Atentados contra la conciencia

Probablemente la primera reacción de los que se quiere ayudar sea de rechazo, pero si se espera el momento oportuno y se insiste, los corazones se derriten y cambian para bien.


Conciencia


La conciencia es el reducto más profundo de cada persona en donde se integran todos los aspectos de la personalidad. La conciencia en una persona madura armoniza sensibilidad con convicciones, experiencia, proyectos y creencias. Esta es la tarjeta de presentación de una persona sólida. Tanto es así que incluso la misma ley se arrodilla ante la conciencia. Aquí está la fuerza de la objeción de conciencia.

Por eso, un trofeo para algunos es debilitar y adueñarse de la conciencia de los demás. Así conseguir seguidores incondicionales, totalmente manipulables. Esto se consigue eliminando la educación o haciéndola ambigua y desestructurada.

Alguien con nula o con deficiente educación tiene convicciones muy débiles y es fácilmente sobornable y capaz de entregar su libertad. Se deslumbra con toda facilidad ante lo llamativo sin darse cuenta que falta estructura y solidez en la argumentación.

El deseo de atrofiar el desarrollo es un crimen porque anula a las personas desde lo más profundo, es una manera de esclavitud encubierta donde se desconoce a la ética porque sofoca el ejercicio de la libertad, que es la base de las elecciones buenas y de los razonamientos sanos.

Anular el ejercicio de la conciencia tiene diferentes grados, pero aunque sean pequeños siempre se trata de materia grave. Dentro de la familia puede darse cuando la madre no permite que el hijo se aleje de ella, lo ve como el báculo de su vejez. Cuando crece y decide hacer su propio hogar, la madre le hace la vida imposible a su nuera, de modo que muchas veces propicia el divorcio.

En el ámbito nacional, se atrofia la conciencia cuando se presentan argumentos deslumbrantes y regalos atractivos para conseguir votos. O se desprestigia a personas de otros partidos para desacreditarlos y quitarles colaboradores.

También se anestesia la conciencia cuando se reparte dinero. Esto es una especie de canje: con el dinero se compra la fidelidad de alguien a cambio de que esa persona desacredite a quienes disienten o estén con un grupo opuesto. Este modo de proceder debilita a la sociedad, que más adelante será dependiente, imposibilitada para la toma de decisiones y para realizar trabajos productivos si no se los pide “su dueño”.

De la familia y de la escuela se esperan acciones para impedir estos modos de proceder. En el núcleo familiar debe haber planteamientos honestos que se han de discutir en la intimidad, para solidificar los ideales. Por ejemplo: discutir casos sobre la práctica de la justicia, o de la honestidad, o de la colaboración desinteresada. Y antes de terminar ese ejercicio, concretar el modo como cada persona puede vivir esas virtudes. Además, es natural que los hermanos piensen diferente e incluso, con la espontaneidad de la confianza, surjan pleitos que tarde o temprano se superan gracias al hecho de convivir en el mismo hogar: la casa de todos.

En la escuela también se esperan acciones. Pueden ser muy variadas, pero se puede estudiar vidas de compatriotas o hechos históricos ejemplares para mostrar que es posible hacer el bien. Así se pueden lograr cambios de mentalidad y formar personas con ideales.

Para lograr personas fuertes: capaces de resistir a los sobornos, capaces de defender sus ideales, capaces de compartir lo suyo sin discriminar a nadie y capaces de perdonar los agravios, se pueden plantear cuatro vías: evitar la avaricia, adquirir una conciencia recta, cultivar la generosidad y practicar la solidaridad.

Resistir a los sobornos evitando la avaricia. Desde el ámbito familiar enseñar a dar la justa medida a los bienes económicos. Éstos se adquieren mediante un trabajo honesto. Por lo tanto, no aceptar gratificaciones que no vengan al caso, para evitar contraer compromisos deshonestos. No divinizar el dinero ni poner los ideales en los bienes materias. Sí buscar una equilibrada satisfacción de las necesidades.

Cuando la meta principal es la prosperidad económica, se cimbra la convivencia familiar y social, es fácil envidiar lo que otros tienen. Esto provoca divisiones.

La capacidad de defender los ideales con una conciencia recta. Desde la etapa de la adolescencia es posible descubrir ideales y defenderlos. Además, cuando se forma una conciencia recta: aquella que sabe aplicar una equilibrada jerarquía de valores ante las distintas circunstancias, podrá vivir sus ideales con seguridad. Este modo de proceder ejercerá un magnetismo especial que puede fomentar en los demás el afán de seguir ese ejemplo.

El binomio defensa de los ideales y conciencia recta necesariamente forja una sociedad honesta, justa, íntegra y veraz. Unos ciudadanos así son capaces de forjar un país verdaderamente democrático. La capacidad de compartir sin discriminar requiere cultivar la generosidad.

La capacidad de compartir es una consecuencia de evitar la avaricia. El dinero y otros bienes se disfrutan más en compañía. La generosidad da la capacidad de apoyarse en el sano razonamiento de considerar que los bienes particulares aumentan su potencial cuando se hacen bienes comunes.

La libertad de disfrutar lo propio con los demás, sin discriminar, logra una alegría muy profunda, propia de quien disfruta viendo a otros disfrutar con bienes no imaginados. Estos hechos propician cambios de mentalidad y fomentan la gratitud, el aprecio por quienes tienen más y favorecen la paz.

La capacidad de perdonar los agravios se facilita con la práctica de la solidaridad. Quien ha trabajado bien y ganado honestamente unos bienes que le permiten satisfacer sus necesidades en forma desahogada, generalmente destaca, y eso puede provocar en personas pusilánimes la envidia, la calumnia, la injusticia. Estos hechos causan heridas que muchas veces pueden amargar la vida. Este es precisamente el momento de la práctica de la virtud, y de aplicar el principio de la solidaridad para hacer el bien a quien más lo necesita. Y los más necesitados son precisamente los envidiosos, los injustos, los amargados al contemplar el bien ajeno.

Este es el momento del perdón y de la ayuda con un comportamiento virtuoso. Probablemente la primera reacción de los que se quiere ayudar sea de rechazo, pero si se espera el momento oportuno y se insiste, los corazones se derriten y cambian para bien. Sin embargo, no idealizar porque en la vida humana lo común es la combinación de éxitos y fracasos.

 

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