¿Persona sin familia?

Las ideologías que pululan por el mundo se derrumban ante la sensatez del padre y la madre que desean lo mejor para los suyos.



Así como la persona muere, la familia por estar integrada por personas también puede morir. Tal vez no es tan frecuente pensar en la desaparición de la familia como en la de una persona, pero como estamos siendo testigos de graves acontecimientos, con la cruenta guerra en Ucrania, o la frecuencia de desgracias naturales somos testigos de la realidad de personas que se quedan sin los miembros de su familia.

Esas desgracias aun cuando para muchos sean lejanas, sí deben sacudirnos para replantearnos el hecho del tesoro de la existencia de la familia y pensar en la nuestra. Cómo la apreciamos, cómo la cuidamos, cómo propiciamos que los demás cuiden la suya. Por supuesto, en primer lugar. Nos corresponden quienes viven bajo nuestro mismo techo, pero también hemos de ayudar a fortalecer los lazos de los demás.

Y quienes tienen a su cargo una comunidad, han de pensar en mejorar la cohesión de las familias de las personas a quienes gobiernan. La mejor política social es apoyar a las familias. Cuántos problemas se resolverían si este aspecto fuera prioritario. La familia es una realidad, actualmente más frágil por la superficialidad de las personas y por la inseguridad del ambiente.

Por ejemplo, muchas veces las personas son poco reflexivas debido a la facilidad para obtener información. Pero, la información está impregnada de teorías basadas en ideologías, y provocan muchos problemas. Otro aspecto generalizado es la facilidad para sacudirse las dificultades, por ejemplo, tanta facilidad para divorciarse, tanta emancipación de los miembros de la familia por motivos banales.

Esas soluciones habría que revisarlas. Un hecho repetido crea una costumbre. Si ese hecho fomenta un desarraigo familiar, el tejido social se debilita. Esas facilidades crean problemas mucho más profundos. No afrontar las desavenencias dentro de la familia y huir hace ciudadanos débiles, incapaces de resolver problemas de relaciones humanas. Eso se aprende en casa.

De modo natural, en la familia se tiene un sentido práctico y realista para resolver los asuntos. Las ideologías que pululan por el mundo se derrumban ante la sensatez del padre y la madre que desean lo mejor para los suyos. Esos modos son las mejores vacunas contra la desorientación que está imperando. Y se está dando por la falta de tiempo para convivir, reflexionar sobre los acontecimientos y sacar fuerza para actuar del mejor modo.

En el hogar se aprende a compartir, a acoger y a comprender las diferencias. A no descartar, a reconocer las equivocaciones y a contar con la ayuda de los demás para recuperar la armonía. Todo esto requiere del papel de la madre y del padre. Los dos deben asumir su respectivo lugar en la familia. Los hijos no están satisfechos, no saben por qué, pero la presencia activa de los progenitores les da la respuesta. Y así, también entienden la necesidad de la autoridad.

Una juventud formada así, será un tesoro para la sociedad. Entenderán el papel del gobierno y pedirán con acierto un desempeño adecuado, justo. Sabrán entender las diferencias sin evadirlas, procurarán encuentros, y aceptación y respeto hacia los otros. Ese cambio de mentalidad no se improvisa, la semilla se cultiva desde la familia.

La debilidad de la educación familiar se muestra en la incapacidad para admitir las ideas de otros, muchas veces mejores que las propias; para buscar los intereses comunes más amplios que los personales: para buscar la paz más que el conflicto. Por eso, los padres han de recuperar tiempo y dedicarlo a reflexionar en familia sobre los acontecimientos. Para idear modos de contrarrestar los abusos y sobre todo modos para renovar la sociedad, no utópicas sino realistas, prácticas.

Por ejemplo, cómo cuidar el entorno y los recursos naturales. Cómo participar en la solución de problemas como la migración, la pobreza extrema, la ignorancia, la enfermedad. Y para intervenir eficazmente. Los ejemplos brotan del hogar. Allí se aprende a atender a un miembro de la familia enfermo, a compartir los recursos con algún vecino desprotegido, etc.

Esas respuestas esperadas las fomentan los padres con su conducta diaria. Es importante que la asuman. Los hijos han de ser testigos de la ayuda mutua entre el padre y la madre, muchas veces heroicamente natural. Empezando por dar ejemplo de fidelidad mutua. Esa seguridad que los padres dan a sus hijos del respeto al matrimonio custodiando la unidad definitiva entre ellos y asumiendo su responsabilidad de acoger a sus hijos, es invaluable.

La ausencia de estas decisiones en tantas familias ha propiciado una juventud que no cree en la familia, ni en su estabilidad ni sus beneficios. Por eso, cada vez hay más personas que no desean formar una familia ni tener hijos. Todo ello acentúa el ya grave invierno demográfico. Tampoco las políticas han salido al paso para detener esos planteamientos. Desgraciadamente una sociedad así está destinada al fracaso.

Aunque el fracaso es un calificativo benigno. Ya contamos con una sociedad degradada. Al facilitar el aborto y la eutanasia admite entre sus leyes al asesinato. Tampoco defiende la libertad, uno de los valores más grandes del ser humano, cuando pone obstáculos a la objeción de conciencia.

Está claro que necesitamos buenos ciudadanos, dueños gobernantes. La solución del problema está en que las madres y los padres de familia se decidan a ser buenas madres y buenos padres. Estos son los papeles de mayor trascendencia. Urge que de los hijos de tales padres salgan buenas personas: buenos maestros, buenos profesionistas, buenos ciudadanos.

Buenos ciudadanos dispuestos a sufrir con fortaleza, la resistencia de quienes se han apoderado de los bienes de los países. Y reestablecer el auténtico orden de cada nación. Que no es un orden mundial que uniforma, sino un orden en cada nación que facilite vivir la fraternidad con las otras naciones. Es un orden que une y, a la vez, respeta la diversidad.

 

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