Hombre padre

La fortaleza interior, tanto en los hombres como en las mujeres, fundamenta la esperanza de superar las naturales diferencias en los puntos de vista al modo femenino o masculino.



En un artículo reciente me referí a la mujer madre y cómo su inclusión en la vida social requiere de un acoplamiento adecuado para sacar adelante sus deberes familiares con los laborales. Y ahora, conviene revisar el indispensable apoyo del varón quien, como ella, comparten responsabilidades.

Necesarios son el papel de la mujer mamá y del hombre papá. Esta colaboración mutua requiere de soluciones adecuadas a las características de cada familia. Y a la vez, resolver los múltiples mal entendidos en ellas, en ellos y en la sociedad.

En el mundo se están realizando estudios sobre fenómenos sociales y cómo guardan una relación con la estructura familiar y el apoyo de ella a los protagonistas. Es notoria la disminución de problemas sociales cuando los miembros de las familias tienen cultura de colaboración dentro de su familia y también hacia las demás.

Hay lugares solidarios donde las familias cooperan con la crianza de los pequeños, con ofrecer alojamiento mientras consiguen casa, con la ayuda de unos a otros para cuidar a los niños, a los enfermos o a los ancianos. Quienes tienen esos detalles no se caracterizan por vivir en la abundancia. Y todos salen adelante. Son ejemplares. De modo natural se cultiva la gratitud y la réplica de esa conducta maravillosa.

Pero, también actualmente hay hechos muy deplorables. Recientemente se han estudiado algunos fenómenos para encontrar las causas y tratar de resolverlos. Es el caso de la superficialidad de las políticas públicas para tratar la sexualidad, especialmente en el ámbito escolar. El resultado se deja ver en el aumento de infecciones de transmisión sexual (ITS) en los adolescentes.

De acuerdo al Boletín N°38 “Respuesta al VIH y las ITS en la Argentina”, emitido por la Dirección de Respuesta al VIH, ITS, Hepatitis Virales y Tuberculosis, del Ministerio de Salud de la Nación. (NOTIVIDA, Año XXI, Nº 1288, 12 de mayo de 2022), los datos en Argentina son los siguientes, pero se asemejan a los de otras naciones:

En octubre de 2002 se propuso la Ley de Salud reproductiva. A esa ley la siguió, entre otras, la de “Educación sexual”, y en las escuelas se informó de los preservativos.

Desde 2010 la incidencia de sífilis, a nivel nacional, creció de modo sostenido, muy marcadamente en los últimos cinco años, hasta su pico en 2019, con 56,012 personas por cada 100 mil habitantes para ambos sexos en todo el país. Descendió en 2020 por la disminución de pruebas diagnósticas durante el confinamiento. La mayor proporción de pruebas positivas durante ese año corresponden al grupo de 15 a 24 años, tanto para la población general como para las embarazadas. El 48.6% son mujeres, el 41% varones.

Respecto al VIH más del 98% de las personas diagnosticadas en el bienio 2019-2020 lo adquirieron por vía sexual. En el caso de los varones, el 36% en relaciones sexuales con mujeres y el 63% con otros varones. Y en los adolescentes entre 15 y 19 años se infectó, en su mayoría, por vía de transmisión sexual y la tasa fue mayor en los varones. A su vez, más del 90% de ellos se contagió a través de relaciones sexuales con otros varones.

Es evidente la permisividad sexual y la confusión en las relaciones con personas del mismo sexo. Y lo más cercano y natural, para una orientación adecuada, es la información cercana de los adultos a los más jóvenes, y por eso, inexpertos. Además, una información desde las peculiaridades femeninas y masculinas. De allí la necesidad de la cercanía de ambos: varón y mujer.

Es evidente que físicamente es más fuerte el hombre que la mujer, experiencia recogida en las competencias deportivas que desarticulan absolutamente los argumentos ideológicos. Esto da pie a fundamentar también las diferencias psíquicas y los modos de reaccionar. Y otra vez se reitera la necesidad de la presencia de varón y mujer.

El hombre padre, en general, tiene mayor capacidad de guardar la distancia necesaria para no involucrarse exageradamente en los problemas de los hijos. Esta es la razón de su fortaleza para mantener firmeza en las sanciones y exigir su cumplimiento hasta el final. Mantiene la calma ante las protestas desmesuradas de los hijos y no cede. Ese es su modo natural de ayudarles.

El padre disfruta con orgullo al encontrar en sus hijos la prolongación de su carne y de su sangre. Con la hija aparece el sentido de la protección, con el hijo el impulso a realizar lo que él haría en su lugar. De allí nace la personalidad segura de la mujer y la personalidad arriesgada del hombre.

Además, fluye en el padre el hecho de comprender la postura en la preadolescencia de fortalecer los lazos entre las niñas y lo mismo entre los niños, y entender que esto no es síntoma de homosexualidad o lesbianismo, sino la natural tendencia de profundizar en cómo son. Así se preparan a la etapa siguiente donde después de saber quiénes son, entienden mejor las diferencias del otro sexo.

Los hijos al experimentar las diferencias entre la madre y el padre para mostrar su cariño, y el desconcierto entre ellos ante sus respuestas, están más capacitados para entender las diferencias que palparán en el entorno social y tendrán más capacidad para afrontar sus propias sorpresas. Esto los habilitará para comprenderse, comprender a los demás e integrarse mejor.

Además, serán personas capaces de explicar a los demás esas características de las relaciones humanas, a entender que son modos de enriquecerse con las diferencias y a huir de los intentos de uniformidad por un mal entendido pacifismo que en definitiva empobrece la vida social. Y es utópico.

Esta fortaleza interior, tanto en los hombres como en las mujeres, fundamenta la esperanza de superar las naturales diferencias en los puntos de vista al modo femenino o masculino. A no sentirlos como ultrajes sino como modos que enriquecen la manera de afrontar la vida y de acometer nuevos proyectos. Por lo tanto, ninguno debe excluirse por un mal entendido pacifismo.

 

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