Disentir con educación

El diálogo educado puede contrarrestar la discriminación, pues se evita la tentación de no dar la palabra a quien juzgamos demasiado diferente.



Todos tenemos en lo más hondo el orgullo de sabernos únicos e irrepetibles. Y quienes no lo saben claramente, sienten la necesidad de dejar su huella para decir a los demás: soy alguien, existo, tómame en cuenta, me dedico a tales asuntos, puedo ayudarte en estos temas. En fin, la desconcertante y doble tendencia a singularizarme y a participar.

Buena parte del desarrollo armónico de una persona es saber coordinar esas dos tendencias: por un lado, mostrar y defender la originalidad y, por otro practicar la colaboración y la integración con y de otros. Internamente queda la duda de hasta dónde ceder y hasta dónde no hacerlo.

Ante esta disyuntiva hay un criterio valioso con doble salida: ceder en lo opinable, es ceder en aquello con muchas maneras de resolver, dependientes de tas circunstancias. Y no ceder en los principios, en las convicciones. Y para eso es necesario tener muy claro cuál es el terreno de los principios y de las convicciones. En definitiva, esto último es el campo de la moral. Por esta razón lo opinable puede someterse a consultas y votaciones. Los principios jamás se negocian.

Por lo pronto, así entenderemos el fundamento de nuestra unidad: los principios son incuestionables, y lo opinable es flexible pero es necesaria la prudencia para elegir el mejor modo de resolver, desde las múltiples ofertas. Sin embargo, para conocer cada campo necesitamos educación y también asesoría ante cualquier duda, para no confundir los terrenos.

Conocernos es un buen paso para entender a los demás y poder diseñar las relaciones. Conocernos es descubrir que podemos confundirnos, que incluso hemos cometido errores, y buscar el modo de evitarlos en el futuro. Entonces detectaremos el momento en que se encuentran los demás y podremos compartir experiencias.

Así, la influencia no es invasiva, porque compartimos nuestra experiencia. Hablar de lo vivido ayuda más que un simple dicho. Entonces un consejo tiene más fuerza. Anima a compartir dudas y temores.

También hemos de ser prudentes y antes de emitir un juicio detenernos a escuchar. Sólo con esos datos podremos respetar al otro y entender los motivos de sus actos. Sobre todo, escucharnos da otro giro a nuestra sociedad. Hemos descuidado el respeto a la dignidad humana, hay violencia e insultos y falta de diálogo.

Precisamente el diálogo es el proceso donde exponemos nuestras ideas ante los que nos escuchan, y a su vez los demás expondrán y les escucharemos. A continuación, el diálogo pasa a otro nivel en donde se comparan las exposiciones, se discuten, se aceptan o se descartan aspectos. Todo dentro de un ambiente respetuoso con la finalidad de llegar a una mejora, de acuerdo al bien y a la verdad.

Hemos de practicar el diálogo y sus condiciones, para no confundirlo con el oportunismo de tomar la palabra y no dejar hablar a los demás. Quien piensa imponerse no sabe dialogar. En el diálogo hay tiempo para escuchar a todos, hay tiempo para hacer preguntas y salir de dudas, hay tiempo para la toma de decisiones. Hay tiempo para disentir y para llegar a acuerdos.

Por lo tanto, disentir es natural. Tenemos distintas experiencias, estamos más preparados en unos aspectos y desconocemos otros. Si hay buena voluntad, de la disensión se puede llegar a acuerdos. El requisito es darnos tiempo para entender a los demás y luego tiempo para llegar al mejor acuerdo.

Nadie posee toda la verdad y toda la bondad, nadie está exento de errores, por eso mediante el diálogo cada uno aporta sus fortalezas y admite las observaciones de los demás ante los errores. Es lógico el disgusto de mostrar equivocaciones, pero es mejor tener la sensatez de salir de ellas. Lo que tenemos en común unido a las diferencias fortalece la comunidad. La aportación de la singularidad de cada uno hace comunidad cercana a todos.

Quien no admite la disensión deja ver una gran soberbia pues se siente poseer toda la sensatez y descarta a los demás. Es alguien incapaz de progresar pues asegura tenerlo todo y todo bien, no necesita de los demás. En la práctica es un tirano, sólo quienes le siguen sin alterar lo que dice están bien. Los demás no lo están. Un caso así es muy peligroso por el daño personal y ajeno.

Una persona así tampoco es capaz para la amistad pues en el fondo desprecia a quienes son diferentes. Está convencida de que solamente lo suyo es bueno y nadie más tiene algo bueno, y si alguien quiere llegar a ser mejor su única opción es sujetarse ciegamente a todas sus propuestas. La amistad se basa en cierta semejanza y eso no cabe en un tirano.

Una deficiencia grave en estas personas es que no admiten la realidad de que en todos hay aspectos buenos y aspectos que no lo son. Y el trabajo de cada uno es hacer crecer lo bueno y minimizar en lo posible las tendencias desordenadas. Y esto es una tarea de toda la vida.

Otro aspecto bastante descuidado son los buenos modales, el buen uso del vocabulario, los detalles de cortesía. A muchos, esos aspectos les parecen una hipocresía, pero en realidad son necesarios para recordarnos que el hecho de la dignidad humana requiere de un trato proporcional y, practicarlos nos recuerde con quién estamos tratando. Por ejemplo, la libertad de expresión es más fácil de entenderla cuando no es grosera ni violenta.

El diálogo educado puede contrarrestar la discriminación, pues se evita la tentación de no dar la palabra a quien juzgamos demasiado diferente. También evita el clasismo de tender a dejar hablar a los del propio grupo. O evita el machismo, entendido como la capacidad de ofender, de golpear a los otros con la voz o las palabras.


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