiarse a fondo: La miseria del campesino no es debida a su indolencia sino más bien a que, allá en su terruño, no cuenta con las garantías básicas para salir adelante.

Y es que de nada sirve trabajar como esclavos de sol a sol, sí cuando está a punto de levantarse la cosecha, se presenta el comisario ejidal y lo despoja. Y peor aún si son grupos de delincuentes que le roban el fruto de su trabajo.

Por eso es que los campesinos huyen, abandonan la tierra y se refugian en los barrios periféricos de las grandes ciudades formando cinturones de miseria que –más temprano que tarde– se convierten en nidos de delincuentes.

Por eso es que miles de campesinos huyen, cruzan la frontera y trabajan en los Estados Unidos, aunque tengan la categoría de ilegales. Es entonces cuando cambia radicalmente su situación.

Será allá, al otro lado de la frontera, donde el mexicano saque la casta puesto que –al contar con las mínimas garantías– habrá de trabajar con gusto, ahorrar dinero, llevarse a sus familiares que aquí quedaron y –cuando puedan hacerlo– enviar remesas que mucho alivian a nuestra maltrecha economía.

Todo esto nos demuestra que la gente habrá de progresar de manera natural siempre y cuando le ofrezcan las mínimas garantías.

Y no hace falta irnos al extremo de los migrantes que envían remesas.

Basta con ver la gran cantidad de vendedores ambulantes que ofrecen sus mercancías a pleno sol. Auténticos empresarios que, literalmente, se rifan el pellejo para sacar adelante a sus familias.

Cuando se decretó el estado de alarma debido a la pandemia del COVID-19, fueron miles quienes a los pocos días andaban vendiendo cubrebocas y también frascos sanitizantes.

Incluso cuando se han dado marchas de automovilistas protestando contra la mala administración de AMLO, hemos visto ambulantes diciéndoles a los conductores que, a cambio de unos cuantos pesos y en unos cuantos minutos, les pintarán en el coche la frase de protesta que más sea de su agrado. El ingenio que nace de la necesidad.

Todo lo anterior nos hace llegar a la siguiente conclusión: En el momento en que exista un clima de plena seguridad jurídica y económica, nuestros campesinos ya no abandonarán sus tierras, nuestros compatriotas ya que no emigrarán y –lo más importante de todo– se verá cómo miles de pequeñas empresas brotarán por doquier alimentando a millones de mexicanos.

Así pues y resumiendo: La imagen del mexicano haragán que duerme junto a un cactus mientras los demás trabajan es algo tan falso como decir que la luna es de queso.


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* Las opiniones expresadas en esta columna son de exclusiva responsabilidad del autor y no constituyen de manera alguna la posición oficial de yoinfluyo.com

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