Familia y sociedad

Los problemas de masificación no se dan en familia porque cada uno es quien es y así es posible el desarrollo de la responsabilidad.


Unidad familiar


Cuando la familia tiene solidez los beneficios para las personas que la integran son innegables: en primer lugar, son seguras pues se saben queridas; las esperan, se preocupan si se encuentran enfermas o comparten sus preocupaciones como puede ser encontrar trabajo o si tienen puestas sus esperanzas en algo los parientes sufren o se alegran. Esto indudablemente forja a personas seguras y solidarias porque aprenden de esos ejemplos.

Este perfil de personas resulta muy deseable en cualquier sociedad. Ante cualquier desajuste, los miembros de la familia son los primeros que ponen medios para que la persona recupere la serenidad y escuche consejos que sabe son desinteresados. Allí se recupera la serenidad y nunca los desahogos afectan gravemente la paz.

En una familia bien avenida se cuida a los ancianos, los mayores jubilados están pendientes de los niños cuyos padres salen a trabajar fuera del hogar, unos y otros están pendientes del horario en que acostumbran estar fuera o en la casa y, si hay alguna irregularidad, de inmediato buscan la información adecuada para resolver situaciones indeseables.

Los miembros de una familia lo son también de la sociedad, por eso, a la sociedad le debe interesar la buena marcha de las familias, aunque también la sociedad ha de apoyar a las familias con los recursos que ellas no tienen.

Las estadísticas muestran que hay más salud y esperanza de vida en quienes tienen una familia estable porque disminuyen las enfermedades mentales, la violencia, el alcoholismo y la drogadicción. Los resultados académicos son mejores y son menos frecuentes los embarazos de adolescentes. Por supuesto, bajan los índices delictivos porque se conocen mejor el tipo de amigos y los lugares que frecuentan.

Si proliferan los divorcios, las cargas económicas se multiplican, simplemente porque se duplican o triplican las rentas, las prestaciones sociales, los costos de los litigios, la acogida de menores, etcétera, etcétera. El sufrimiento de las rupturas familiares provoca reacciones de indisciplina, que cuando se vuelven hábito llevan a la infracción de leyes.

Cuando uno de los progenitores se queda al cuidado de la prole y el otro se desentiende, este ejemplo puede provocar en los hijos la forma de evadir las obligaciones, con lo cual habrá ciudadanos problemáticos. De todos modos, aunque deseen atender bien a los hijos, las dificultades aumentan cuando no viven bajo el mismo techo. Y se agravan cuando se dan nuevas uniones en uno o en los dos progenitores, porque los nuevos compañeros preferirán a sus hijos si los hay.

Lógicamente ante nuevas parejas, la estabilidad familiar ya no es tan sólida, y se provocan más dificultades para el bienestar material y, sobre todo para lo afectivo. En estas circunstancias el cuidado de los ancianos o de los enfermos ya no se garantiza. Los valores éticos, religiosos y culturales se difuminan. Las cuestiones económicas se enredan cuando hay herencias Los asuntos laborales se complican al señalar los puestos de trabajo, si se trata de una empresa familiar.

Ante este panorama, en la sociedad aumentan los problemas porque al perder la cercanía de los progenitores, también se pierden los consejos para un buen desempeño laboral. Las inversiones en educación ya no se aplican de la mejor manera, y es necesario aumentar las políticas de prevención o de corrección. En definitiva, se desequilibra el costo beneficio y aumenta el círculo vicioso de pobreza.

Con una juventud problematizada por la inseguridad familiar, los jóvenes tenderán a bajar su autoestima y, por lo tanto, bajará la creatividad para desempeñar el trabajo y aumentará la falta de compromiso, el desempleo, la productividad, la violencia y la delincuencia. La sociedad tendrá que afrontar aumentos de subsidios por desempleo, disminución de ingresos por impuestos y desaprovechamiento de las capacidades.

Los hijos que viven la experiencia de la ruptura de su familia, generalmente tienen miedo de formar la suya. Cuando se deciden aumenta la edad en la que nace el primer hijo, esta es una de las razones de la disminución del número de hijos respecto a generaciones anteriores. Todo ello incrementa el envejecimiento de la población. Por eso, el rol de los abuelos se ha complicado.

Una de cada nueve personas tiene 60 o más años de edad, y se calcula que para 2050 la proporción será una de cada cinco personas. Para aligerar la carga social, se habla de un envejecimiento activo, con el apoyo de mejoras en los planes de salud, de participación y de seguridad. Dentro y fuera del ámbito familiar contar con sus servicios mediante el fomento, con carácter de urgencia, de los encuentros intergeneracionales dentro de la familia. Las personas mayores que se sienten necesitadas por los suyos suelen vivir más y mejor.

Actualmente, las personas mayores cuidan a otros miembros de la familia, porque para sacarla adelante, el padre y la madre necesitan trabajar fuera de la casa, por eso los abuelos necesitan apoyar en el cuidado de los nietos. El beneficio es mutuo pues se ha descubierto que los abuelos rejuvenecen con el papel de cuidadores familiares y los nietos descubren las riquezas del pasado, muchos aspectos de la cultura familiar, de la historia y de los ancestros.

Es necesario que los abuelos aprendan su papel subsidiario respecto a los padres, pero nunca sustitutivo. La autoridad y la responsabilidad propia e inmediata siempre corresponde al padre y a la madre. Si esto se cuida la colaboración será un éxito.

Los problemas de masificación no se dan en familia porque cada uno es quien es y así es posible el desarrollo de la responsabilidad. En sociedad sí puede darse la masificación, aunque es poco probable cuando existe una familia sólida. Este es un aspecto sumamente importante para el ejercicio de la libertad, indispensable para contar con ciudadanos rectos y participativos.

 

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