A propósito de la hispanidad

Por lo que se refiere a la conquista, México les debe a los indígenas la victoria sobre la cultura de la muerte que sostenía a los mexicas.


Hispanoamérica


1492 empieza por un cañonazo,

en Granada que repercutirá en

todo el continente, cambiando

incluso la concepción que éste

tenía de sí mismo.

-Jacques Attali-

“1492 empieza, simbólicamente, por la europeización del cristianismo”, dice Jacques Attali (1492, Fayard, París, 1991), filósofo francés al que no se puede acusar de cristiano, ni mucho menos. Se refiere el autor a la reconquista de Granada que culminó el 1 de enero de 1492 y, con ella, también la reconquista de España, de manos de los árabes. De esa obra y de otras que estudian la época, se puede concluir que la hispanidad es el hilo conductor de la cultura y de la civilización occidentales de los últimos cinco siglos. En el mismo libro, Attali advierte que el descubrimiento de América no es el choque de dos culturas, tampoco es el encuentro de dos mundos, sino: “el descubrimiento que hizo el hombre, de la otra parte de sí mismo.” De ese descubrimiento nace posteriormente el deseo de conquista y ésta trae consigo el mestizaje.

Sin embargo, no toda conquista tiene como resultado el mestizaje; este último es producto de la visión antropológica que tiene la nación que conquista. En el caso de Hispanoamérica, su mestizaje lo debe al concepto de ser humano que tenía España. Mientras que en lo que hoy es Estados Unidos los conquistadores ingleses y sus descendientes anglosajones decían que “el mejor indio es el indio muerto”, en Hispanoamérica se produjo el mestizaje junto con la colonización y la evangelización. Todo mestizaje, racial o cultural, siempre conserva un rasgo preponderante que, en el caso de Hispanoamérica, fue el europeo. El vigor de una cultura y de una raza se enriquece con otras con las que hace contacto y se mezcla; este es un fenómeno que existe desde el principio de los tiempos. España, ella misma mestiza, ha creado mestizajes en la mitad del mundo. Ella es un crisol de culturas, no solamente de las que hoy conviven en la península, y de las que hicieron su historia, sino de las que fueron formando su genio y su carácter propios.

México es quizás uno de los mejores ejemplos del mestizaje hispano-indígena, con todo lo que ello implica. España le dio el nombre de Reino de la Nueva España y luego, a su capital, el de México, porque México como país no existía. Lo que hoy es México era un conjunto de culturas y de pueblos, mestizos ellos también. Por lo mismo, no hubo tal cosa como “la conquista de México”. España le dio unidad a través de las leyes y de las instituciones que hacían posible gobernar tan extenso territorio (producto de la colonización de españoles, indígenas y mestizos) de una lengua común y de una religión. En pocas palabras, los europeos trajeron a estas tierras la cultura helénico-romana y la tradición judeo-cristiana.

No por nada, la Nueva España recibió de la corona el tratamiento de provincia de ultramar al ser constituida como reino, no como colonia. Un hecho fundacional del virreinato es la creación, en todo el territorio de la Nueva España (y de Hispanoamérica), de hermosas ciudades y pueblos, cosa nada común en aquellos tiempos. Además, en México se fundó la primera universidad de América; las primeras escuelas para niños y niñas indígenas, la primera biblioteca, la primera imprenta y otras valiosas instituciones culturales.

Pero todo ello no hubiese sido posible sin el concurso de los pueblos indígenas, en las muy variadas formas de enriquecer la cultura mexicana en todas sus expresiones. Por lo que se refiere a la conquista, México les debe a los indígenas la victoria sobre la cultura de la muerte que sostenía a los mexicas. De hecho, la gran paradoja de la historia de México es la que parece ser una historia al revés: la conquista de la gran Tenochtitlan la hicieron los indios (con la ayuda de los españoles) y la independencia los españoles (los criollos). Sin las alianzas con los pueblos indígenas, sometidos y aterrorizados por los aztecas, los españoles (cuando mucho 300 en número) no hubiesen podido derrotar a aquéllos. Por otra parte, la guerra de independencia no se llevó a cabo entre españoles y nativos, sino entre indígenas, mestizos, criollos y españoles, todos entre sí. Había de todo en los dos bandos. Fue una guerra fratricida, que terminó trágicamente pocos años después, pero no con la independencia de México.

La verdadera independencia se produjo once años después, en 1821, suavemente, sin derramamiento de sangre, con el liderazgo de don Agustín de Iturbide –criollo como casi todos los que lucharon por la libertad– creador de la bandera y forjador de la independencia de México.

Desgraciadamente, la contracultura de la hispanidad, originada en Inglaterra, Holanda y Francia creó la leyenda negra de la conquista, de la “colonia” y de la independencia. Es cierto que, como en toda conquista y colonización hubo abusos en la Nueva España y en Hispanoamérica, pero más cierto es que la hispanidad se defiende por sí sola, si nos dejamos guiar por la honesta búsqueda de la verdad histórica.

A pesar de las miserias y errores que acompañaron la formación de este maravilloso sub-continente, la grandeza de España y de la hispanidad se impone, frente a los policías de la historia. La hispanidad es el punto de referencia obligado para pensarnos como herederos y co-creadores de ese extraordinario mundo que es el de la hispanidad y, en él, el del occidente cristiano. Sin embargo, este incipiente renacer de pertenencia al mundo hispánico (y con él a todo el mundo) está en grave peligro, por la orientación antihispánica del nuevo gobierno. Si acaso la 4T quisiera dejar un legado verdaderamente profundo, debería esforzarse para hacer sentir en el mexicano el legítimo orgullo de pertenecer a un pueblo en el que puede y debe triunfar lo mejor de los cientos de pueblos que lo parieron.

La hispanidad, entendida como una condición vencedora sobre los prejuicios surgidos de la leyenda negra, se convierte en una visión incluyente, que se nutre de los valores universales que la originaron y que permite vislumbrar el verdadero sentido del futuro de México y de Hispanoamérica; pero todo eso es posible sólo si partimos de la comprensión de nuestro pasado y, a partir de él, emprendemos la reconciliación con nuestro presente.

 

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