La vida sin familia es un grave problema

Los seres humanos tienen defectos y en la familia se conocen mejor, y precisamente por eso el amor crece y madura porque se acepta a la otra persona con sus defectos porque pesan más sus cualidades.


Reciprocidad y familia 


Da la impresión de que nos estamos convenciendo de que lo más importante para ser feliz es liberarse de toda atadura, hacer lo que yo quiero, cuando quiero y con quien quiero. Esto responde a una desviación del hecho de haber sido creados por amor y para amar. Porque el amor humano auténtico está ordenado a la reciprocidad y no al egocentrismo.

Hacer lo que quiero, cuando quiero y con quien quiero es un amor centrado en sí mismo, es un amor egoísta que busca solamente satisfacer los propios intereses, las propias tendencias, sin reparar en las necesidades de los demás. Cuando dos personas opinan de este modo y coinciden en hacer lo que quieren mutuamente, piensan que aman al otro, y la realidad es que se aman a sí mismos. Se desnaturaliza el verdadero amor.

Por eso, cuando mutuamente se hastían rompen la relación pues ninguno se siente satisfecho, eso se terminó, retornan a la vida en soledad esperando a alguien más que les satisfaga, y así sucesivamente. De ninguna manera se les ocurre que pueden lastimar a los demás porque solamente atienden a los impulsos sensitivos y renuncian a una vida plena que incluye la espiritualidad en compañía.

Este individualismo en lo afectivo es el funeral de la familia. Porque en la familia se construye el amor en reciprocidad, que inicia con una atracción deslumbrante suficientemente fuerte como para iniciar un deseo de conocerse, para seguir con una relación suficientemente constante como para asegurar una complementariedad de semejanzas y de diferencias. Hasta llegar a una responsabilidad mutua y exclusiva, para hacer feliz al otro.

El auténtico amor, no el inventado por el egoísta, busca la donación y hacer feliz al otro. Hacer feliz al otro da felicidad a quien se dona. El amor de los cónyuges no es en soledad sino que cada uno piensa en el otro. Y al formar una auténtica familia, por ser estable hace que la donación mutua haga crecer y madurar el amor que se profesan.

Quienes acostumbran hacer el amor por poco tiempo o tienen muchos amoríos al mismo tiempo pervierten el amor porque no madura siempre se basa en la sorpresa que ofrece el otro, pero no llega a un conocimiento verdadero. El amor que madura y se prepara para la fidelidad pasa por distintas etapas de la relación, inicia con un idealismo que va desapareciendo con el conocimiento mutuo y con la seguridad del sólido agrado que causa la otra persona.

Cuando se crea una familia el amor crece porque se garantiza la convivencia bajo el mismo techo. Se quieren porque son más los datos en favor de estar juntos. Pero no podemos olvidar que todos los seres humanos tienen defectos y en la familia se conocen mejor, y precisamente por eso el amor crece y madura porque se acepta a la otra persona con sus defectos porque pesan más sus cualidades.

Los defectos hacen sufrir y, es muy bueno que pongan medios para desterrarlos, un buen motivo es porque hacen sufrir a quien aman. Pero muchas veces están tan arraigados que no desaparecen, entonces se experimenta el misterio del amor que duele. Y, también misteriosamente el amor se fortalece mutuamente, y aumenta porque es auténtica donación del que ama y sufre los defectos, y es profundo agradecimiento de quién sabe que le quieren como es.

Cuando vienen los hijos el amor se expande, podría decirse que se hace poliédrico porque la unidad entre el padre y la madre se robustece al compartir la responsabilidad ante el nuevo ser. Ambos lo trajeron al mundo, y tiene herencia de los dos. Así la experiencia de otros modos de amor los enriquece, pues si tienen presente el deber de cuidar el amor entre ellos, nunca caerán en el error de sustituirlo por el amor a los hijos. Y la familia será el sitio donde los hijos aprendan a amar a los padres y a los hermanos. Además del amor a la familia extensa.

Así como no hay cónyuges perfectos, tampoco hay hijos perfectos, ni relaciones perfectas. A partir de esta realidad, cada quién debe aceptar sus errores concretos y aprender a pedir perdón, así como también aprender a perdonar. Pedir perdón y perdonar son dos modalidades del auténtico amor. Y curiosamente, el proceso no termina allí sino que el punto final se da en el agradecimiento ante saberse perdonado y corregido. Este agradecimiento también fortalece el amor.

Viene al caso la siguiente idea luminosa de Robert Sarah: “El hijo recibe el amor de sus padres gratuitamente, sin haberlo merecido; y, a su vez, da también amor. Esa humildad esencial que consiste en aceptar recibir sin ningún mérito y en trasmitir gratuitamente es la matriz del amor familiar” (Se hace tarde y anochece, p. 111).

Los efectos de quienes se empeñan en un amor egocéntrico son tremendos porque destruyen a la familia, destruyen a las sociedades y, aunque no lo crean se destruyen las mismas personas pues renuncian al amor que es la razón de su existencia. La vida se convierte en un funeral en donde cada uno carga su propio cadáver.

Sin familia y sin amor auténtico de unos por otros, las personas tienen una profunda soledad y mucha inseguridad. No tienen un lugar donde refugiarse con personas cercanas que captan sus desajustes y se acercan con cariño y oportunidad para brindar compañía, consejo, comprensión y ayuda. Las reacciones ante esta soledad van desde el suicidio hasta el desahogo agresivo de golpear, ofender o privar de la vida a otros.

La agresividad crece, no se valora los demás, por eso un hijo no deseado se aborta, y un anciano improductivo estorba y se asesina. Con estos antecedentes es explicable la ansiedad, el estrés incontrolado, el sin sentido de la vida humana y querer ser la mascota… El deterioro es enorme, es tierra de cultivo de la corrupción.

Si queremos frenar este panorama es indispensable que cada uno defienda su propia familia, ayude a otros a revalorar su familia y hacer planes comunitarios para frustrar los continuos ataques a la familia, por parte de los enemigos de la humanidad.


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