Examen de conciencia, en mi hogar

Es necesario reconocer si exijo que los demás me atiendan, me entiendan y me ayuden. O estoy tratando de entender lo que les sucede a los demás, de atenderlos, de ayudarlos.


Convivencia aislamiento


Ha transcurrido suficiente tiempo de encierro en la casa como para haber pasado por una amplia gama de estados de ánimo y de reacciones de todo tipo. Al principio tal vez las disculpamos, más adelante ya no podemos hacer lo mismo porque también tenemos la experiencia de lo que hemos provocado en los demás, que sufren del mismo modo.

Conviene que en este enclaustramiento oigamos a nuestra conciencia. Es un reducto profundo que nos juzga comparando nuestros actos con los auténticos valores y llamándonos a practicar el bien. La conciencia es exigente, hecha a nuestra medida. Nos muestra el alto nivel al que estamos llamados, en teoría nos orgullecemos, en la práctica escatimamos el esfuerzo. La conciencia espera lo mejor pero no acepta rebajas ni se sorprende ante nuestras justificaciones. Es implacable busca nuestro bien. No cede.

Sabe de nuestra capacidad de encontrar atenuantes, de reducir el esfuerzo, de relajarnos, de tender a la comodidad, y no lo acepta. No la podemos manipular porque estamos llamados a superarnos. Es por nuestro bien. Es el mejor recurso que tenemos, pero tratamos de escapamos, cuestión imposible porque está en lo más íntimo. Más nos vale hacerle caso y éste es el tiempo.

En primer lugar, se necesita absoluta sinceridad para responder las preguntas que nos hagamos. Se trata de reconocer para corregir lo que haga falta. No vamos a quedar bien con nadie. Es mi yo frente a mí, sin maquillaje.

Para empezar, es necesario reconocer si exijo que los demás me atiendan, me entiendan y me ayuden. O estoy tratando de entender lo que les sucede a los demás, de atenderlos, de ayudarlos. Si es lo primero, hemos de cambiar porque estamos poniéndonos en el centro, es la base del egoísmo. Tiende a crecer y a dificultar las relaciones. Incluso a romperlas.

Lo mejor es tratar de entender a quienes nos acompañan. Ayudarles es el mejor modo de mejorar las relaciones, ellos mismos sentirán la necesidad de corresponder a una ayuda generosa. Siempre las buenas acciones promueven otras buenas acciones. Entonces elevamos el interior de todos, porque nos conmueve la atención que nos prestan.

De esta manera, el clima interior de cada persona se inclinará a corresponder y a colaborar. Esto eleva el modo de tratarse. Eleva nuestros sentimientos y vemos claramente lo que no hemos afrontado bien, nos avergonzamos y deseamos cambiar para bien.

Palparemos que el bien es difusivo. Es un modo de frenar los comentarios difundidos en los medios: después del confinamiento se acrecentarán los divorcios… Si se dice en broma, es de muy mal gusto. Si responde a la respuesta a pleitos, malos entendidos y distanciamiento, es el momento de frenar y evitar esas falsas soluciones que acarrean mucho sufrimiento y males mayores.

Es bueno reconocer el egoísmo, es bueno rectificar. Pero no basta con una sola ocasión. Esto lo hemos de tener presente muchas veces a lo largo del día, muchas veces siempre. Solamente así se minimizará esa tendencia que no desaparece nunca.

Si fuera el caso, si descubrimos que una relación se ha fracturado gravemente, como seguimos en confinamiento, eso que nos parece tremendo, podemos enfocarlo desde la oportunidad de rehacer. Si lo hemos visto con claridad, aunque estemos seguros que la otra parte tiene la mayor culpa, siempre la magnanimidad derrite corazones.

La sorpresa que causamos al pedir perdón cuando no nos corresponde, hace que la otra persona, ante lo inesperado se conmueva y abra un resquicio. Este es el inicio de un reencuentro. Aunque más que nunca hace falta prudencia y paciencia para no acelerar el proceso. Dar tiempo a la otra persona para que los resultados cambien para bien con una base sólida.

Después de este primer paso de combatir nuestros modos de ser egoístas, podemos pensar en el modo de satisfacer las necesidades básicas, y en tercer lugar hacer planes de esparcimiento.

Para las necesidades básicas, revisar cómo ponemos orden en los espacios y con los objetos de uso personal. Se trata de ir siempre por delante. Luego revisar el modo de mantener en su lugar los objetos de uso común. Para ello compartir la idea y distribuir las responsabilidades, advirtiendo que se deben evitar comentarios peyorativos o dar a conocer lo que otros hacen mal.

Estas tareas pueden redistribuirse periódicamente para que todos participen y colaboren. También para ayudar a todos a mejorar su sensibilidad. Además de usar adecuadamente los objetos está el amplio campo de la limpieza de la casa y de la preparación de alimentos. Para buscar ideas para hacerlo mejor se tienen muchos contenidos en las redes de información. O pedir sugerencias a los amigos.

Para los planes de esparcimiento, además de lo que a cada quien se le ocurra, aceptar todas las propuestas, así nadie se sienta excluido, o piense que no tiene capacidad de aportar en este campo. Los medios tienen muchos programas, aunque tampoco conviene que sean el único recurso porque se fomenta la pasividad.

Por lo tanto, es aconsejable, fomentar el diálogo, que compartan experiencias que les hayan impactado, que digan cómo o con quién las vivieron, cómo las aprovecharon. Es la oportunidad de profundizar en el conocimiento mutuo. Leer libros y contarlos a los demás, es otro modo de multiplicar la cercanía a tantas publicaciones que de otra manera no podríamos conocer.

Siempre que alguien abre la puerta a las iniciativas, descubre la capacidad enorme que todos tienen y que no han podido manifestar. Pues que no perdamos esta oportunidad que, por ser tan extraordinaria, no se repetirá.

 

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