Esmeralda, Cuasimodo y la catedral de Notre Dame

Vicios y virtudes, actos heroicos y actos de cobardía se enfrentan entre sí para dar lugar a una de las más emocionantes historias de todos los tiempos.


Nuestra Señora de París


A raíz del incendio que consumió gran parte de la catedral de Notre Dame el pasado mes de abril, el público acudió a las librerías a comprar una novela que, desde hace casi dos siglos, se ha convertido en un clásico de la literatura francesa: Nuestra Señora de París.

Dicha novela, ambientada en el París de la segunda mitad del siglo XV es obra de Víctor Hugo quien la publicó en 1831 y que, junto con Los miserables, le hizo famoso en el mundo entero.

Aunque en la novela los dos principales personajes parecen ser Esmeralda y Cuasimodo, la verdad es que quien hace que toda la trama gire en torno suyo es precisamente la catedral de Notre Dame.

El deforme Cuasimodo –jorobado, tuerto, sordo y deforme por dondequiera que se le vea– se ha enamorado de la gitana Esmeralda y, con tal de salvarla de una injusta sentencia que la enviará a la horca, es capaz de todo.

A través de las páginas del que es ya un clásico no solamente de la literatura francesa sino de la literatura universal, desfilan una serie de personajes que dan vida a los más distintos tipos humanos a la vez que en ellos se reencarnan vicios y virtudes.

Una novela en la cual Víctor Hugo, aprovechando que su personaje Cuasimodo es el campanero de Notre Dame, se apoya en el deforme jorobado para hacer una exacta e interesante descripción de uno de los más famosos templos de la Cristiandad.

Una historia que narra el terrible dolor de una madre que ve como le roban a su pequeña hija, como vuelven a encontrarse y lo que a continuación ocurre…

Una historia en la cual se pinta con los colores más patéticos como fue evolucionando hasta deformarse por completo quien al principio había sido un clérigo virtuoso y ejemplar.

Y todo porque dicho clérigo no supo controlarse y, al no tener dominio sobre sus bajas pasiones, la lujuria lo transformó en un ser ruin y despreciable.

Vicios y virtudes, actos heroicos y actos de cobardía se enfrentan entre sí para dar lugar a una de las más emocionantes historias de todos los tiempos.

Y en medio de la historia el infeliz Cuasimodo quien –a pesar de que sabe que Esmeralda no corresponde a sus sentimientos– hace hasta lo imposible para salvarla de la horca.

Y a lo largo de la historia, como telón de fondo, la imponente catedral de Notre Dame que –como antes dijimos– es la auténtica protagonista.

Ahora bien, en otro orden de ideas, deseamos expresar nuestra opinión acerca de dicha obra. Desde luego que no ponemos en duda ni su gran calidad literaria ni el estilo vivo con que Víctor Hugo capta la atención de sus lectores.

Sin embargo, como militante que era del liberalismo, Víctor Hugo no desaprovecha ni la más mínima oportunidad para hacer gala de su ideología.

Y es así como, en cuanto se le presenta la ocasión, ataca la profunda religiosidad que se vivía durante la Edad Media a la vez que le asigna el papel de villano principal a un sacerdote.

Tomando en cuenta que tanto los personajes como el desarrollo mismo de la novela son creación exclusiva del autor… ¿Por qué tenía que ser precisamente un sacerdote el personaje más ruin de la obra? ¿Acaso, dentro de su fecunda imaginación, no podía haberle asignado dicho papel a otra persona bien fuese un soldado, un usurero prestamista e incluso un poeta?

El hecho de que en la novela Nuestra Señora de París le haya asignado un papel tan vil precisamente a un sacerdote es una muestra clara de la ideología anticlerical del autor.

Una ideología que hunde sus raíces en los enciclopedistas del siglo XVIII (Diderot, Voltaire, Montesquieu, etc.) que si por algo se caracterizaron fue por su marcado odio contra la Iglesia.

Un odio que primeramente se manifestó en la persecución y asesinato de infinidad de sacerdotes durante la Revolución Francesa, así como en el nacimiento y consolidación del Liberalismo, uno de cuyos más vehementes seguidores fue precisamente Víctor Hugo.

Una ideología liberal que, como bien definiera el papa León XIII, es la más perversa de las doctrinas.

 

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