La Nao de la China

La Nueva España se proyectó no solamente como nación importadora sino también como nación exportadora tanto comercial como cultural.



Durante varias semanas mucho ha dado de que hablar la firma del T-MEC (Tratado México, Estados Unidos y Canadá) que regula las operaciones mercantiles entre los tres países más importantes de América del Norte.

Un Tratado que si se aplica con espíritu de justicia y equidad mucho puede contribuir al progreso económico de la región.

Sin embargo, con nostalgia vemos como hubo un tiempo en que México –debido a su privilegiada posición geográfica– desempeñó un papel importantísimo dentro del comercio internacional.

Nos referimos a la época de la legendaria “Nao de la China”, de la cual hablaremos brevemente en esta ocasión.

La “Nao de la China” fue el protagonista principal del tráfico ininterrumpido que, durante 250 años, mantuvieron las naciones más importantes de aquellos años.

Fue a través de dos puertos mexicanos –Acapulco y Veracruz– que se mantuvo un floreciente tráfico comercial entre Europa, América y el Lejano Oriente.

Era la época en la cual quienes hoy son potencias marítimas –Inglaterra, Japón y los Estados Unidos– ni siquiera soñaban con asomarse a la azul inmensidad del Océano Pacífico.

Sin temor a equivocarnos, podemos afirmar que, desde mediados del siglo XVI hasta inicios del siglo XIX, las Islas Filipinas fueron más una colonia de México que de la misma España. Esto era debido a que su único contacto con la Metrópoli era precisamente a través de nuestro país.

Las Islas Filipinas dependían administrativamente del Virreinato de la Nueva España y su economía estaba supeditada tanto a la plata que México les enviaba anualmente como al comercio de los galeones.

Durante un cuarto de milenio, se llevó a cabo el intercambio comercial más productivo de su tiempo.

La Nueva España se proyectó no solamente como nación importadora, sino también como nación exportadora tanto comercial como cultural.

Una vez que España, gracias a la proeza realizada por Miguel López de Legazpi y fray Andrés de Urdaneta, incorporó a su imperio el archipiélago filipino, el comercio entre Asia y México floreció a través de la nueva colonia.

Filipinas era un trozo de Hispanidad perdido en aquellos mares lejanos. Su único contacto era con la Nueva España y en ir y venir tardaban cerca de un año.

Millones de monedas de ocho reales (8 R) o “pesos” mexicanos de plata se embarcaban en galeones desde Acapulco y desde ahí se esparcía hasta el África Oriental y las costas de Asia, especialmente China.

El peso mexicano, acuñado para circular en Filipinas, no solamente fue base para el intercambio comercial con Asia, sino que fue aceptado para sus transacciones por naciones europeas. Hubo un tiempo en que fue la moneda metálica que tuvo mayor circulación en el comercio mundial.

El caso es que la principal beneficiaria de los 250 años del comercio del también llamado “Galeón de Manila” fue China puesto que recibió una enorme cantidad de plata de la cual carecía.

Ahora bien, desde Acapulco la Nao –aparte de plata– llevaba café, vainilla, azúcar, funcionarios, misioneros y soldados; por su parte, desde Manila, llegaban especiería, sedas, porcelanas y marfiles.

Dentro de la línea de marfiles, destacaron las esculturas que –por la calidad de su talla y belleza de su material– fueron muy apreciadas entre la sociedad novohispana.

Aparte de lo anterior, a bordo de aquellos galeones, viajaron también usos y costumbres que arraigaron tanto en México como en Filipinas.

En la Nueva España se quedaron las peleas de gallos con navajas, los fuegos artificiales y el papel picado.

A las Filipinas llegaron libros e imprentas que difundieron la cultura occidental y cristiana. Como dato curioso diremos que el español que aún se habla en algunas partes de Filipinas es el español de México, tanto así que por aquellas islas aún subsisten muchos de nuestros modismos.

Recapitulando: Desde Asia llegaban a Manila mercancías para desde allí embarcarlas con rumbo a Acapulco. Una vez en este puerto mexicano, las trasladaban a Veracruz para desde ahí enviarlas a España.

Todo terminó en 1813 cuando las Cortes de Cádiz expidieron un decreto suprimiendo el tráfico de la “Nao de la China”.

Decreto que en México se hizo efectivo dos años después.

Fue así como, en marzo de 1815, el último “Galeón de Manila” levó anclas enfilando su proa hacia donde el sol se oculta.


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