El falso cristianismo de AMLO

El “cristianismo” de López Obrador es falso como una moneda de tres centavos, es una careta más que exhibe el mentiroso para confundir.


 


En muchas ocasiones López Obrador se ha declarado cristiano. ¿Qué tipo de cristiano? Católico, no es. Tampoco creo que pertenezca a alguna iglesia evangélica -por más que los evangélicos sean sus aliados políticos-, ni a alguna de las iglesias llamadas cristianas, porque no los representa, por lo menos no en la idea que sé que de Cristo tienen. Es, en todo, caso, uno de esos hombres a quienes les conviene autoidentificarse como cristianos, sin asumir las obligaciones y las responsabilidades que ello supone pero, eso sí, reclamando para sí, falsamente, todas las virtudes y los principios por los que se distingue el verdadero cristiano, católico o no.

Por otra parte, es importante preguntarse: ¿Tiene López Obrador a Cristo como modelo? Analicemos someramente su perfil. Dice identificarse con Cristo porque, según él, sus adversarios y algunos medios de comunicación lo han criticado, lo han molestado, casi (así lo cree él) lo han “crucificado” –¡ay! Cómo sufre-, y lo han atacado (“soy el presidente más atacado de la historia, desde Madero”) por defender a los pobres, dice él. La realidad tiene otros datos, porque con su política de falsa austeridad, y por no haber aplicado medidas de apoyo a las medias y pequeñas empresas, incluyendo las informales, mandó a la pobreza extrema a por lo menos 10 millones de mexicanos. López O. quiere tanto a los pobres que los ha multiplicado. Se siente torturado y crucificado por los conservadores, por los neoliberales, por los fifís, por los intelectuales, por los abogados, por los empresarios –por supuesto aquellos que no son sus amigos, porque a estos les asigna contratos sin licitación- (corrupción), por los jueces, por los medios de comunicación (que no le aplauden), y por los enemigos que logre acumular esta semana.

¿Qué pensaba López Obrador que significaba ser presidente? ¿Coser y cantar? Dijo, al principio de su mandato, que “ser presidente realmente no es tan difícil”. Esa sola expresión revela su distanciamiento de la realidad, casi esquizofrénica. Ciertamente, gobernar no debe ser tan difícil si no se hace nada de lo que debe hacer un presidente. Si no se tiene ni la más remota idea de lo que el fin de la política significa: procurar el Bien Común. Resulta fácil gobernar cuando gran parte de su tiempo lo usa el presidente en quejarse de lo mal que, dice, le dejaron el país los gobernantes anteriores. ¿No es cierto –dicho por él mismo- que recorrió dos veces el país, de cabo a rabo? ¿No conoció entonces los problemas del México profundo? Me temo que esos viajes por todo el país no le sirvieron de nada; fueron en realidad viajes de turismo electoral, no de exploración de la realidad, sino, no se lamentaría de lo malo, de lo que no quiso o no pudo ver; nada le sorprendería o, de otra forma, solamente vio lo que quiso ver. Lo que bien hizo fue rodearse de la gente sin amar al pueblo. A este solamente lo ha usado para sus mezquinos intereses de poder.

Un candidato a presidente, en cualquier país del mundo, debe conocer muy bien cuáles son las dolencias del país que quiere gobernar porque, echar culpas ajenas de lo malo que se encontró, o que inventó, sólo revela que no sabe para qué quería ser presidente, o que no sabe lo que significa ser y hacer gobierno, o que su idea nunca fue la de servir al país para que, con el concurso de los ciudadanos, que son los que realmente mandan en un régimen democrático, hacer de México un mejor lugar para vivir. Nada de eso ha hecho. No ha sido un buen presidente, ni siquiera ha sido autoridad. Auctor, auctoritas, significa “hacer crecer”. Quiere decir que, quien realmente tiene autoridad, hace posible que los seres humanos a él (o a ella) confiados sean impulsados a crecer en bienestar material y espiritual. Significa que la autoridad sirvió como instrumento para el crecimiento material y espiritual de la comunidad. Que terminado su mandato, la comunidad (también se aplica a la familia, a la empresa, etc.) es mucho mejor que cuando decidió que podía servirla. Esto dicho, se entiende fácilmente que López O., autoridad, no es. Sería muy bueno, aunque casi imposible, que el Presidente estudie, ya que se dice cristiano, las encíclicas sociales de los papas que han definido claramente las responsabilidades de un político cristiano.

Llegados aquí, no puedo evitar contar una anécdota, de las muchas que viví, en mi confrontación con López Obrador siendo él Jefe de gobierno del DF y yo Presidente de la Comisión de Hacienda de la Asamblea Legislativa del DF. Los hechos son estos: cuando se estaba planeando el segundo piso del periférico, lo fui a ver a su oficina acompañado de algunos diputados de la Comisión que yo presidía (este encuentro se repitió varias veces). Lo quise convencer de cancelar o posponer la gran obra, argumentando que había (y sigue habiendo) otras necesidades, notablemente las de los más pobres de las delegaciones más pobres, que me constaba que carecían de agua potable, de servicios educativos, de transporte de calidad y hasta de drenaje. Le mostré mapas y datos duros. Como ha sido su costumbre, me salió con que él tenía otros datos. Le repliqué que el segundo piso me convenía a mí, a mi familia, y a gran cantidad de habitantes del sur, porque podríamos trasladarnos fácilmente a nuestros lugares de trabajo o de domicilio, pero que prefería yo (y los diputados que me acompañaban) destinar ese dinero a los más necesitados. Nada lo movía. Todavía intenté convencerlo (pensando que era un hombre de buena fe), aludiendo a su lema de campaña, “por el bien de todos, primero los pobres”, y contrastándola con la imagen, ciertamente chocante, de darle paso a “su majestad el automóvil”, con todo lo que ello implicaba. Fue inútil. Ahí lo dejo. Ya saben ustedes, amables lectores, el desenlace; quizás no sepan la otra cara de la moneda: los pobres de la ciudad siguen sin agua potable, sin drenaje, sin transporte de calidad (no se les olvide la tragedia de la Línea Dorada), etc.

¿Podríamos decir que su paso por el gobierno en el DF lo hizo el clave cristiana? NO. ¿Y el gobierno de la República, confiado en este sexenio a él? NO. Es muy fácil dar dinero que no es propio a los ancianos o a los ninis. Eso no es cristianismo, por más que López Obrador haya querido compararse con Cristo en muchas ocasiones. Nadie en esta tierra puede ni debe compararse con Cristo; eso no deja de ser blasfemo. Seguramente ha oído hablar de Jesucristo, como todo el mundo, y cree que aparentar humildad lo hace parecerse a Él. ¿No que iba a transportarse en un humilde Jetta y no en esas ostentosas camionetas “porque el pueblo me cuida”?, y que iba a vivir en una modesta casa, “no en Los Pinos, porque es una mansión que es un insulto para los pobres”. Pero el pobre dios de los pobres no resistió la tentación de viajar en esas ostentosas camionetas negras (además con escoltas), ni en vivir en un palacio, nada menos que en el palacio que construyeron y vivieron los vituperados (por él) virreyes de la Nueva España. ¡Vaya incongruencia! Cristo dijo: “Aquél que quiera ser el mayor de entre vosotros, que sea vuestro servidor, y quien quiera ser el primero, que sea vuestro esclavo” Mt. 20, 17-28.

Si López Obrador. quisiera darse una idea, siquiera remota, de lo que Cristo sufrió por nosotros (por todo el género humano), y por él mismo, aunque no lo crea, debería leer el Evangelio de San Juan (por ser el más claro de los cuatro) o, por lo menos, ver la película de Mel Gibson “La Pasión”. Entendería que, compararse con Cristo, es realmente ciego y blasfemo. Si acaso quisiera imitar -que no es lo mismo que compararse- a Cristo, no debería mentir, como miente todas las mañanas. “Si vosotros permanecéis fieles a mi palabra, vosotros seréis realmente mis discípulos; entonces coneceréis la Verdad, y la Verdad os hará libres” (Jn. 8, 31-42).

Cristo se hizo hombre, se encarnó en María, para redimir a todos los pecadores (todos lo somos) y ciertamente manifestó, en su vida terrenal, una predilección por los pobres. Sin embargo, no vino a predicarles sólo a ellos ni murió en la Cruz sólo por salvarlos a ellos, ni les hizo milagros sólo a ellos. “Porque a los pobres siempre los tendréis con vosotros” (Juan 12, 8). Jesucristo vino para los ricos y para los pobres, para las clases medias y bajas, para los fifís y los chairos, para los empresarios y los trabajadores, para los campesinos y los comerciantes. En las Bodas de Caná, por intervención de su Santísima Madre, convirtió el agua en vino –seguramente el mejor vino que se haya bebido en la historia de la humanidad-, no en agua de Jamaica ni de horchata, en una boda que debió haber estado muy divertida, tan es así que se había acabado el vino muy pronto. El vino bíblico significa amor en abundancia. También, en el milagro de la multiplicación de los peces y de los panes, debemos recordar que después de dar de comer a 5,000 personas, hasta saciarse, sobraron siete canastas de comida. Abundancia.

El “cristianismo” de López Obrador es falso como una moneda de tres centavos, es una careta más que exhibe el mentiroso para confundir. Pero, no solamente es falso porque es incongruente, es falso porque su actitud es contraria al Evangelio. En lugar de promover, ya no digamos el amor al próximo, y ni siquiera el respeto a la dignidad del prójimo, se ha dedicado en toda su vida –porque no es de ahora, aunque ahora es más virulento- a humillar, a acosar al que no lo sigue de manera servil. Se ha dedicado a humillar al que no piensa como él. A acusar sin pruebas al que cree que es su adversario. Digamos que López Obrador no solamente no es cristiano, sino todo lo contrario. En el hebreo bíblico, a Satanás se le llama “el acusador”; su triunfo es sembrar la división entre los hombres y la envidia es parte esencial de su obra, envidia que se define como la tristeza por el bien ajeno. ¿Qué nunca supo López Obrador que Cristo vino a enseñarnos la unión, la comprensión, el amor entre los seres humanos? Si es cristiano, ¿cómo es que no sabe que el mandamiento supremo de Cristo es amar a Dios sobre todas las cosas y al prójimo como a sí mismo? ¡¿Y que el prójimo también es el enemigo?!

 

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