Cambio de época

La falta de educación es la base de la corrupción, por eso urge promover y enseñar a las personas a adquirir hábitos buenos, lo que es más fácil y rápido si se hace desde la familia.


Denunciar y recomenzar


Cuando la razón se duerme, lo único que queda son los monstruos.
Goya.

El ser humano es una realidad, pero también es un proyecto. Como realidad ocupa un sitio preferente en el mundo porque sus dos dimensiones: la corpórea y la espiritual unidas influyen mutuamente y dan una riqueza en el hoy ahora y en el futuro.

Como proyecto tiene dos vertientes, una en sí mismo y la otra en todo lo que le rodea: personas y cosas. En sí mismo tiene la responsabilidad de descubrir la misión de su vida. Puede aceptarla o puede resistirse e inventar otra a su gusto, en este caso desvinculada de los demás porque ha preferido lo suyo sin tener en cuenta las aportaciones necesarias para el desarrollo social.

Las dos vertientes del proyecto humano no son excluyentes, las dos se complementan, lo ideal es asumir la totalidad. Al adoptar solamente lo que hace referencia a la propia persona se cae en el individualismo, aspecto más socorrido en nuestro tiempo. Pero también está la otra cara de la moneda: el descuido de sí y volcarse únicamente a los demás, entonces se da pie al socialismo, al comunismo o a otros tipos de imposición colectivista.

Durante la época histórica denominada “edad contemporánea” hemos visto en el mundo muchos modos de asumir esas vertientes, podríamos afirmar que los modelos están explotados hasta sus últimas consecuencias, y cuando esto sucede aparece una especie de desilusión ante los resultados porque, al no estar equilibrados, el deterioro aparece y las consecuencias no son halagadoras. Entonces viene la decadencia hasta el agotamiento: destrucción pero no aniquilación, por eso, a la vez reinicio.

En este tiempo somos testigos de la decadencia en las costumbres hasta la irracionalidad, nos duele y nos falta perspectiva, pero sí tenemos los datos de la historia, de los cambios del pasado que han dado origen a una nueva época. Nos queda asumir nuestro momento histórico, denunciar el agotamiento y el sinsentido, pero también abrirnos a la esperanza de un recomienzo.

Si nuestra denuncia está cimentada en la verdad, en la unidad, en el bien y en la belleza de los trascendentales, no en la subjetividad que acaba negando estas realidades, podremos abonar el futuro, con la fortaleza de asumir la incomprensión del presente, pero cimentados en la seguridad de que nada se pierde y este esfuerzo abrirá el camino de un futuro mejor.

La vida de las personas tiene un ciclo: nacer inermes, desarrollarse con la ayuda de los demás, aplicar los aprendizajes para dar buen fruto y desgastarse hasta la muerte. Esto también se proyecta a la vida de las sociedades: agruparse, distribuir funciones en beneficio de todos, llegar a una cumbre, y luego, desgraciadamente, dormirse en los laureles, perder la dimensión del conjunto, dedicase a disfrutar sin horizonte, hasta la decadencia… y vendrá otro nuevo ciclo. Estos son los datos recogidos en la historia de la humanidad.

Como la persona hace historia se recoge a lo largo del tiempo su huella y por eso hay períodos que inician, pasado el tiempo llegan a una cúspide y luego se deterioran fundamentalmente por la pérdida de la moral, de las buenas costumbres. Los momentos más altos de todas las épocas se caracterizan por un profundo humanismo.

El Imperio Romano se derrumbó cuando se dedicaron al placer, a las orgías, a la frivolidad y de allí al descontrol del carácter traducido en inmoralidad, crímenes, infidelidades… Se deteriora la dignidad humana. Pero siguió un reverdecer. En la Edad Media hay muchos avances en los conocimientos y en la estructura de las ciencias, pero esos logros decaen cuando se instala la duda de si conocemos las cosas como son. Este deterioro humanista provoca un sistema relativista nominalista.

Lo más cercano a nuestra época consiste en haberle dado todo el poder a la capacidad de razonar. Más adelante ante la incapacidad de resolverlo todo con el poder de la mente se da la primacía a los sentimientos, pero como éstos son inestables, el ser humano se ha decepcionado de sí mismo y ahora se busca producir una nueva especie fabricada con la tecnología. El resultado es dudar de quién es cada uno. Esto lleva a la negación del humanismo.

Esta negación provoca una profunda crisis en la identidad de cada persona y desde luego en la sociedad, esto puede ser una de las causas del desprecio por la vida humana e incluso la preferencia de la vida de otras especies sobre la humana.

Los síntomas más frecuentes en la vida cotidiana provocan contradicciones, por ejemplo: desdibujar el sexo y desear otro, o mantener una defensa implacable de la mujer con un antagonismo tajante hacia los hombres. El desprecio de la familia ha provocado que muchas personas no deseen fundar la suya, y por supuesto no la consideran el mejor ámbito para el desarrollo de las personas. Y sin familias la sociedad deja de ser comunidad y se convierte en multitud: la autoridad es difusa y cada vez hay más personas solas.

Cuando se está en un cambio hay mucho sufrimiento debido al deterioro, pero también la esperanza de que el ser humano está llamado a la superación y a la excelencia, por lo tanto, lo natural es superar las crisis conservando y trasmitiendo lo bueno que será el soporte del reverdecer que está por venir. La opción está entre dejarnos llevar por el pesimismo o aprender las lecciones de la historia que nos presentan los reinicios.

Un modo de acelerar la llegada de una nueva época está en la reconstrucción de la familia y recuperar la educación. No tener familia es una gran calamidad. La falta de educación es la base de la corrupción, por eso urge promover y enseñar a las personas a adquirir hábitos buenos. Esta adquisición es más fácil y rápida si se logra el binomio de la educación en la familia, pues allí se facilita la constancia, el conocimiento y el aprecio profundo de las personas.

 

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